Simpatía por el diablo




Tengo absoluta confianza en la bendita bondad del mal. La tengo desde que consentí en que la ficción guiase una parte considerable del rumbo de mi vida. Siendo como es una vida exenta de peligros, escasamente involucrada en el riesgo y confiada enteramente al patrocinio antológico del azar, miro las vidas de los demás como si escudriñara en ella aquéllo que no es posible escudriñar en la mía. Poseo los suficientes recursos intelectuales, estéticos, morales y sociales como para prescindir de esa querencia hacia el mal, pero he llegado a la conclusión de que la maldad, al menos en la ficción, en el aparte inventado para distraer el ocio y amenizar las noches, es más atractiva. He visto siempre al malo con ojos que nunca dediqué al bueno. He cortado mis lazos de complicidad con una película al comprobar que el malo no estaba a la altura o que el bueno lo era en un grado superlativo, incómodo.

Uno no está nunca a la altura del mal, quizá hasta no deba, pero es capaz de advertirlo afuera, percibir su aroma, apreciar la sutilísima extensión de su sombra, percibir esa toxina sin nombre. Se te van ocurriendo montones de argumentos para defender el bien, el concepto del bien como modelo, pero son argumentos aburridos. Se conjeturan premisas demasiados sencillas y parece uno, en esa vindicación patológica, una de esos adalides de la decencia, de los que se pierden en la nobleza de las intenciones y exhiben sin pedirlo mojigatería, ingenuidad y hasta casi estulticia a poco que se les roce.

La maldad nunca es sencilla. La bondad lo es siempre. La simpatía por el diablo que berreaba Jagger en los venenosos sesenta no era una anomalía lírica: era un sentir de la masa, un pedir riesgo, sangre, carne, pecado. Se vive mejor en pecado porque el pecado, en el fondo, es un hallazgo teológico, un chantaje a nivel moral del que sólo se escapan los muy quemados o los muy puros. No hay término medio. Del mismo modo en que la luz existe y se alía a su reverso la sombra, existen rostros irreprochables que contienen en su agreste cartografía retazos de mal, evidencias de que la maldad supere el corsé de la carne y se muestra en la epidermis, a ras de aire, a la vista de quien se posa en el rostro y lo enjuicia y saca las conclusiones primarias pertienentes. Suelen ser las duraderas. Vale en esto el instinto.

Christopher Walken, mi adorado Christopher Walken, es el mal impostado, es el mal convertido en el mal por exigencias del guión. Es el guión el que gobierna el rumbo de las cosas. Es la narrativa. Vivimos para escuchar historias. No para merecer el cielo o el infierno. Los días los ameniza el azar con las historias. Y todas las que perduran hablan del triunfo de bien sobre o el mal o viceversa, pero no hay ni un solo milagro artístico que no esconda maldad. Todos la miran y todos la respetan. El Arte es hijo del cielo y del infierno. A partes iguales. La cara de Christopher Walken es una representación fiable de ese universo martiriológico. Están los estigmas y está en el fondo la luz primordial. Está Dios y está el Diablo. Si fuese una entrega de serie negra yo prefiero que sea el Diablo el que coja las riendas, aunque venza la luz. Prefiero el mal hasta que un destello de lucidez (ay la inteligencia, el protocolo, la educación, qué fardos a veces más nefastos) se activa dentro del cerebro y se activan las alarmas. Y aplaudimos el final feliz. Nos gusta ese happy ending en el que el galán coje a la damisela de la cintura y le mete la lengua hasta el píloro. Perdonen la bastedad. Es el mal que me está ardiendo y estoy que quemo.

Emilio Calvo de Mora




6 comentarios:

  1. En cierta ocasión, tras una noche de excesos allanpoéticos en nuestra barra libre, solicité una entrevista con el diablo, vía invocación, imbuido por la absoluta confianza en la maldita maldad del bien, con la desquiciada intención de venderle mi alma. Ni puto caso. Al diablo no le interesan las almas vulgares, calderilla espiritual, morralla de pecados veniales. ¿Acaso soy yo Mick Jagger? ¿Qué tengo de Christopher Walken? La última operación diabólica la realizó con Dominique Strauss-Kahn y el rijoso expresidente del FMI quiso jugársela. Pero ésa si era un alma para cobrársela, tan cerca del poder y la gloria.
    Y tú, Emilio, saca los cubitos de hielo de tu bourbon y te los dejas derretir entre los gayumbos. Verás como se te pasa la quemazón.

    Miguel Cobo

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  2. No lo dudes, el mal es más atractivo. Yo aprendí esa lección del cine. Sentía al salir de la sala esa ambivalencia; por un lado agradecía que el villano dejase de hacer judiadas a todo el que se encontraba por el camino, pero por otro lado sonreía nervioso al verlo entrar en escena. Me quedo con Henry Fonda en la de Leone. Insuperable, impenetrable.

    En lo que se refiere al mal real, el de todos los días, el de telediario y calle de barrio, he de reconocer que no tengo carácter para hacer fechorías. Me pondría nervioso hasta para robar una golosina en una tienda. Me veo como Woddy Allen en "Coge el dinero y corre".

    Quizá por eso, para corregir esa indisposición congénita hacia la vileza, me lo paso a lo grande viendo a los personajes de cine perpetrar atrocidades a toda pantalla. Pura cobardía, pero a fin de cuentas uno se lo pasa mejor sin el riesgo de caer en manos de la justicia o de los remordimientos.

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  3. Lo que provoca mucha antipatía son las reglas. Por eso el que las rompe, el que se las ingenia para salir del curso de bondad abúlica tiene nuestro visto bueno. A lo mejor porque hace exactamente eso que nosotros nunca nos animaremos a hacer. Porque en el fondo, todos tenemos una cuota de maldad que cuesta mantener a raya. ¿Quién no sintió Un día de furia y tuvo ganas de emprender a los tiros a lo Michael Douglas?

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  4. La cuota de maldad a la que hace referencia Malena la sé yo desde que tengo uso de razón. De pequeña era mala y ahora que soy un poquitito más mayor sigo sacando del forro dosis de mala leche cada vez que tengo ocasión. Con Ramón coincido en lo de la ficción, que somos espectadores interesados en el mal que otros hacen. La vileza está dentro y la sacamos en dosis, según conviene.

    Julia Perea

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  5. Gerardo Parra31 mayo, 2011

    Christopher Walken, en este fotografía, es el mal puro. Dan ganas de escapar, de no mirarlo. El mal está en uno. Supervivientes, somos supervivientes. Está el mal en las moléculas primeras y no se van hasta que morimos. Pesimismo razonado.

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  6. yo prefiero que sea el Diablo, también. eso me produce una tranquila inquietud.
    impecable letra, reiteradamente. qué envidia, Emilio!

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