No tenía secretos con Enrique. Lo amaba. Sólo él conocía mis temores, mis miserias, mis miedos, mis amigos, mis amores. Desnuda frente a él, sin ropa y sin máscara. Tanto me conocía que no necesitábamos hablar. Un par de miradas bastaban para comprendernos. Compartíamos la casa, el trabajo, la cama, la vida. Sabía el talle de mis zapatos, el número de teléfono de mis amigas, los horarios de la facultad. Elegía mi ropa con exactitud de sastre, el color de las sábanas, la comida del almuerzo y la película del sábado. Me aconsejaba qué decir en el momento preciso porque adivinaba mis pensamientos y las palabras que yo no podía pronunciar, las decía por mí. Me ayudó a alejarme de esas compañeras que arruinaban mi reputación con su cercanía y fomentó mi gusto por la música clásica. Tanto me conocía que sabía exactamente dónde encontrarme el día que lo dejé. Por eso teñí mi pelo a lo Gilda, me compré este vestido rojo y cambio mi nombre cada noche. Discúlpeme, caballero, n...