Nunca vi morir gacelas


Pensé en lo razonable que sería registrar el sueño que me deparara la noche. Al levantarme hoy vi gacelas y se entrecruzaron avenidas en un paisaje desolado. Desfilaron un par de amigos (da iguales quiénes) que paseaban y discutían sin acaloramiento, pero con firmeza. Lo de los kiwis está en el sueño, pero no sabría hilarlo con todo lo demás. De hecho no es posible hilar nada con ninguna otra cosa. Los sueños carecen de hilazón. Se izan y se derrumban con pasmosa facilidad. Hay ocasiones en las que pareces gobernarlos, someterlos a tu capricho, pero te despiertas y únicamente atrapas fragmentos, palabras sueltas, gacelas en la puerta de una iglesia. Saca uno oficio y recluta novias flacuchas, solos de Chet Baker y al bueno de Satmo dándole al cannabis en los sótanos de la cristiandad, pero no puede atribuírse al sueño y casi hasta es mejor que algo tan pobre y tan escaso de enganche no resida en un territorio tan mágico.


Caballos de cartón masticando azúcar.
Miedo a perderlo todo y miedo a que todo sea mío.
Destripo un kiwi mecánico.
Una sueca con un libro de Pavese bajo el brazo compra rock and roll en la plaza del pueblo.
Miénteme, dime que me amas.
A Sam Spade se le ve venir por todas las esquinas.
Mis manos de ayer no existen y las de mañana no las conozco.
Los poetas dicen estas cosas y luego salen a la calle mansamente. Beben café en los bares.
Se dedican a entrar en las tiendas y a saludar sin afectación a los que jamás se pondrían en su lugar.
El lugar del poeta es el sueño.
Fuera del sueño, caballos de cartón masticando azúcar.
Miedo a perderlo todo y miedo a que todo sea mío.
El kiwi ha desaparecido de mis manos.
La sueca está tirándose a un corrector ortográfico.
Hay oficios sin glamour y el gremio de los correctores ortográficos no es de esos que se jacta de tirarse suecas en congresos o en seminarios.
Está mejor visto el profesor de lenguas muertas.
Está mucho mejor visto que el profesor de lenguas muertas el jefe de prensa de un consorcio con intereses en las islas Caimán. Ninguna sueca de los libros de suecas le hace ascos a un jefe de prensa de un consorcio con intereses en las islas Caimán, pero en mi sueño Cervantes no pierde un brazo ni Obama viaja a Nueva Orleans y le habla al oído a Louis Armstrong.
Le dice: Satmo, ¿de verdad te fumaste un porro en los servicios del Vaticano?
En los sueños los acontecimientos casi nunca obedecen un patrón. Kiwis mecánicos destripados.
Velocidad del jardín hacia su ocaso.
Vivir con algo de junio en las alas.
Disfrutar con el envés de las palabras.
Buscar en los diccionarios el léxico invisible.
El de la decadencia.
Tuve un sueño en el que una novia mía doliente y flacucha me dejaba por un trompetista que se parecía a Chet Baker.
Algunas veces es un asedio la noche.
Se estira entonces el silencio.
Dura más el amor.
Los gestos.
Tántalo ha venido.
Me ha dicho: pareces un poeta al que de pronto le han robado cinco adjetivos cruciales.
Como eco mi corazón arrebata al mar las algas de la boca del naúfrago.
Ten, Tántalo, te regalo un verso sin adjetivos.
No me hacen falta, le digo.
Pero Tántalo está mirándole el culo a la sueca.
Un culo carioca sin restos nórdicos.
Alumbra el amor cotidianos gestos.
La pasión escancia su lenta orfebrería.
Palabras dulces, amigos.
Febriles jugos.
Toda esa herida sangrando algas en esta noche sin cálices.
Todo ese oscuro asunto de gacelas que acaban muertas en la puerta de una iglesia.
Como si hubiesen ido a abrevar a Dios.
En los sueños a veces las gacelas no tiemblan después de recorrer distancias enormes.
Se las ve firmes incluso ante la evidencia de que están a punto de morir.
Nunca vi morir gacelas salvo en un sueño.
Nunca tuve novias suecas.
Como el río se adentra en la noche.
Como la luz al huir busca altura.
Como el amor repone su senilla.
Como el trémulo goteo del deseo colma el vaso, moja el plato que lo acoge.
Como el río.
Como la luz.
Como el amor.
Como el deseo.
Así mi voz se adentra en mis sueños y los fecunda.
Salen hijos de Freud por todas partes.
Los veo tirotear gacelas.
Es mejor disparar contra una gacela muerta.
El éxito está asegurado.
Podría decir los versos más tristes esta noche.
Arde la calle al sol de poniente.
Qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS.
Si te dijera, amor mío, que temo a la madrugada.
Venga a nosotros tu reino.
Mi novia rusa, la doliente y flacucha, la de ojitos dormilones, me hizo jurar que jamás leería a Chéjov en la cama.
Son promesas que uno cumple sin esfuerzo.
Te prometo que nunca leeré a Chéjov en la cama, novia doliente y flacucha, túnel en donde vierto mi nunca morir jamás.
El tiempo no lo cura todo.
Los sueños se cumplen a veces.
El timonel escora dulcemente la memoria y el barco se acerca a mil novecientos ochenta y cinco.
Esto es para que veas la robusta complexión de mi verbo.
Llevo años abriéndome el pecho.
Adentro está el desvarío.
Está la fiebre.
Mirad el vértigo.
Un vértigo de caballos masticando azúcar.
Un sueño de hijos de Freud con túneles nórdicos al fondo.
Un corazón no debe ser en absoluto duro.
Una humildad de espuma en verdad le conviene.

Emilio Calvo de Mora

5 comentarios:

  1. Un vértigo de caballos masticando azúcar.
    Hay frases que te ocupan el alma entera cuando se ofrecen. No las llamas. Acuden. Están dentro, quizá. El caso es que sientes la necesidad acuciante, más que eso, de coger un bolígrafo y dejarlas ahí, en reposo, esperando que se engarcen con otras frases y den algo y te haga sentirte bien. Escribimos a golpes. Nos salen las palabras sin aviso. Yo creo que están adentro. Como los sueños. Están ahí todos guardados. Y van saliendo en el tránsito de una vida. Los que no recordamos son los malos. Los que carecen de calidad literaria. Este fragmento de sueño que he dejado aquí para nuestra Barra no ha salido por bueno. Está en la calle, en el mar yendo a la Argentina, en mi disco duro, en las calles del mundo de mis vicios, porque hoy es Domingo y me tocaba airearlo. Uno tiene que cumplir. El próximo tendrá paseos marítimos. Hoy me siento hijo del mar.

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  2. Hay sueños dormido,
    también hay sueños despierto,
    como el tuyo.

    Sueñas mientras escribes. Te obligas a no pensar, a dejar que fluya tu voz antes que tu razón, temiendo que la lógica que estropee la libertad.

    Soplas, escupes, corres tras la letra que aún no existe. Solo te interesa lo que no está dicho. El post pasado es post muerto.

    Pero todo el que necesita volar es que de algo huye, algo le inquieta, o le persigue. Le incomoda el presente, le asusta sentarse en el camino y sentir que ya está muerto. Escribimos, Emilio, para no morir. Para certificar la necesidad de seguir latiendo.

    Tu sueño arranca al presente su máscara, alienta en quien te lee querencia por lo posible, nunca satisfecho.

    Gracias.

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  3. Parece que fue un sueño, pero fue una lluvia de estrellas, un efecto Coriolis en tu cerebro que propició ese vertiginoso torbellino de material poético, un desbordamiento de palabras que buscan un cauce en tus dedos para desconcertar al bueno de don Sigmund. Tú , en el diván, disparando neuronas y el anotando veloz como un universitario tomando apuntes, qué complejo es éste, adiós Edipo, qué sublimación ni qué libido: Lady Godiva pasea desnuda , mientras su caballo mastica azúcar y la Gioconda ya no sonríe enigmática pues el kiwi que se come es ácido sinérgico.
    -Me rindo -dijo Freud- le mando a Charcot para que lo hipnotice. Ingrese en La Salpêtrière.

    Se equivocó la paloma, se equivocaba...

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  4. Me encantan estos sueños en los que nada es lo que parece. Mi madre tiene la cara de la vecina, pero es mi madre (¿o soy acaso yo?) y pasea contenta vestida con aquella blusa que pertenecía a mi abuela por lugares que no conozco pero que ya visité. Y hablan los animales y aman los que no aman y vuelven los que se fueron.
    Me encantan esos sueños que me permiten abrazarme a la locura y despertar intacta.

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  5. No, que va, es que le pega al LSD.

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