Atmósfera

En el velado espejo de los sueños
se contemplan absortos
los solitarios búhos de la noche.
Su mirada perpleja no repara
en la calle vacía. El tiempo se detiene
con nostalgia de yuyo suburbial
y alma de tango
que una chica respira en otra latitud,
en Buenos Aires,
mientras la observa un tipo
que se bebe el río de sus recuerdos
llamado riografía.
(Tras la ventana abierta,
tal vez cuerpos desnudos se entrelacen
al calor de la noche).
Este grupo salvaje se diluye
en la luz del espacio que destila el alcohol.
Nighthawks de vuelo urbano,
náufragos del asfalto derretido,
noctámbulos heridos.
Pasen, fantasmas del crepúsculo,
ya ven que dentro hay sitio,
tómense lo que quieran: Barra libre.
Esta noche invita Duke Ellington.

Miguel


video

Duke Ellington's: Mood Indigo
Production: Len Hart
The Art of Edward Hopper
Portrait: Hedy Lamar

Tierras volcánicas


Había decidido dejar enfriar su caldera para siempre. Después de un terrible divorcio, Carmen, no quería ni oír hablar de subir la temperatura de su cuerpo.  Hasta que conoció a José Manuel  con  los ojos incandescentes, la boca de infierno, el hoyo en la barbilla y entró en ebullición. Ya no le importaba haber tenido que ir  al congreso de geólogos. A partir de ese momento intentó, por todos los medios sentarse a su lado, acercarse con la menor excusa, con tal de que la caldera de vapor de José Manuel empezase a hervir.  Hasta que consiguió quedar a solas con él.

Fueron a un restaurante y durante la cena sus fumarolas no dejaron de humear. Después decidieron bailar; allí empezaron los besos apresurados, los recorridos de manos por sus cuerpos…Tuvieron que salir corriendo a coger un taxi para llegar al hotel. La lava estaba a punto de salir de sus respectivos cráteres. De un momento a otro iba a producirse la erupción.



A la mañana siguiente Carmen estaba muy contenta: su volcán no volvería a estar extinto. Y a lo mejor, con el paso del tiempo, tal vez se le podría encender de nuevo el corazón…



El deseo y la realidad


        Los seis hombres se sientan en un rincón soleado alrededor de Mario. Les ha prometido un cuento lleno de intensidad y saben que no los va a defraudar, que siempre cumple las expectativas. Cuando le encargaron un cuento sentimental y les contó aquel en que una mujer abandonaba a su marido porque la había decepcionado, todos terminaron con lágrimas mal disimuladas en los ojos, y eso que a ninguno de ellos se le puede acusar de ser un blandengue ni de que les falte lo que hay que tener. Y cuando les contó el del padre al que se  le murió un hijo pequeño, supo transmitirles tal patetismo que el silencio emocionado se podía cortar. Saben ya que es un narrador excepcional y la rutinaria inactividad los obliga a buscar la emoción de sus cuentos, que, al decir de Manolo, “el Murciano”, los mejora como seres humanos.
        Mario es argentino y llegó a España cuando era próspera, cuando el dinero salía alegremente de cualquier cartera. Consiguió un privilegiado empleo, pues labia no le falta. Es un hombre bien parecido, un piquito de oro, de estos que se hacen notar cuando entran a un sitio. Picó alto, muy alto. Sin embargo, después las cosas se le torcieron, como a todos. Y aquí está, en esta reunión de cada jueves, dispuesto a contarles el cuento que toda la semana lleva creando para ellos.
Encienden un cigarro y lo observan expectantes. Se hace poco a poco un silencio reverente que los envuelve y los preserva de las conversaciones y ruidos del entorno. El cuentacuentos se ha quedado absorto, como traspuesto, mirando a un punto del infinito. Lo conocen y saben que la narración está a punto de empezar. Esperan ese gesto casi litúrgico de entrecerrar los ojos y levantar una mano que agitará suavemente durante toda la narración como si poseyera un extraño poder hipnótico. Se aclara la voz y comienza:
Se la llevaron al despacho porque en las cámaras la habían visto meter en su bolso algo de la sección de lencería. Dos vigilantes la llevaban cogida por los brazos y el conjunto le pareció el de un ángel escoltado por dos titanes o el de una condenada a muerte entre dos verdugos. Fragilidad contra fuerza. Belleza contra brutalidad. Tomó partido por la chica sin adivinar que iba a quedar cautivado para siempre.
Le indicó una silla y la muchacha se sentó cómodamente, sin aparentar la menor preocupación, como si no se hubiera metido en ningún problema. Él rellenó el parte: nombre, DNI o pasaporte, dirección, teléfono, naturaleza del género hurtado... Sólo había cogido unas braguitas: 4,70 euros. A Mario le parecieron abiertamente coquetas y cuando se dio cuenta estaba pensando en aquella chica vestida sólo con la sugerente prenda que reposaba sobre su mesa como una tentación caliente y palpitante.
-Haydée, ¿es usted consciente de que se ha metido en un buen lío? (Silencio absoluto por parte de la chica)... Veo que es usted cubana. ¿Su situación migratoria es legal? (Vertiginosa negación con los ojos, unos ojos bellísimos, de mirar muy dulce). Pues anda que el papelazo en que me ha metido... Porque si paso el parte a la policía es probable que... ¿ha robado algo más? (Negativa con una deliciosa sonrisa, llena de vida y promesas). Contésteme, por favor, ¿merecía la pena generar un problema legal por 4,70? (Silencio resignado). Habrá que registrarla. Espero que no se oponga...
Y pulsó el interfono para que pasara alguna de las vigilantas a registrarla, pero ambas estaban ausentes. Miró a la muchacha, que sin mucha preocupación habló por primera vez con cierta energía:
-No soy ninguna mojigata. Si tienes que registrarme, hazlo, pero no curses el parte, por favor –y puesta de pie empezó a desabrocharse la blusa.
Él se quedó pasmado. No podéis imaginaros qué bonita era. Pequeña de estatura, pero muy bien proporcionada. Un cuerpo que enciende a un muerto, unos ojos pardos casi del color de la miel, un pelo castaño cortado con mucho gusto, unas formas deliciosas, una piel tostada... y ese olor almizclado que exhalaba aquel cuerpecito adorable... Empezó a desabrocharse el pantalón y se quedó en ropa interior, un escueto tanga casi transparente y un sujetador que mostraba unos pezones rosados y turgentes.   

Imagen del blog futurocubano
Señorita, ¿pero qué hace? –casi gritó, y al momento entraron los dos captores, que esperaban a la puerta del despacho por si tenían que intervenir o entregarla a la policía. También se quedaron atónitos al ver su belleza. Él les ordenó marcharse y le pidió a la chica que se vistiera de nuevo. Estaba muy confuso y consciente de que no olvidaría con facilidad aquellas tentadoras formas. Decidió no cursar el parte, borró todos los datos y se lo comunicó. Ella cogió sus cosas y le dio un beso.
-Muchas gracias. Te debo una –y se marchó como si no hubiera pasado nada.
Unos días después, la empresa de seguridad que trabajaba para aquellos grandes almacenes presentó un expediente de regulación de empleo. Muchos compañeros fueron a la calle y él pasó de ser el jefe a hacer mil cosas relacionadas con los equipos de vigilancia (era un manitas con las cámaras y la tecnología) y completaba horario haciendo un simplificado turno de cuatro horas de noche en aquella prestigiosa tienda. Cuando protestó por quedarse solo le dijeron que tenía alarmas, cámaras, armas... y que o eso, o el paro.
Una mañana en que salía de la tienda a la hora del almuerzo, se la encontró. Ella le dio un tenue beso, se cogió de su brazo y le propuso tomar una cerveza.
-Pago yo –añadió.
Volvió a sentirse abrumado por aquella mujer. ¡Era tan hermosa! Aquella cara tan bonita, sus caderas, su cintura, ese busto... y ese desinhibido comportamiento...
-No te vayas a creer que te he buscado por la ayuda que me prestaste. Aunque te la agradezco, no soy una mujer fácil y nunca permitiría que te cobraras el favor. Simplemente, me gustaste y me da igual que seas el que me sorprendió en un hurto, el párroco de esa iglesia de ahí enfrente o el camarero de este bar. Me gustaste y por eso te he buscado. Para mí es importante que quede clara la diferencia. Tu generosidad no tiene nada que ver con esto.
Tras varias cervezas, ella le tomó el número del móvil y le aseguró que se pondrían en contacto nuevamente. Después se acercó, le dio otro breve beso en los labios y se subió a un autobús, sin darle tiempo ni a pestañear.
No conseguía quitársela de la cabeza ni de día ni de noche, con un deseo dañino y doliente, con una irritabilidad poco común, como si fuera un adolescente enamorado por primera vez. Miraba mil veces al día el registro de llamadas, los mensajes de voz y de texto o  whatsapp... pero no había rastro de aquella mujer, que siendo tan normal, lo volvía loco. Por fin, una mañana en que estaba de servicio en los almacenes, recibió la llamada de Haydée. Quería saber cuándo podrían verse. Quedaron para comer juntos en la casa de ella, situada en el barrio más humilde de la ciudad. Al llegar, la comida estaba preparada con muy buen gusto y olía muy bien. Sin embargo no probaron bocado hasta transcurrido un rato, pues tan pronto entró al exiguo apartamento, pobremente amueblado y frío, él la besó. Fue un beso intenso y un cataclismo interior intensificó su pasión. En un triste sofá volvió a besarla muchas veces y le desabrochó la blusa y jugó con sus pechos mientras intercambiaban mordiscos y caricias llenas de delicadeza. Ella no lo dejó continuar. Cuando intentó desabrocharle los pantalones se negó.
-No soy una mujer promiscua, entiéndelo. Lo que tenga que llegar llegará, pero todo en su momento. Acepta esta pequeña imposición. No me gusta sentirme sucia y no es mi estilo entregarme así, al primer encuentro, sin saber nada de ti. Espero que me comprendas.
Fue consciente de que no había otra opción, así que comieron juntos aquella comida, ya fría. Tras el café, hubo otros muchos besos deliciosos y finalmente se marchó. Aquella noche, mientras vigilaba los monitores, ella lo telefoneó para preguntarle si se sentía molesto por su negativa a seguir lo que él había empezado con tanto ardor. Añadió que a ella también le apetecía, pero que se había llevado más de una decepción y que quería tener seguridad en lo que sentía.
Se sintió feliz como un niño al que se le promete un regalo. A la mañana siguiente, lo volvió a llamar. Deseaba verlo un rato tranquilamente. Él respondió que era imposible con su nuevo horario dividido. Ella insistió y quedaron en verse a la hora en que él entraba a los almacenes para el servicio nocturno. En la puerta ella le pidió que la dejara acompañarlo un rato.
-La noche tiene que ser terriblemente larga mirando unas pantallas donde jamás pasa nada –añadió.
-Pues ese es el caso, que si te dejara pasar, mañana estarías en todas las grabaciones y yo iría a la calle..., pero creo que hay una solución. Vuelve mañana a esta hora.

Imagen de un informativo de Antena3
Él pasó aquella noche haciendo una grabación extra que pasó a un minúsculo disco duro portátil. En su casa le añadió las funciones calendario y reloj de la noche siguiente. Esa iba a ser la falsa señal que las cámaras grabarían durante las cuatro horas de turno, sin una mínima presencia de Haydée, ya que la grabación registrada sería la de la noche anterior.
-¡Jolín, qué bueno! –dice Rosita la Soltera, un travestido que hay en el grupo.
“El Murciano” lo fulmina con la mirada y le ordena callar:
-¿Es que tienes que interrumpir siempre a Mario? Cállate ya, hombre...
-Perdón, perdón... Ya no abro el pico –y el argentino sigue con su relato:
Aquella primera noche, ella sintió deseos de recorrer la sección de lencería. Decía que siempre había soñado con ropa interior cara, con el poder de seducción que esta comportaba. Él le abrió las cerraduras de seguridad  de los cajones y expositores y ella dispuso de todo cuanto se quiso probar. Siempre se cambiaba pudorosamente detrás de una columna, pero él veía en los espejos un desnudo de caleidoscopio, con mil ángulos y facetas de aquel cuerpo. Después, todo volvió a su lugar y, tras unos besos deliciosos y unas caricias cada vez más permisivas, la chica se fue, pues la ronda de la empresa iba a llegar para su rutinaria comprobación.
La segunda noche Haydée no había cenado, así que bajaron a la planta de platos precocinados y de delicatessen. Nadie iba a notar al día siguiente que faltaban unas latas de cerveza o una botella de cava, un poco de caviar ruso o unas ostras. Jugaron a las películas en que la protagonista se dejaba seducir por el lujo. Ella se sabía fragmentos de guiones del cine americano clásico y los reproducía con una voz insinuante, que encantaba al muchacho y lo encendía. Y llegada la hora, como Cenicienta, se marchó mientras él arreglaba el trucaje de las cámaras para la noche siguiente.
En otra ocasión visitaron la sección de joyería. Totalmente  desnuda esta vez, se puso cien joyas distintas repartidas por su cuerpo. Él se dio cuenta de que el oro, con ser oro, salía ganando al reposar sobre aquella desnudez, por primera vez francamente ofrecida. Su deseo era ya desesperado y le preguntó cuándo iba a ser suya de verdad. Haydée le tapó la boca con sus labios y le susurró al oído, tras morderle suavemente el lóbulo, que cada cosa a su tiempo.
Hubo una noche  en que ella pidió quedarse en el cuarto de los monitores: estaba preocupada por algo y no tenía ganas de recorrer las prósperas secciones para recoger sólo las migajas de una buena vida que nunca sería suya. Su tristeza lo conmovió y él le ofreció toda la ternura que pudo.
-Esto es muy aburrido, ¿verdad? ¿Cómo funcionan estas cámaras?
Le explicó brevemente lo que hacía durante su trabajo. Después le dijo que estaba enamorado, que la necesitaba, que soñaba con tenerla entre sus brazos.
-¿Cuándo serás mía? –le preguntó suplicante.
-Mira, una cosa es el deseo y otra la realidad. Esta es siempre más miserable que lo que el deseo enaltece. No quiero decepcionarte. Y no creas que yo no tengo mis ganas... No soy de piedra y si me dejara llevar..., pero no puedo... Cada noche vengo y durante unos instantes disfrutamos de todo lo que jamás será nuestro: joyería, peletería, cenas de lujo, los mejores vinos y cavas, perfumes, la música que nos gusta en cada momento... Nada es nuestro, pero todo lo gozamos como si fuéramos los únicos poseedores, como si todo esto nos perteneciera, ¿verdad? Es mucho más de lo que la vida real ofrece normalmente. Cada sueño, cada capricho, cada ambición... se cumplen durante un rato que siempre nos parece corto. Después todo se desvanece y volvemos a ser los sobrevivientes perdedores que realmente somos, y entonces  el sueño ha perdido su magia. Yo vengo a ser como esta situación. Disfrutas de mi cuerpo cada noche, sueñas con tenerme, pero yo no soy tuya –y tras desnudarse lo abrazó y se dejó acariciar ya sin ninguna reserva. Aquella lengua sabia, aquellos labios, le ofrecían al joven los besos más cálidos que jamás había experimentado. Notaba sus pezones calientes, punzantes, llenos de vida y se sentía fascinado por aquella mujer, pero intuyó que jamás sería totalmente suya. Sospechaba que algo inexplicable se interponía frustrando su felicidad. Como adivinando sus dudas, ella añadió:
-Si me tuvieras, aunque sólo fuera una vez, todo se estropearía. Perderías la magia del deseo, el anhelo de lo que no se tiene. Todos los sueños se vienen abajo tan pronto como se alcanzan. Yo también tengo mis sueños, mis deseos, mis planes... y me estoy enamorando de ti mucho más intensamente de lo que llegué a creer. La prueba la tienes en que te estoy permitiendo lo que no conviene... pero no quiero que lleguen la decepción y la rutina, que se pierda el hechizo –y se vistió dejándolo perplejo y angustiado. Al acompañarla a la puerta ella lo abrazó y humedeció su cuello con unas lágrimas que lo desazonaron profundamente.
“El Abrazo”, obra de Josef Kunstmann. Publicada en “The Circle” No. 3, 1949
Hubo muchos más encuentros hasta aquella noche de san Valentín en que llegó muy contenta y lo besó con mayor entrega que nunca.
-Me gustas mucho –le dijo-. Creo que ha llegado el momento que tanto he esperado. Esta noche va a ser muy especial, te lo aseguro. Inolvidable –y volvió a besarlo con una ternura inusual, con unas lágrimas emocionadas que la hacían aún más bella y deseable.
A petición de ella, ambos fueron esta vez a la sección de dormitorios y eligieron una cama con colchón de agua, enorme y sensual. La rodearon con espejos y la vistieron con sábanas de seda del color del vino tinto. Cada vez que se cruzaban, él la abrazaba, pero ella lo rechazaba y acallaba con un dulce “¡Espeeeeera!” que redoblaba su deseo.
-Hoy te voy a hacer sentir de verdad. Lo de esta noche va a ser realmente especial, pero necesito un decorado también especial –y sacó de su mochila unas esposas con las que sujetó a la cabecera de la cama, con perversa sonrisa, las manos entregadas de su amante. Después cogió las llaves y añadió:
-Un poco de paciencia que voy a maquilarme y perfumarme, a por una botella de cava y unas ostras, a por unas joyas y un abrigo de piel bajo el que no habrá nada cuando lo veas. Sé bueno y espérame -y le echó la sábana sobre la excitada desnudez mientras hundía su lengua en la otra boca ávida.
Él sonreía, esperando los goces prometidos. El contacto con la seda lo excitaba y pensaba en el regreso de la chica, saboreando los mil deleites anunciados. Tras unos minutos, la primera sospecha apagó tanto su sonrisa como su excitación. Empezó a llamarla, al principio suavemente, después a voces. Sólo silencio. Seguidamente, la certeza se abrió camino e intentó en vano liberarse de aquellas esposas. Finalmente se rindió a la evidencia y, paradójicamente, la deseó más que nunca al comprender que no la tendría jamás.
La ronda llegó a su hora y lo encontró desnudo y esposado al cabecero de la cama. Una ligera inspección permitió evaluar las dimensiones del expolio: las mejores joyas, los más caros abrigos de pieles, costosos equipos de música y de electrónica, televisores, cámaras de fotos, portátiles, tablets, vinos, alimentos selectos... El aparcamiento abierto y las barreras levantadas hicieron pensar a los investigadores que se habían usado tres o cuatro vehículos para transportar el botín. En el cuarto de los monitores, un abrigo de piel echado sobre los hombros de un maniquí (ella le había prometido que cuando lo viera “no habría nada debajo”, recordó angustiado) y sobre la mesa un folio en el que alguien había dibujado un mínimo esbozo del rostro de Haydée, sin facciones, que sostenía dos durísimos diamantes falsos que simulaban ser dos lágrimas. Varios millones de euros (según los peritos del seguro) en un trabajo impecable (según la policía). Las grabaciones de las cámaras no contenían ni una sola imagen de la chica, no se encontró una sola huella, nadie sabía nada de una cubana con ese aspecto, y el domicilio donde él la había visitado estaba desocupado, según los vecinos, desde hacía mucho tiempo. Por otra parte, él se negó a facilitar una sola pista, pues no quería perjudicarla. Pobre hombre... lo que debió sufrir... ¿No os parece, chicos?
Mario sale de su transfiguración narrativa y recupera el semblante habitual.
-Y esta ha sido la historia de hoy... –añade buscando el efecto de su relato en los oyentes-. ¿Os ha gustado?
Ellos, hasta entonces absortos en el hilo de aquella trama, se incorporan y estiran las piernas. Hay una sonrisa admirativa en sus rostros y cada uno le entrega cinco euros al cuentacuentos. Comentan el efecto que les ha producido el relato:
-Yo la cojo después y la mato, ¡vamos, es que se merece morir por cabrona! –asegura melodramáticamente Rosita.
-¡Qué tía más peligrosa! –exclama Rogelio-. Para que te fíes de las mujeres...
-¿A qué has dicho que olía su cuerpo? Es que no me he enterado bien... –inquiere el jovencísimo Pepín Torres, sin obtener respuesta alguna.
-¿Sabes, Mario? Lo cuentas todo tan bien que parece que te hubiera pasado a ti –asegura en tono admirativo “el Murciano”.
Mario trata de ocultar el efecto que este último comentario le ha producido, pues le ha hecho recordar la dolorosa muerte de su hijo en la piscina del chalé que había alquilado, el abandono de su compañera (Sos un pendejo y ya se acabó este quilombo. No te soporto más. Regreso a Buenos Aires), el engaño de la mujer que tanto quiere aún, los ocho años de condena...
En ese momento suena la sirena y los funcionarios empiezan a meter prisa a los internos. Es el recuento de media mañana y todos tienen que ir rápidamente a sus celdas.
Al menos ha conseguido algo que muy poca gente alcanza a conocer: la fuerza inextinguible de ese deseo que jamás se hará ni realidad ni rutina. Eso sí que se lo tiene que agradecer a Haydée  (si es que se llamaba así), la chica cubana (si es que era cubana) que lo amó (si es que llegó a amarlo, que esa es su gran duda)...
Mario responde a “El Murciano”:
-No hombre, a mí no me pasan esas cosas... ¡Qué más quisiera yo! –y sonríe forzadamente a su compañero de celda.

Primer beso


Como todas las noches se acostaron juntos, desnudos.
Cuando él se durmió, ella acerco la nariz hasta su cuello. Le gustaba ese olor fuerte, tan distinto al suyo.
Apoyó la mejilla en el pecho liso de su compañero, cubierto de  vello, mientras palpaba su propio pecho identificando las diferencias.
Después examinó su cara cuidadosamente, sin perder detalle. No pudo distinguir los labios, cubiertos por la barba. Hurgó suavemente con la punta de los dedos hasta encontrarlos. No eran distintos pero presintió que no tenían el mismo sabor. Para satisfacer su curiosidad los entreabrió con sus propios labios y hundió la lengua en aquella boca.
Entonces Adán despertó.

Microzoología fantástica

Vacas
El pastor se queda dormido con el libro de Kafka en las manos. El libro termina cayendo. La vaca se acerca y lo olisquea. Le da fuerte con el hocico y ve con interés que no se rompe. Entonces abre la boca y empieza a buscar el modo de comérselo. Se la ve con entusiasmo, se aplica en la mordida, en la ingesta de las hojas. De pronto bizquea, da arcadas, mueve arriba y abajo la cabeza y suelta un eructo no muy sonoro, la verdad, pero que despierta al pastor. No es la primera vez que escucha a una de sus vacas soltar un eructo, pero nunca había visto ninguna que tuviera unas alas de insecto en el costado.

Hormigas
La hormiga cubrió la distancia que la separaba de mi zapato en una tarde entera. La vi avanzar sin desmayo. Tampoco sabría ahora decir si le costó o no. Sé que se plantó allí delante y no se movió en un par de horas. Mientras que ella se desplazaba, yo leía. Nunca había sentido esa compañía tan insignificante. La de la hormiga avanzando, acercándose poco a poco al sillón en donde estaba muy cómodamente instalado. En esa tarde, concluí la novela. Era buena, sin ser magnífica. Me encantó la manera en que la trama iba desquiciándose sin desmoronarse la entereza de los protagonistas. Uno de ellos, uno particularmente obcecado en alcanzar su destino, conjurado a esa meta a riesgo de su propia vida, moría fortuitamente nada más conseguirla. Dolía que ahí concluyera la novela, que no hubiese una posibilidad, por pequeña que fuese, de que otras circunstancias de la trama me sacasen de la tristeza enorme que esa muerte imprevista me había causado. Fue entonces, quizá cuando la emoción de esa pérdida irrecuperable hizo que se cayese el libro al suelo, cuando la hormiga murió. 

Piojos
Un piojo intrépido, emboscado en la cabeza de una hippie de los setenta que leía poemas de amor libre, perdió el equilibrio en la frágil cima de un pelo y acabó estrellándose en un verso muy lúbrico. Se ahogó en pocos segundos. Tan escaso era su tamaño que la tipografía del poema lo succionó. Está todavía en una L mayúscula, una que ahora parece preñada. Los libros son a veces cementerios improvisados.


Perros, caballos
Cuando despierta, ya no llueve. La envuelve el olor a tierra mojada y remolonea en la cama, tapada hasta la nariz, acomodando todavía el cuerpo a la espera de que el sueño regrese y pueda concluir lo que no recuerda. Había una puerta y había un jardín detrás de la puerta. Conversaban alrededor de una mesa unos cuantos amigos de cuando era más joven todavía. Uno decía que el caballo era el animal noble de la creación. Otro, empeñado en sustituir al caballo por el perro, no apreció que uno le venía encima, lo derribaba y lo mordía con saña en los brazos y en la cara. Solo ella se le acerca, aparta como pueda al perro y le pregunta cómo está, si le duelen las heridas. Al despertarse oye unos ladridos. Vienen de afuera. Deja el confort de la cama y se asoma a la ventana. No ve nada. Vuelve a refugiarse entre las sábanas y se lamenta de no saber cómo acaba la historia. Si su amigo se repone, si la conversación añade un animal de más nobleza que el caballo o que el perro. Entonces escucha cómo uno relincha afuera. No es un sonido que pueda confundirse con otro. Es un caballo. Además parece que le están incomodando. Como si pugnara por zafarse de un jinete indigno. Nada afuera le concede la presencia de un caballo o de un perro. Así que se acuesta nuevamente. Antes de conciliar el sueño reparador, el de los perros, el de los caballos o cualquier otro que la alivie de la pesadumbre que la embarga, coge un libro que tiene en la mesita de noche. Hace días que no lo lee. Lo abre con delicadeza. Sabe qué le espera. A poco de que se le cierren los ojos, cree escuchar otra vez relinchos y ladridos. Decide no levantarse. Incluso el olor a animal impregnado en el aire no la fuerza a dejar la comodidad dulce del sueño.

Moscas
A las moscas no se les pide jamás explicaciones. Se tiende a apartarlas o, caso de que incordien en demasía, matarlas con absoluta contundencia. Mi mano lo sabe. Mientras la enyesaban en Urgencias, una se posó sobre la mano sana. Medí las consecuencias de reventarla con el yeso recién colocado, pero renuncié. Seguí su vuelo por la consulta, distraído, sin escuchar las recomendaciones del médico sobre mi convalecencia. Terminó parada en el lomo de un libro de enfermedades venéreas. No me asombró que la mosca cayese fulminada en ese instante.


Loros
Al loro que compré en Estambul le gustaban las literaturas germánicas medievales. Ponía unos ojos de loro entusiasmado cuando le recitaba en voz alta las gestas de Beowulf o los funerales de Héctor, el domador de caballos. Contrariamente a lo que se puede esperar de un loro, el mío no repetía con la gracia previsible las frases que yo decía. Su única evidencia de una inteligencia superior a la de otras criaturas era la de abrir los ojos como los abría. Se diría que estaba allí mismo, en la batalla, blandiendo la espada, empapado de sangre enemiga. Si un día me daba por cambiar de tercio y leer en voz alta, como suelo hacer, otro género, qué sé yo, poesía romántica o cuentos policiales, mi loro expresaba su disconformidad y emitía unos ruidos tan poco soportables que tenía que mudarme a otra habitación a continuar la lectura. Era el mío un loro de costumbres poco refinadas. Bastaba observar cómo se agitaba en cuanto el episodio narraba una cruenta batalla a la vera de un río o el ajusticiamiento de algún reyezuelo caído en desgracia. Esta mañana mi loro ha muerto. Estaba en el fondo de la jaula. Tenía un sencillo corte en el cuello. Temo que se ha suicidado. No me cabe otra explicación. Debió tener una pesadilla, me ha dicho mi madre, que es la que lo cuidaba. Era muy impresionable.