Suelo transitar la ruta que une mi pueblo con Daireaux, una localidad vecina, un par de veces al mes. Es parte de mi rutina laboral. Típico camino provincial, se caracteriza por su asfalto en mal estado y las banquinas anchas. Durante el invierno, el paisaje es bastante triste. Arbol, campo, verde. Pero durante el verano, los lugareños obtienen el permiso para sembrar a los costados de la ruta, y todo se tiñe de amarillo por los girasoles. Entonces me sumerjo en esa marea de flores doradas, disminuyo la velocidad, subo el volumen de la música. Y extraño un poco menos al mar que dejé lejos.