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Mostrando entradas de mayo, 2011

Simpatía por el diablo

Tengo absoluta confianza en la bendita bondad del mal. La tengo desde que consentí en que la ficción guiase una parte considerable del rumbo de mi vida. Siendo como es una vida exenta de peligros, escasamente involucrada en el riesgo y confiada enteramente al patrocinio antológico del azar, miro las vidas de los demás como si escudriñara en ella aquéllo que no es posible escudriñar en la mía. Poseo los suficientes recursos intelectuales, estéticos, morales y sociales como para prescindir de esa querencia hacia el mal, pero he llegado a la conclusión de que la maldad, al menos en la ficción, en el aparte inventado para distraer el ocio y amenizar las noches, es más atractiva. He visto siempre al malo con ojos que nunca dediqué al bueno. He cortado mis lazos de complicidad con una película al comprobar que el malo no estaba a la altura o que el bueno lo era en un grado superlativo, incómodo. Uno no está nunca a la altura del mal, quizá hasta no deba, pero es capaz de advertirlo afuera, p...

Zapatero

La soledad del portero frente al balón amenazante. Con esta imagen concluye Zapatero su periplo público como presidente. Comenzó como capitán de un navío recién estrenado, viento en popa, con el talante por banda y la promesa de realizar importantes reformas sociales y culturales. Pero se va derrotado por la fragata de la crisis, un Trafalgar indeseado, voraz e impredecible. A veces, por muchas virtudes que un político posea y las benéficas obras que haya sembrado a lo largo de su mandato, la imagen final que queda es su última batalla, su epílogo, su tumba. Sucede lo mismo con la literatura o el cine. Una excelente película puede ser arruinada por un final torpe y deshilachado. Zapatero será recordado durante mucho tiempo como el dirigente devorado por la crisis económica. No es la primera vez que sucede a lo largo de la Historia que un jefe de gobierno ha debido ser sacrificado como chivo expiatorio por no saber o no poder sofocar las graves contingencias de su tiempo. Un precio que ...

La tijera

Yo detesto a la gente que tiene el poder de decir lo que es bueno y lo que es malo también, sólo el pueblo, mi amigo, es capaz de entender los censores de ideas temblaríán de horror ante el hombre libre con su cuerpo al sol. Las increíbles aventuras del señor Tijeras , Charly García Los tratados de Derecho Civil del Dr. Guillermo Borda eran bibliografía obligatoria para los que estudiábamos Abogacía en los 90. Supongo que seguirán circulando aún hoy. Este jurista fue el autor intelectual y firmante en su calidad de ministro de la ley 18.109 del año 1968. En su primer artículo leemos que no podría restringirse en todo el ámbito del país la libertad de exposición cinematográfica, en cualquiera de sus manifestaciones. Pero no había que ilusionarse demasiado, ya que en el art. 47 se había previsto “algunas” excepciones. No permitirían que nada atente contra el sagrado matrimonio, la familia, la moral, las buenas costumbres, la patria, la seguridad nacional y sería desaprobado c...

Una pedagogía del mal

Una de las primeras reglas de la política consiste en no dejar que la verdad eclipse una buena historia. Se lo dice un mafioso ya consolidado, con plaza y con mando en las turbias calles de Atlantic City en 1.920, en plena Ley Seca, a otro de más crédulos afectos, incapaz todavía de manejarse con soltura en la retórica y confiado, como joven, en la autoridad de las armas y del arrojo puro. La frase la pillo al vuelo en el capítulo que abre Boardwalk Empire, la serie televisiva urdida por Scorsese y que hoy, al fin, he comenzado a ver. Otra regla principal de la política, de la política ejercida como instrumento de poder y no como servicio, es la censura de todo aquello que se le opone y que aspira, en el fondo, a evidenciar los males que fragua y el interés bastardo de esos males en su beneficio. Aquí es en donde empiezo a explicar qué entiendo por censura, cómo afectó esa censura mi crecimiento como persona y en qué punto andamos ahora en este mundo nuestro, globalizado, mercantilizad...

Éxtasis

Fotograma de Viridiana (Luis Buñuel, 1961) Debemos al cristianismo uno de los inventos involuntarios más pródigos de la Humanidad: el erotismo. La Iglesia no contó con la ley newtoniana según la cual a toda acción acompaña siempre una reacción igual (o superior, si se tercia) y contraria. O quizá sí, quizá supo desde el principio que prometiendo exorcizar los deseos de la entrepierna, se ganaría a un pueblo aturdido por los sentimientos de culpa. Quién sabe. El caso es que nada causa más interés que le digan a uno que no puede o no debe hacer tal o cual cosa, nada suscita mayor curiosidad y deleite que nos sugieran más que nos muestren, que nos prometan el éxtasis por entregas. Alienta la imaginación más una mirada que una observación, un hombro al descubierto que un topless, la caricia fugaz que el abrazo entregado, esperar que alcanzar la meta. La contención es la ciencia del placer, la retención del premio hace que el camino que hay que recorrer para conseguirlo sea mucho más grati...

Los restos del naufragio

“La vida es muchas veces un sueño que contemplamos con los ojos abiertos, y el sueño es la vida del alma prisionera, un mudo mensajero divino de Wanaheim, el palacio de luz oculto en las profundidades del mar y cuyas cristalinas paredes revelan todo lo que dentro de él existe.” Jensen A la vuelta de un sueño encontré entre los restos del naufragio nocturno objetos increíbles sin nombre y sin memoria. Túnicas inconsútiles sobre cuerpos etéreos de veloces fantasmas. Manos sin huellas dactilares, sin tacto y sin caricias. Acordeones mudos sin abrazos de ciego. Lunas errantes sin praderas ni sioux, sin ríos donde mirarse ni lorquianos espejos. Palabras sin poemas surgidas de las simas de frustrados amantes vagando como estrellas sin retorno posible. Vírgenes desterradas de su cuerpo incompleto paseando desnudas su abominable sexo, su pureza culpable. Y pájaros sin alas, sin música y sin aire condenados a un vuelo perpetuo entre cables y antenas de troposfera inhóspita. A la vuelta de u...

Lo que no soñé

Nunca venís a visitarme. Como un dios omnipresente estás cada noche en dos o tres lugares, pero no te dignás a aparecer por casa. Pasaste un día, me diste un beso apurado y seguiste a las corridas. Yo no me animé a pedirte que te quedaras. Nunca me animé y las cosas no tienen por qué cambiar ahora. Tus compañeros de trabajo, mis hermanos, el señor de restaurante, hasta tu vecino; todos me contaron que estuvieron con vos alguna noche. A algunos les hablabas, a otros no. Y yo no puedo verte. Si te prometo que esta noche voy temprano a la cama sin protestar, ¿vendrías ? No importa si no querés hablarme, pero quiero sentirte cerca aunque sea en sueños. Te extraño, papá.

Nunca vi morir gacelas

Pensé en lo razonable que sería registrar el sueño que me deparara la noche. Al levantarme hoy vi gacelas y se entrecruzaron avenidas en un paisaje desolado. Desfilaron un par de amigos (da iguales quiénes) que paseaban y discutían sin acaloramiento, pero con firmeza. Lo de los kiwis está en el sueño, pero no sabría hilarlo con todo lo demás. De hecho no es posible hilar nada con ninguna otra cosa. Los sueños carecen de hilazón. Se izan y se derrumban con pasmosa facilidad. Hay ocasiones en las que pareces gobernarlos, someterlos a tu capricho, pero te despiertas y únicamente atrapas fragmentos, palabras sueltas, gacelas en la puerta de una iglesia. Saca uno oficio y recluta novias flacuchas, solos de Chet Baker y al bueno de Satmo dándole al cannabis en los sótanos de la cristiandad, pero no puede atribuírse al sueño y casi hasta es mejor que algo tan pobre y tan escaso de enganche no resida en un territorio tan mágico. Caballos de cartón masticando azúcar. Miedo a perderlo todo y mie...

El aguacero

Anoche tuve un sueño distópico. Deduzco, por la naturaleza de la trama, que causado por Buñuel. Unos días atrás tuve un empacho de ángeles exterminadores. Era domingo. Ya sé, los sueños no entienden de calendarios. Pero los hechos no dejan resquicio a la duda. Me dirigía a votar como prescribe mi rol de ciudadano. Llovía. No recuerdo haber votado nunca bajo un aguacero de justicia. La climatología siempre se pone al servicio de la democracia. Si los comicios fuesen en otoño, incluso abril, otro gallo cantaría. En mi sueño, llovía. Nada más salir de casa, una tromba desalmada se desató sobre mi coche. Conduje hasta el colegio electoral, abducido por el vaivén de los limpia. No encuentro aparcamiento. Desisto. Estaciono en doble fila no muy lejos de mi destino. Cuando salgo del vehículo, busco el paraguas en el maletero, pero no está. Una vez más, desisto. Camino, troto, corro hasta el colegio. En la puerta se agolpa una multitud de votantes (aguardando cola, supongo), la mayoría sin par...

El Colegio

Una fotografía es una burbuja de tiempo, uno de esos mundos sutiles que amaba Machado, la pompa de jabón ingrávida y gentil, sostenida solo por la mirada que la observa y mientras ésta dura. La que contempláis ahora es la que más he mostrado en los últimos treinta años (ya veréis después por qué), aun a pesar de que aparezco difuminado en el grupo, casi despersonalizado. Uno más que posa para la orla de fin de curso. Sin embargo, el caprichoso azar dispuso que ocupara un lugar estratégico en la misma. Si excluimos a los señores de negro (a los que un compañero que citaré más tarde comparó muchos años después , por su siniestra apariencia, con aquélla tan lúgubre de Pinochet y sus conmilitones golpistas), ocupo el lugar nº 7, tanto por la izquierda como por la derecha de la fila central, lo que vendría a ser el centro de gravedad de la foto, el punto de intersección de las diagonales; cuestión en apariencia irrelevante, pero que podría indicar cierto egocentrismo sobrevenido, no ...

De la manipulación de datos

Para Andrea, con todo mi amor. La nena que llora desconsolada en los brazos de la mamá, soy yo. Tenía tres años y no quería que me retrataran. El cumpleaños era de mi hermana, que con resignación mira al fotógrafo, sabiendo que su momento de gloria había sido arruinado. En realidad, los roles familiares siempre fueron inversos. Era ella la que lloraba y yo esperaba que la atendieran. También a mi me gustaba ayudarla. Es que era chiquita, simpática, dulce. Por eso era yo la que hacía sus tareas escolares, mientras ella lagrimeaba desconsolada porque no podía con una empresa de tal envergadura; era yo la que no podía dormir hasta que ella no se durmiera, porque le daba miedo quedarse solita en su cama; eran mis muñecas las mutiladas y rapadas en los juegos, porque ella sufría si las suyas se estropeaban. Pero ese día fui yo la que lloró, justo delante del lente. Maldita suerte. Para los que vean esa foto, seré la hermana pérfida que arruina cumpleaños y ella la inocente víctima que sopor...

El mundo cuando yo era John Wayne

I/ Fundación de la épica Al principio no fue el verbo ni tampoco la palabra izada en el cielo como un gran sombrero con un conejo dentro. Al principio, en el instante en el que la tierra bramó árboles y montañas, ríos y criaturas, ya estaba John Wayne. Ahí le ven, interrogándose sobre la naturaleza caótica del cosmos, contemplando el triunfo de la luz sobre las tinieblas, esgrimiendo su Colt como único discurso frente al desquicio de las horas. Un John Wayne imberbe, un John Wayne sin curtir todavía, un John Wayne miope y sin montura, fantaseando con la posibilidad de que la calle Jaén sea en realidad Monument Valley y esté John Ford detrás de la cámara registrando el prodigio. Yo era John Wayne en 1.972, aunque comprase en el kiosko cómics de la Marvel y soñara a Peter Parker enfundándose la malla arácnida para combatir a Kingpin y al Duende Verde. II/ Fundación del caos Si no hubiese conocido a John Wayne probablemente no habría entrado Kafka en mi vida. Sin Kafka no habría conocido ...

Fuera de plano

Cada vez que hago limpia y orden en casa, no es raro llevarse alguna que otra grata sorpresa. Hace unos días entre el caótico follaje de papeles desempolvé unas fotos antiguas. Estuve observándolas con curiosidad durante un buen rato. Fotografías de mis padres, disfrutando de su tiempo libre antes de que naciera, saliendo con sus amigos, posando con desenfado teatral; retratos de la familia al completo en fiestas de guardar y sacramentos varios... Hice un parón en las primeras fotos en las que aparezco. Seleccioné varias y las escaneé. Dediqué la tarde a disfrutar de pequeños detalles y gestos que en anteriores ocasiones no había apreciado. Sonreí al redescubrir vestimentas, peinados y demás atrezos de la época, personas y momentos que había olvidado y ahora recupero. Muchas de esas personas ya no están; murieron o se las tragó una contingencia. Algunos de mis primos, aunque sé dónde viven, ya no nos vemos ni nos llamamos por teléfono. La distancia nos devoró. Tengo de ellos un recuerd...

La cita

Otra vez la estación es el punto de encuentro. Ligeros de equipaje, venimos de ciudades lejanas en el mapa. Mas qué importa la distancia, si los trenes nos unen sin contar los kilómetros. El taxi hasta el hotel acelera latidos. Concretamos la cita en una habitación recién abandonada por otros amantes furtivos que olvidaron un grillo dorado junto a la caja vacía de Dúrex, dos billetes de Air France con fechas caducadas y el olor del amor recién diseminado. Pero el mar está allí, esperando la luna, con su oleaje cómplice en la pleamar nocturna, mientras suena en el bar un piano sugerente. Hasta la habitación fluye la melodía, como un eco lejano. La tamizada luz penetra en la penumbra de una noche incipiente, de estrellas presentidas que acucian el deseo mientras nos desvestimos. Dibujo con mis dedos en tu espalda desnuda palabras nerudianas con la lenta destreza con que Eric Clapton mima su Blackie Stratocaster. Y tú adivinas siempre mis mensajes cifrados que recorren tus v...