Tengo absoluta confianza en la bendita bondad del mal. La tengo desde que consentí en que la ficción guiase una parte considerable del rumbo de mi vida. Siendo como es una vida exenta de peligros, escasamente involucrada en el riesgo y confiada enteramente al patrocinio antológico del azar, miro las vidas de los demás como si escudriñara en ella aquéllo que no es posible escudriñar en la mía. Poseo los suficientes recursos intelectuales, estéticos, morales y sociales como para prescindir de esa querencia hacia el mal, pero he llegado a la conclusión de que la maldad, al menos en la ficción, en el aparte inventado para distraer el ocio y amenizar las noches, es más atractiva. He visto siempre al malo con ojos que nunca dediqué al bueno. He cortado mis lazos de complicidad con una película al comprobar que el malo no estaba a la altura o que el bueno lo era en un grado superlativo, incómodo. Uno no está nunca a la altura del mal, quizá hasta no deba, pero es capaz de advertirlo afuera, p...