¿Pa qué esforzarse?



Lo recomendaban los estoicos, los escépticos y los jipis. Don't worry, be happy. Cambia lo que puedas, pero apenas la vida te oponga resistencia o veas que no está en tu mano desviar si acaso un milímetro el curso de los acontecimientos, déjalo, claudica, sigue tu camino, tranquilo, impasible al correr de los días. Esforzarse por achicar el mar, golpear al aire, hablar con la pared, luchar contra molinos... ¿Para qué?

Quizá para los estoicos significara un esfuerzo mayúsculo ejercitarse en el arte de la imperturbabilidad. Cualquier hecho, por muy nimio que fuese, adquiría para el ser humano premoderno la categoría de milagro sobrenatural. Hoy en día, acostumbrados al desconcierto y la novedad, se podría decir, sin caer en metáfora o ironía, que instalarse en la ataraxia nos viene de serie. Al hacernos adultos, comprendemos enseguida, sin necesidad de instrucciones, que el mundo es un espacio confuso e ignoto del que a mínimo que te adentres en sus misterios tan solo obtendrás en respuesta ruido, mucho ruido, y quizá una somanta de palos. De ahí que la mayoría decida convertirse a la religión del pa qué esforzarse, por qué prestar tu aliento a las noticias, los seriales políticos, las desgracias ajenas, las estadísticas, la previsión del tiempo; para qué mover un dedo, para qué entender. La conciencia es enemiga de la felicidad; pese a que perdiéndola caigamos en la anomia, claudicando por lo menos se queda uno tranquilo, a salvo de pensar que existan mundos paralelos a éste en donde las cosas pueden funcionar mejor, a salvo del dolor que destila la crónica diaria.

Agárrate a lo que tienes, no sea que lo pierdas. Vive el presente, aunque sea aciago. Disfruta, deja un bonito cadáver. "Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa". Deja que el mundo y su maquinaria corran a libre albedrío, sin resistencia. Aunque protestes, disientas, hagas huelga, te quejes, escupas a la puerta del banco, critiques, llores o denuncies, el villano seguirá haciendo de su capa un sayo, como el sol sale cada día, tan seguro como que existe la muerte. Aprovecha la ocasión, apura el vaso, toma lo que esté en tu mano y muere. El disconforme solo recibe en prenda soledad, rechazo y frustración. Por el contrario, el inconsciente, ufano en su ignorancia, es feliz, apegado a su parcela de realidad. No pidas respuestas. Agota el tiempo y calla. Consume y procura una buena digestión. Acepta el orden de las cosas y el lugar que te asignó el azar. Vota, compra, haz el amor, viaja, sueña, pero sin disensión.

Perdonad mi debilidad. Sabed que lo intento, que me esfuerzo por ser a diario pasivo y dócil, por practicar un hedonismo invertebrado, por dejar que todo ocurra sin corregir su curso, al antojo de las fuerzas dominantes. Me esfuerzo, aunque no lo consigo; mi carácter me delata. Soy incapaz de claudicar, de rendirme a las evidencias.

Alonso Quijano debió quedarse en su hacienda, criando canas. Pero no, decidió leer, comer del árbol prohibido, salir tras el conejo blanco. Abducido por el placebo de la ficción y, presa de su imaginación, el caballero de la triste figura salió de la comodidad del hogar, convencido de que el mundo estaba en peligro, entuertado por la injusticia, loco de estar cuerdo, necesitado de escribirse a sí mismo, más allá de la ciega necesidad o la insensatez de los mortales. Rodeado de aquellos que nunca le tomaron por sano, murió riendo (me gusta imaginar esta versión). La risa es la felicidad del disconforme, del sonámbulo; el goce del perplejo.

Ramón Besonías Román

6 comentarios:

  1. Home, depende de lo que se entienda por conciencia. Pero decir que es enemiga de la felicidad... Menos mal que no hay que estar de acuerdo...

    ¿No será más bien el juicio que se instala en el ego que se cree la medida de todas las cosas?
    Si es que hasta las palabras de Teresa, la de Ávila, quedan algo desvirtuadas ahí...

    Al final me para eso del hedonismo invertrebrado... Como que no me sentaría por lo que leo y que tan bien ilustra la perspectiva que se describe en el texto.

    Por lo demás, gracias por compartir pensamiento.

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  2. Amigo PazzaP, dicho así, tomando cada frase como un universo independiente, tiene usted razón, suena a cuadrar churras con merinas. Sin embargo, no todo debe tener voluntad de sistema. Si lo lees como una conversación de bar, unificada por el tono emocional y no por la lógica, quizá adquiera para usted un significado alternativo. Por lo demás, a veces las palabras son patrimonio de la experiencia personal; compartirlas requiere empatía y complicidad.

    Gracias por pasar y más veces.

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  3. Tal como está el panorama, si pensar es un acto de rebeldía, leer lo es de resistencia y escribir, como tú lo haces, es una acción quijotesca, pluma en ristre, de disconformidad, empecemos a "reír" desde ahora mismo (pa qué esperar a la hora de don Alonso)contagiados de tu lúcida y gozosa perplejidad, en la triple militancia (de pensar, leer, escribir).
    Barra libre, es decir, espacio de libertad.

    Pues eso, Ramón, empatía y complicidad

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  4. Don't worry.
    No estás solo con ese pensamiento.
    Más de una vez me pregunto si no tiene sus ventajas no pensar, comprarse un par de anteojeras e ir por la vida haciéndose en boludo. Seguramente, evitaríamos muchos problemas.
    Lo que no me animo a decir es que ahí está la felicidad.
    Hablo, claro, de la felicidad que te hace estallar el pecho y no de ese bienestar que la gente tiende a confundir con ella.

    La felicidad es efímera como la risa. Los que lo saben, los que no pretenden vivir en un estado de perpetua despreocupación feliz, pueden reir con ganas, libres de culpa y cargo.

    Y si lo hacen con amigos, mejor.

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  5. Estamos anestesiados. Sin procesar el dolor ni la dicha. Imperturbables. Confortablemente insensibles. A sueldo del azar. A salvo de uno mismo. El problema es que pedimos la felicidad como un derecho.

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  6. Amigos de barra y desconsuelos, la felicidad a la que me refiero habita un reino a conquistar, no es fruto del azar o la activación de feromonas, adrenalina o estupefacientes; es el premio sin placer de quien se conquista a sí mismo, sin tutores. Por eso ríe, insatisfecho aún, pero despierto, sonámbulo.

    Las otras felicidades son peregrinas, sintetizadas en laboratorios de merchandising. Otras, ingenuas de sí, se alimentan del mito de un presente gozoso y fugaz. La felicidad que yo amo es la del labriego del alma, satisfecho de su cosecha.

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