En los años que estuvo de camarero en el chiringuito, sólo nos contó retazos de su biografía, hechos inconexos, contradictorios, como si fueran los delirios caprichosos de un cliente borracho, en vez de los datos fríamente objetivos de un ser humano con pasado, presente y una duda razonable sobre el futuro: nacido en un barrio marginal de Córdoba (junto al cementerio, añadía), dejó embarazada a una novia con la que decía tener dos hijas, de las que no parecía ocuparse gran cosa; trabajaba en un conocido bar cordobés durante el invierno, mientras que pasaba el verano en una modesta pensión del pueblecito costero donde veraneo, pues necesitaba empapar su retina de la imagen de un mar, lleno de azules y espumas, del que acordarse durante los meses fríos; le tiraba los tejos a cualquier chica que le entrara por los ojos y desplegaba una sincerísima amabilidad, que incluía confidencias, el relato de sueños imposibles, contradicciones, anécdotas de una niñez llena de carencias, siempre asumi...