Óscar



En los años que estuvo de camarero en el chiringuito, sólo nos contó retazos de su biografía, hechos inconexos, contradictorios, como si fueran los delirios caprichosos de un cliente borracho, en vez de los datos fríamente objetivos de un ser humano con pasado, presente y una duda razonable sobre el futuro: nacido en un barrio marginal de Córdoba (junto al cementerio, añadía), dejó embarazada a una novia con la que decía tener dos hijas, de las que no parecía ocuparse gran cosa; trabajaba en un conocido bar cordobés durante el invierno, mientras que pasaba el verano en una modesta pensión del pueblecito costero donde veraneo, pues necesitaba empapar su retina de la imagen de un mar, lleno de azules y espumas, del que acordarse durante los meses fríos; le tiraba los tejos a cualquier chica que le entrara por los ojos y desplegaba una sincerísima amabilidad, que incluía confidencias, el relato de sueños imposibles, contradicciones, anécdotas de una niñez llena de carencias, siempre asumidas sin complejos:

-La Asociación de Vecinos –nos contaba- organizaba viajes a Torremolinos y allí nos plantábamos todo el barrio con los bocadillos, el perol, el gallineo… todos con las mismas bermudas y, nada más arrancar el autobús el conductor ponía “Tiburón”, ¡como para que nos dieran ganas de bañarnos! Al año siguiente, nueva excursión, esta vez a Benalmádena. Entonces nos ponía “Tiburón II” o “Piraña”, que hay que ser hijoputa…

En sus ratos libres, en la playa, se sentaba cerca de nosotros y, juntos, evaluábamos las posibilidades de éxito si decidía entrarle a nuestra vecina en topless o a la chica del médico, o a la de la churrería, o bien nos contaba que había estado a punto de conseguir un fulgurante éxito en la disco playera de al lado con una alemana cincuentona… todo con esa mágica impudicia de las almas desinhibidas y casi inocentes.

Momentos después, se marchaba para empezar su turno y, cuando al rato llegábamos nosotros, nos esperaba en la misma puerta de acceso con la bandeja de las cervezas, el cenicero preparado y una buena tapa:

-Es que os he visto llegar y sabía la sed que traíais.

Los últimos años, fue el encargado atender a una familia populosa que comía allí a diario. Él sabía lo que le iban a pedir, cuándo hacía falta un tinto de verano, un rioja, una coca-cola o un helado de cucurucho, los cubitos exactos para cada copa, quién se quedaba sin tabaco o quién estaba pendiente de las etapas del tour. Un año, al terminar la temporada, la tribu a la que atendía le regaló la figurilla de un óscar comprado en un todocién, con una dedicatoria y la firma de toda la familia… Al contarlo, le temblaba la barbilla y se deshacía en pucheros, y enseñó aquel agasajo a toda la clientela, como si se tratara de un niño la mañana de Reyes.

Terminó por ser tan indispensable, que se peleó con el envidioso yerno del dueño y, como suele suceder en estos casos, salió para siempre del chiringuito y de nuestras vidas. ¿Qué derrotada derrota ha seguido su biografía marinera desde aquel verano? Nos lo preguntamos cada día, al echar de menos su sonriente presencia deambulando entre las mesas.

Alberto

6 comentarios:

  1. Esa cervecita me la tomo yo. Y el salpicón. Llamo a Óscar para que os vaya sirviendo otras, que ha llegado Alberto con sus historias de la vida misma y estaremos la mar de entretenidos. Para el que no lo sepa, Alberto y yo hicimos la mili juntos. Así que de barras y de amistad sabemos bastante. Como cantaba Serrat (¡otra vez, el Nano!),"...decir amigo es decir tienda, botas, charnaque y fusil..."

    Alberto, qué bien escribes, puñetero. Quién nos iba a decir que 40 años después íbamos a coincidir en otra barra: ¡Bienvenido!
    Va por ti, este primer brindis

    ResponderEliminar
  2. Es Óscar, pero también un personaje recurrente dentro de todo chiringuito o bar con asiduos. Mientras te leo, Alberto, se me vienen a la mente dos o tres personas que me recuerdan a tu Óscar.

    Bienvenido a la barra. Muchas más veces, Alberto. Una ronda para todos. Esta vez cinco copas.

    ResponderEliminar
  3. Lo primero, Alberto, es la alegría de tenerte por aquí. Ya somos más a pie de barra, bebiendo, echando la cháchara que nos gusta. Lo de Óscar es la historia de cientos de óscars y de pedros y de juanes. Como Ramón, yo también he visto (menos de cerca que tú) gente así. El chiringuito, una vez que anochece, es otro mundo. De día, al sol, en el tráfago, un chiringuito. Al anochecer, cerradas las tumbonas, cerrado (enparte) el mar, otra. Tu Óscar es de día, pero el Óscar que yo he percibido (el auténtico, el sentimental, el íntimo) es nocturno. Un abrazo Y bienvenido.

    ResponderEliminar
  4. Bienvenido, Alberto!
    Tiene razón Emilio, cada vez somos más en la barra (aunque sigo teniendo el honor de ser la única mujer).

    Conocí a alguien que se ajusta muy bien a la descripción de Oscar en una playa de argentina. Nosotros le decíamos "el gallego", claro. ¿Sería él?

    ResponderEliminar
  5. Santos bebedores y Alejandra: gracias por vuestra acogida, vuestros comentarios y vuestro calor.
    Mi chiringuito de referencia es uno al medio día; otro, mágicamente intimista a la hora del crepúsculo, cuando no hay nadie y el dueño pone los CDs de jazz que yo le llevo; finalmente, el chirigo de la noche, de algunas noches, el de las copas viendo la luna reflejada en el mar, es definitivamente un adelanto del paraíso al que todos tendemos. Una pena que mi salud no me permita muchas alegrías etílicas.

    Abrazos mil,

    AG

    ResponderEliminar