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Mostrando entradas de abril, 2011

La pelirroja

No tenía secretos con Enrique. Lo amaba. Sólo él conocía mis temores, mis miserias, mis miedos, mis amigos, mis amores. Desnuda frente a él, sin ropa y sin máscara. Tanto me conocía que no necesitábamos hablar. Un par de miradas bastaban para comprendernos. Compartíamos la casa, el trabajo, la cama, la vida. Sabía el talle de mis zapatos, el número de teléfono de mis amigas, los horarios de la facultad. Elegía mi ropa con exactitud de sastre, el color de las sábanas, la comida del almuerzo y la película del sábado. Me aconsejaba qué decir en el momento preciso porque adivinaba mis pensamientos y las palabras que yo no podía pronunciar, las decía por mí. Me ayudó a alejarme de esas compañeras que arruinaban mi reputación con su cercanía y fomentó mi gusto por la música clásica. Tanto me conocía que sabía exactamente dónde encontrarme el día que lo dejé. Por eso teñí mi pelo a lo Gilda, me compré este vestido rojo y cambio mi nombre cada noche. Discúlpeme, caballero, n...

Tríptico con coda y addendum sobre las librerías, la felicidad y un dios al acecho

Alguien me dijo una vez: "Se lee poco porque se escribe mal". Trincheras I Estar en una librería es estar en el centro del mundo, pero pulsar desde casa el algoritmo del google es hacer que el mundo entero desfile en tu pantalla y entonces deja de tener importancia el centro o los extremos, la periferia o las afueras porque estás en un aleph total y todo existe para que tú lo contemples. En esa travesía, en ese ir y venir por la biblioteca absoluta, el que sale dañado es el libro. Paradójicamente, al correr en ocasiones infame de estos tiempos, el libro sufre el vértigo y sufre la fiebre de una sociedad empujada a sobrerevolucionarse y a reinventar a diario su progreso. II No podemos saber cómo morirá el libro. Si lo apiolarán en un descampado cinco facinerosos contratados por un holding electrónico japonés o si decidirá quitarse de enmedio, después de siglos de gloria, arrojándose al vacío desde la t...

En busca del tiempo ganado

Adrien, padre de Marcel Proust Adrien nunca hubiese imaginado que algún día adquiriría conocimientos precisos acerca del neumotórax, al igual que tampoco podía intuir que su primogénito moriría de una neumonía. El hecho de haber nacido dentro de una droguería quizá le animara a estudiar medicina, llegar a doctorarse con una tesis sobre el tema y convertirse en un reputado epidemiólogo. La profesión de sus padres tuvo mucho que ver con su interés por la medicina. Si a su padre se le hubiese ocurrido montar una mercería, una taberna o una panadería, el doctor Adrien Proust quizá se hubiese decantado por otro oficio, hubiese vagado por las calles de París en busca de sustento o -¿quién sabe?- hubiese heredado el negocio paterno hasta su muerte, dejándoselo a su vez a su hijo mayor, Marcel. Las biografías se tejen con hilos finos, imperceptibles, y casi siempre a expensas de nuestra voluntad. Pero no es eso lo que la Historia -esa severa registradora notarial- nos cuenta. Adrien llega...

Asonantes para la pelirroja

De tu belleza sé que fue soñada por diez adolescentes en un día. Se respiraba luz por las rendijas a través de las cuales te espiaban. Como una noche más tu imagen clara en su esplendor de luna se destila y en los espejos tu reflejo miran desvelando la bruma desmayada. Mujer de mi delirio enfebrecido, criatura de la orilla de los besos, espérame en el cielo de tu boca hasta que rompa el vaso del olvido con los dientes feroces del deseo que muerden las agujas de las horas.

La letra oculta

No pensarás, no querrás conocer, no te harás oír, tus pensamientos no trascenderán. No escribirás. Las órdenes eran claras, el miedo era grande, pero las palabras se les enredaban en los dedos y peleaban por salir. Primero fueron líneas, después dibujos, después sonido, después secretos que las madres enseñaban a sus hijas, las tías a sus sobrinas, las casadas a las solteras y escondían como adorno en los abanicos, en los bordados de las sábanas, en los marcos de los cuadros. Sabiduría secreta que iba en el ajuar de la recién casada -separada de su familia para ir a la casa de ese hombre que no conocía- para que la acompañe, consuele, cante y aconseje. Siglos y siglos de escritos clandestinos, destinados a ser quemados después de leerse, defendidos por la camadería y silencio de las mujeres. Nushu. La revolución de las palabras.

Curso de escritura automática

primero me quitaré el paisaje, habrá entonces tal vez un solitario temblor tendido en la sílaba como un sueño, un amor previsto o percutido o un amor fugado que dicte ebriedad a las palabras, dejando que el vértigo fluya, trono de niebla, dado de espuma, altura posible en una plenitud sin volumen, hablo solo, me escucho, saludo con gestos elementales pájaros levemente levógiros que mordisquean el aire y me miran alucinados, el hombre vocea dentro, muerde adentro, dolores pequeñitos, escasos, la piel es un espejo donde loca, insensata, la luz se suicida en una fanfarria de sombras, la vida está hecha a simular júbilos, no puede terminar bien todo, gente de la barra, aunque la belleza estalle esplendente en sus flecos y afuera se mastique un desvanecimiento, un alud caprichoso de adjetivos, abismo para aturdirnos, quedarnos después así como idos, como cuando bebemos bourbon en el ático y Miles Davis en Montreux con sordina acompaña cada trago con un apunte de genio, esta es la escritura...

Física cuántica del acto creativo

Ya sea por falta de personalidad o por la intención de llegar a un público más amplio, uno de los pecados entre los muchos en los que suele incurrir quien decide someter su escritura al escrutinio público consiste en la inútil necesidad de agradar a sus potenciales lectores. Ésta es una de las primeras enseñanzas que aprendí; contra mi voluntad -he de ser sincero- y no sin cierta propensión a la recaída. De esta utópica cesión a la condescendencia me salvó -paradojas de la vida- el propio lector. Muy pronto caí en la cuenta de que lo mismo daba adoptar ante ellos una actitud de taimada reverencia como someterlos a la tortura de mi ingeniería literaria. Un código azaroso rige con esotérica disciplina las leyes de la complicidad entre el escritor y sus lectores. Por mucho que intentes buscar la fórmula del amor universal, el principio de incertidumbre acaba imponiéndose. Es de sano cumplimiento olvidar las demandas del lector y abandonarse al solipsismo. A fin de cuentas, la única cuesti...

Solo de soledad

Perdonen que les dé la espalda (Hopper me pintó así). Tomo un café solo y amargo, como mis recuerdos. Me crié solo (soy hijo único), sobreprotegido por mamá e ignorado por papá. En el colegio, durante el recreo, no jugaba con los demás niños y me escondía tras el único árbol del patio, mientras los observaba, víctima de mi propia timidez. En casa me encerraba en mi habitación y leía comics de “El llanero solitario”, actividad que alternaba con la práctica del vicio solitario. Mi novela favorita es Cien años de soledad , si bien releo de vez en cuando La soledad era esto o, más recientemente, La soledad de los números primos ; lecturas introvertidas que a veces acompaño escuchando solos de Miles Davis. Hablo conmigo mismo en reconcentrado soliloquio (“quien habla solo espera hablar a Dios un día”) y para entretenerme hago solitarios con las cartas marcadas. Mis películas favoritas, como ya habrán adivinado, son “Solo ante el peligro” y “La soledad del corredor de fondo”. ...

Sueños de libertad

Fernando tiene 29 años. Es ciego desde los 9 meses. Nos cuenta que en sus sueños nunca ve, pero puede escuchar, hablar e incluso oler. Muy pocas veces sueña que camina por las calles con bastón, aunque en la vida real lo hace muy seguido. - Difícilmente sueño que estoy caminando con bastón. Generalmente, en mis sueños, camino yo sola por lugares que conozco - nos dice Charo, de 33 años. Hace 31 que es ciega. Dany me acercó este artículo y después de leerlo recordé un sueño que se ha repetido durante muchísimas de mis noches. Voy corriendo, apurada. El lugar se parece mucho a la escuela a la que asistí siendo una nena. Tiene escaleras; las subo, saltando escalones de dos en dos, hasta que en algún momento descubro que no salto, vuelo. En realidad, floto. Sin saber muy bien como avanzar por el aire, imito los movimientos que realizo al nadar. Así me voy abriendo paso hasta que salgo al aire libre. Disfruto del paisaje visto desde arriba, doy vueltas, giro. Soy feliz. Andar sin bastón, ...

Por amor a los números

Hay matrimonios en apariencia convencionales que guardan las facturas y los recibos, las letras del piso y la póliza de seguros en un archivador beige o azul o rojo que depositan en una estantería no excesivamente alta, junto a las obras completas de Tolstoi o de Neruda y los álbumes de fotos de cuando la playa o el cámping o la Semana Santa en Córdoba. Cuando el archivador está reventón y amenaza con derramarse en números y en vencimientos, ella escribe en un post-it l a palabra archivador y la pone en el frigorífico o en el espejo del cuarto de baño. El acto de comprar otro archivador le produce un placer absoluto. Igual que hay quien colecciona minerales o sellos de ferrocarriles, a ella le fascinan los archivadores. No el objeto hueco, usado decorativamente, sino el archivador abierto en sus guías, hecho al manejo, bien preñado de documentos. De hecho no se desprende de ningún ticket de aparcamiento, comprobante de compra del súper o extracto del cajero con el saldo a fin de mes: ...

¿Pa qué esforzarse?

Lo recomendaban los estoicos, los escépticos y los jipis. Don't worry, be happy. Cambia lo que puedas, pero apenas la vida te oponga resistencia o veas que no está en tu mano desviar si acaso un milímetro el curso de los acontecimientos, déjalo, claudica, sigue tu camino, tranquilo, impasible al correr de los días. Esforzarse por achicar el mar, golpear al aire, hablar con la pared, luchar contra molinos... ¿Para qué? Quizá para los estoicos significara un esfuerzo mayúsculo ejercitarse en el arte de la imperturbabilidad. Cualquier hecho, por muy nimio que fuese, adquiría para el ser humano premoderno la categoría de milagro sobrenatural. Hoy en día, acostumbrados al desconcierto y la novedad, se podría decir, sin caer en metáfora o ironía, que instalarse en la ataraxia nos viene de serie. Al hacernos adultos, comprendemos enseguida, sin necesidad de instrucciones, que el mundo es un espacio confuso e ignoto del que a mínimo que te adentres en sus misterios tan solo obtendrás en re...

Sólo cuando me río

Soy nieta de un Ángel y de una bruja. De ella heredé los hombros caídos y el carácter fuerte. De él, la nariz y la propensión a la mala suerte. Podría haber sido linda y fatal, como ella y más buena que el pan, como él. En cambio, soy esta mina rara -como encendida- que loca se ríe por no llorar. Cada cual tiene sus penas y yo no soy ajena a tal designio. Me jode confesarlo, pero puedo hundirme en pozos de dolor y de nostalgia. ¡Vamos! Soy argentina, soy mujer, soy tanguera. No podría ser de otra manera. Pero tengo el ojo adiestrado para encontrar el costado gracioso en cualquier situación, cuando no ridículo. Y mearme de la risa, aunque llore de dolor. Lo que todavía no puedo comprender es si se lo debo al Ángel o a la bruja. Ustedes dirán. Malena

La realidad me mata

Una herida en la región parietotemporal izquierda del cerebro puede hacer que no comprendas al mundo ni te comprendas a ti mismo, pero hay cerebros limpios y presentables, fiables en salud y en irrigación sanguínea, que exhiben la misma incapacidad sensorial. Hay gente que tiene un expediente clínico impoluto a los que el azar o la conjunción de muchos azares les privó de la facultad de reconocer el mundo y de reconocerse a sí mismos. Algunos entendidos en estas materias llaman a esa privación del intelecto sensitivo afasia . Yo mismo, modalidad impoluta del ser humano sin quebrantos cerebrales visibles, soy un afásico a poco que miro la realidad de cerca y comienzo a razonar cómo está hecha. No hay quien la abarque sin sufrir un temblor en lo más íntimo. No hay quien decida examinarla a fondo sin salir tocado en el alma. Debo ser un caso de anomalía de lo más normal. He visto gente como yo a las que la realidad también les ha aturdido a conciencia. Afásicos sin solución química posibl...

Grupo salvaje

Malena Yuyo del suburbio "Yo no sé si tu voz es la flor de una pena, sólo sé que al rumor de tus tangos, Malena, te siento más buena, más buena que yo." Emilio Calvo de Mora El espejo de los sueños Una especie de activista verbal. Fabulo con la posibilidad de escribir un buen día como si respirara. Estoy en la brecha. Insisto a diario y disfruto en cada error. Miguel Cobo Rosa Riografía Maestro jubilado con recuerdos infantiles de aulas, de olivares y de ríos machadianos. Tras pasar toda una vida tratando de enseñar, no he dejado nunca de ser un aprendiz. Por eso escribo, para aprender y -lo que es lo mismo- para sobrevivir. Ramón Besonías Román La mirada perpleja Como Pessoa, "amo los paisajes inexistentes". Con alevosía insisto en causarme perplejidad. No me asiento en el presente, soy del futuro su devoto amigo y del pasado yugo pasivo. Alberto Granados Mi blog El blog en el que gasto tanta energía es sólo una terapia contra mí mismo, una vacuna contra e...