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Mostrando entradas de noviembre, 2011

Marea amarilla

Suelo transitar la ruta que une mi pueblo con Daireaux, una localidad vecina, un par de veces al mes. Es parte de mi rutina laboral. Típico camino provincial, se caracteriza por su asfalto en mal estado y las banquinas anchas. Durante el invierno, el paisaje es bastante triste. Arbol, campo, verde. Pero durante el verano, los lugareños obtienen el permiso para sembrar a los costados de la ruta, y todo se tiñe de amarillo por los girasoles. Entonces me sumerjo en esa marea de flores doradas, disminuyo la velocidad, subo el volumen de la música. Y extraño un poco menos al mar que dejé lejos.

El sillón de las noches

No soy metódico. Tampoco encuentro nada que envidiar a quienes lo son y me rodean. Prefiero cierto tipo de desorden. Soy de los que cree firmemente en la bondad del azar. Incluso soy capaz de creer en su maldad. En que no sabemos nada y nada está ahí afuera dispuesto a ser conocido. El incrédulo vive mejor porque todo le asombra con más fiereza. El crédulo es un incrédulo con fe en la bondad de las cosas y de las personas. Se trata en el fondo de irse uno sinitiendo hospitalario consigo mismo. Yo lo soy siempre que puedo. Me satisface encontrarme, saludarme, verme con esa distancia que permite apreciar ciertas cosas que la cercanía o la intimidad emborronan. En uno de los pocos asuntos en los que acepto el metodismo, la rutina y la previsiblidad, es en el butacón en donde leer. Jamás he dejado de tener un rincón idílico, ustedes ya me entienden, en donde perderme con los libros o escuchando música o viendo cine. Delante de ese butacón hay una pantalla de televisión embutida...

Años marianos

Había salido exultante al balcón de la sede de Génova hacía sólo unos minutos. La grey popular lo aplaudió, le hizo dar ridículos saltitos, lo aclamó como el triunfador que, sin duda, era. Es cierto que el triunfo le había costado muchos sinsabores, que tal vez no fuera un triunfo sino una derrota puesta en bandeja por los socialistas… pero eso ahora importaba poco. Esa noche del 20 de noviembre de 2011 quedaría recogida en las hemerotecas  y en los libros de historia. Mariano agitó la mano una última vez, dio la espalda a la masa congregada y desmontó esa sonrisa que tanto le costaba armar. Comprendió que su instante de gloria había acabado. Que la vida del político es así: a partir de ese momento, la prensa afín miraría con lupa cada desliz, cada desacierto, mientras la prensa de la oposición desataría contra él toda una persecución. No pudo evitar recordar lo cómodo que él se sintió cuando la COPE y El Mundo orquestaron todo un montaje en descrédito de Zapatero. Él, que ...

Pinocho en la Moncloa

No sabemos bien si se trata de una fotografía de la Consejería de Turismo de Galicia, o un reclamo que ilustra las excelencias del turismo rural. Si no fuera porque conocemos al modelo que la protagoniza, nadie diría que asistimos a la contemplación de una imagen publicada en el diario El País días antes de los comicios del 20-N. Rajoy aparece en pose relajada, manos embutidas en los bolsillos, chaqueta desabotonada, piernas en posición descanso , mirada serena al infinito. En definitiva, ademanes importados para otorgar a la escena sensaciones de seguridad. Hasta hace unas pocas semanas antes de las elecciones generales, Rajoy no se presentaba ante el foro mediático como algo más que un candidato. Las encuestas y el consiguiente apoyo de los medios de comunicación y de los grupos de poder del país izaron al compostelano a la Moncloa, seguros de apostar por el caballo ganador. Ya solo quedaba presentarle ante la ciudadanía como líder competente.  Geppetto crea un muñec...

El candidato y Kafka

Cuando el domingo el candidato se despertó tras una noche de pesadillas, se miró en el espejo y no se reconoció. Dudó si se llamaba Alfredo Rajoy o Mariano Pérez Rubalcaba. Trató de ensayar una sonrisa preelectoral, sin lograr otro gesto que una mueca desagradable, al modo de la de Esperanza Aznar. "¿Qué me ha ocurrido", pensó. Se pellizcó su piel, extrañamente gelatinosa, para comprobar que estaba despierto y en su propia habitación. Se percató de que era así, pero estaba él solo, sin rastro alguno de su mujer ni de sus hijos. Recordó que debía acudir a su colegio electoral antes de las 10, para no ofrecer una imagen de persona perezosa. Tampoco le convenía ser el primero, a fin de no mostrar la prepotencia del empollón de la clase, el repelente niño Vicente que tanto irritaba a los ciudadanos. La jornada previa había sido de confusión, más que de reflexión y, a poco de acercarse a las urnas, le asaltó una tremenda duda irracional (las del resto de los votant...

Pequeña semblanza de un político de pueblo

La verdad es que nadie sabía muy bien cómo, pero siempre terminaba ganando las elecciones. Ocupaba el puesto de intendente desde hacía diez años. La única gestión que había realizado durante sus mandatos fue iluminar un tramo del acceso al pueblo, que casualmente coincidía con la ubicación de su casa de verano. Por eso todos le decíamos Lunita tucumana; porque alumbra y nada más*. La cuestión es que cuando se acercaban la época de elecciones, Lunita empezaba con sus discursos por la radio de frecuencia modulada, cuyo dueño era Secretario de Comunicaciones de su gobierno y primo hermano de él. Desde ese espacio, personalmente o a través de sus incondicionales compañeros de fórmula, se ocupaba de pegarle duro y parejo a todos sus oponentes. Jamás se lo escuchó hablar de un proyecto, pero pasaba largas horas hablando de la falta de honestidad de Juan, de la poca credibilidad de Pedro e, inclusive, de las infidelidades de Roberto (si engaña a la madre de sus hijos mire si no lo va a en...

El algoritmo infalible

Habrá quien se emocione al ver a su candidato brincar en un escenario, jaleado por los acólitos, en la creencia de ese gesto espontáneo lo baja al terreno de lo más acendradamente humano. En el fondo no se tiene casi nunca una idea emocional del candidato. Los asesores, al saberlo, le susurran gestos casuales, le confían la mecánicade los afectos y le certifican, a pie de escenario, la bondad de su credo. Se tiene del candidato una impresión a menudo lejana, de intermediario necesario entre la política, es decir, el Estado, y la calle, es decir, el pueblo. El desafecto entre lo uno y lo otro no se palia a saltos, brincando en un estrado mediático, pinchando la señal el youtube y los tuentis, el facebook, Antena 3 y el boca a boca, que funciona siempre de maravilla y hace que un gesto casual, insistimos, un detalle más o menos improvisado, cale en el electorado y extraiga el voto del indeciso y se lo reafirme al simpatizante o al que militan en las filas del que brinca, a mayor g...

El guiso

Soy (o mejor: estoy a punto de ser) un guiso. Un guiso con aspiraciones a cierta forma de prestigio, de reconocimiento por parte de los comensales, aunque sea sólo durante una fugaz aparición en la mesa. No me quejo. Hace una hora yo sólo era un montón de elementos sueltos (carne, pimientos, tomates, apio, puerros, vino blanco, especias…) dispuestos de cualquier modo sobre la encimera de la cocina. Después, el cocinero que me está dando forma ha ido pelando, cortando, salando, friendo, sazonando, rehogando, removiendo y he ido tomando ser, consistencia, identidad, aroma, color y textura. Le estoy agradecido, algo así como si fuera mi padre. En la cocina hay una extraña complicidad entre los elementos guardados en los armarios. Se lo cuentan todo y hacen todo tipo de comentarios. En un bote de cristal se conserva lo más antiguo, la matriarca: una vieja rama de canela, cuya fecha de caducidad está a punto de vencer. Eso supondrá ir a parar al cubo de basura. Está decaída, triste, ...

¿Muslo o pechuga?

La mayor parte de mis amigos se decantan por la compacta convexidad de un par de tetas. Quizá esta querencia deba su pregnancia a un deseo atávico. Ya sabéis, Edipo, Electra y el resto de esa mitología freudiana tan del gusto de intelectuales. A mí no me acaba de convencer; es más, me desagrada pensar en mi madre mientras acaricio areolas. Una cosa son las mamas de tu santa progenitora y otra bien distinta las tetas de tu señora esposa, de la vecina del quinto, de la panadera o de la mismísima Scarlet Johanson. Pongamos cada ubre en su sitio. Lo mío no son las tetas; entiéndame, amigo lector, no es que deseche esta sugestiva orografía; Dios me libre. Uno es muy macho, que no quede duda alguna. Lo que pasa es que para gustos los colores. El sexo, como la gastronomía, se asienta, más allá de las imposiciones culturales, en lo sensitivo, en la cruda naturaleza de los impulsos. Así, por mucho que no le haga ascos a casi ningún intersticio del género femenino, tengo mis preferenc...

Hambre

De su pan de cerezas De su vino de peces De su fruta de luna De su leche nocturna De sus dulces moluscos De sus acres frambuesas De sus moras doradas De sus croissants menguantes De sus higos Burjoti De sus fibras de néctar De su verde doncella De sus fuentes de labios De sus fértiles dunas De su fina gavesia De sus dátiles álgidos De su exótica litchis De sus senos de Siena De sus glúteos de sémola De sus ácidos bífidos De sus dedos de seda De sus yemas saladas De sus jugos de algas De su aceite de geisha De sus hebras cromáticas De sus muslos de harina De su miel de saliva De su zumo de brisa De sus gritos de savia De su cera de ombligo De sus esporas núbiles De sus brácteas de espuma De su sudor de ninfa De su crema de nieves De su nata de sueño De su olor de sirena De su sexo de hambre

Dulce de leche

Las mujeres que saben preparar dulce de leche son mujeres que saben conservar a su marido, nos decía la abuela. El secreto está en elegir muy bien los ingredientes, la materia prima. Con mala leche, no vamos a alcanzar nunca un buen resultado. Se necesita paciencia; es importante cocinarlo a fuego lento, nada de andar apurándolo. Se pone la leche en una cacerola y agregamos azúcar - ni tanta que empalague, ni tan poca que le falte sabor - y unas bolitas de vidrio. Sí, sí, bolitas, canicas; de esas que se usan para jugar (el elemento lúdico, le gustaba decir a ella). Es necesario para que no se pegue. Cuando la temperatura sea muy elevada, casi a punto del hervor, podemos agregar la chaucha de vainilla y una cucharadita de bicarbonato de sodio. La chaucha es esencial para el sabor; el bicarbonato le da color pero no hace a la cosa. Parece que está todo listo, pero no. Hay que cuidarlo, revolverlo, casi permanentemente. Suave, suavecito, como una caricia. La ansieda...

Solanum tuberosum

Perdonad que empiece a degüello: no sé qué coño es la espuma de patata. Entra en lo posible que no me desagrade, caso improbable de que el azar me la sirva en un plato, si es que la espuma se sirve en platos, que tampoco lo sé, pero hay un obstáculo semántico en el asunto. La patata, al espumarse, se desangela. Igual el espumado es la condición más aristocrática del rey de los tubérculos y he aquí a este ignorante tragoncete, al Emilio de buen yantar, demostrando su falta de cintura culinaria. La alta cocina, vuelvo con cuchillo en la boca, con pañuelo a lo Rambo en la frente, me aturde considerablemente. Prefiero la austera frugalidad de la patata sin el atrezzo estrambótico de la espuma y de la deconstrucción. A mí me deconstruyen una patata y entro en un estado de catarsis contemplativa, en un marasmo metafísico que pone en duda la mecánica celeste y las leyes de Newton. Soy de placeres sencillos porque mi habilidad en lo complejo es casi nula. Admito que aprecio lo barroco, l...