En busca del tiempo ganado


Adrien, padre de Marcel Proust


Adrien nunca hubiese imaginado que algún día adquiriría conocimientos precisos acerca del neumotórax, al igual que tampoco podía intuir que su primogénito moriría de una neumonía. El hecho de haber nacido dentro de una droguería quizá le animara a estudiar medicina, llegar a doctorarse con una tesis sobre el tema y convertirse en un reputado epidemiólogo. La profesión de sus padres tuvo mucho que ver con su interés por la medicina. Si a su padre se le hubiese ocurrido montar una mercería, una taberna o una panadería, el doctor Adrien Proust quizá se hubiese decantado por otro oficio, hubiese vagado por las calles de París en busca de sustento o -¿quién sabe?- hubiese heredado el negocio paterno hasta su muerte, dejándoselo a su vez a su hijo mayor, Marcel. Las biografías se tejen con hilos finos, imperceptibles, y casi siempre a expensas de nuestra voluntad.

Pero no es eso lo que la Historia -esa severa registradora notarial- nos cuenta. Adrien llegaría a ser un importante médico y se casaría con Jeanne Weil, la hija de una familia alsaciana adinerada, de origen judío, de la que se cree existen lazos parentales con Karl Marx. Las ambiciones sociales de Adrien debieron ser muy poderosas, ya que hasta ese día ninguna mujer de la familia se había casado con un no judío. Jeanne era una entusiasta lectora, abierta a ideas nuevas (tradujo algunas de las obras de su hijo al inglés), en contraste con la severidad moral de Adrien. El primero en nacer sería Marcel, un niño sensible, con tendencia a caer enfermo (de asma); su debilidad física le forzaría a tener una estrecha relación con su madre. Marcel no fue precisamente el adulto que Adrien esperaría de un primogénito. En vez de mostrar un interés natural por la medicina, Marcel se refugió desde muy niño en la literatura como alivio para sus males. Por suerte para Adrien, su segundo hijo, Robert, llegaría a ser médico. Hoy nadie le recuerda, salvo los biógrafos de Marcel Proust. Pero eso no podía intuirlo el viejo Adrien, obsesionado por asegurar a su prole un futuro venturoso. Así, el joven Marcel se convirtió desde su nacimiento en el preferido de su madre, aquel a quien debía prestar mayores cuidados. Mientras tanto, Robert recibiría todas las atenciones necesarias por parte de Adrien para hacer de él un varón respetable.

Sin su asma y los delicados cuidados de su madre, quizá Marcel no hubiese cocido sus recuerdos a un fuego tan lento. La enfermedad hizo que Proust se viera obligado a ver el mundo con serenidad, a pie de cama, plegado a los pequeños detalles cotidianos, sensible a los ángeles y demonios que visitan nuestra imaginación, tan lejos de los afanes sociales de los que su padre hubiese deseado verle participar. La ausencia de un padre que acompañara con paciencia sus años de convalecencia y las atenciones diarias de una madre entregada por completo a su hijo delinearon el carácter del futuro escritor. Son precisamente esos pequeños intersticios que rodean a nuestra existencia los que configuran la dirección de nuestras decisiones. Nuestra voluntad es tan solo el epílogo, la firma con la que rubricamos el presente. Observar con calma nuestro pasado descubre en los gestos, voces y lugares que lo habitan el contorno que perfila nuestra identidad, más agradecida que dueña de sí.

6 comentarios:

  1. No deja de ser paradójico que mientras su hermano Robert no habría perdido ni un solo segundo de su tiempo, Marcel lo "perdería" de tal forma, que siempre anduvo en su búsqueda por el camino de Swann, a la sombra de las muchachas en flor.
    Hoy me pediré un té con una magdalena.

    ResponderEliminar
  2. Si yo ahora, leído esto una vez, digiriéndolo despacito, os digo, oh my friends, que esta tarde, en el único rato que el stress del lunes me ha regalado, he escrito una cosita (diez líneas) sobre la magdalena en el té y la posibilidad de sacar del fondo del abismo tenues hilos de luz para que regresen y exploten me creeríais? Pues entre el pasmo y la fascinación ando. Esto no es una barra, señores, es una abducción y estamos flipando en los altos caminos siderales del azar y de la satisfacción.

    ResponderEliminar
  3. Me apunto a ese té, Miguel, yo también quiero ganar el tiempo y qué mejor manera que aprender aquí leyendo-os.

    ResponderEliminar
  4. Hay mucha enjundia narrativa en la prosa de Mann, de Proust, de Balzac, de Zola incluso. Cuentan la vida y la narran de forma tan impecable, tan minuciosa, tan atenta al desquicio de lo real y el registro de ese desquicio que uno lee con la fascinación que no da otra literatura salida de ese canon. He vuelto a Proust un par de veces y gana a cada lectura. Lo que me fascina de Proust es que es imprevisible: como si ganara peso la trama conforme la va montando, como si él mismo fuese un lector más. Todo eso que yo tengo claro por mis lecturas tú lo justificas también pormenorizadamente. Lo dejas claro. Contudente. También me pido un té con magdalena. En barra como que no pega, pero haremos una excepción. Luego el bourbon.

    ResponderEliminar
  5. Después de leerte vuelvo a pensar que el libre albedrío es una utopía. Podemos elegir lo que somos limitados por las condiciones que nos fueron dadas por ... ¿azar? ¿destino? ¿karma?
    No lo sé y no sé si lo sabré alguna vez. Mientras tanto vivamos como si fueramos enteramente libres.

    Son las 11 de la noche en Argentina. Una copa de vino tinto me vendría bien.

    ResponderEliminar
  6. Miguel:

    Un excelente enseñanza: aprender a perder el tiempo, a dejar que el tiempo fluya sin quebrarlo con nuestros requerimientos. Yo estoy en ello. Aún soy parvulario.

    Emilio:

    La prosa de Proust es, como apuntas, la vida en toda su extensión. Marcel ensancha el tiempo, lo dilata, obligándolos a plegarnos a sus detalles, estelas que dibujan mejor que nuestra voluntad el contorno de nuestra vida.

    Malena:

    No es tanto si existe o no el libre albedrío. No es un problema ontológico, sino más bien existencial. Es el tiempo que prestamos a lo que nuestra voluntad dicta. Estamos acostumbrados a no escucharnos, a creer que el eco de nuestros deseos basta para hacernos felices. De vez en cuando es aconsejable parar, mirarse por dentro, recapitular desde el espejo, ver la hierba crecer.

    ResponderEliminar