Supo que podía encontrar la última copia de aquel libro en el Ateneo de Buenos Aires. El dato le había llegado en un sobre cerrado sin remitente, pero al leerlo descubrió la letra del gran Cobo estampada en el papel. Agradeció en silencio a su amigo y sintió que la culpa lo carcomía. ¿Qué habría sido de Miguel si él no lo hubiera iniciado en aquella locura? La idea de viajar al país de Borges lo entusiasmaba, pero no quería perder el eje de su búsqueda. Ya tendría tiempo después de recorrer las calles de San Telmo, cuando hubiera cumplido su misión. Recordó las líneas que el maestro le había dedicado a aquella ciudad y sintió que le calzaban perfecto también a él: no nos une el amor, sino el espanto. Se dedicó a planificar cuidadosamente el viaje. Los amigos de la Barralibre Jazz Ensemble podían ayudarlos. Raymond y Albert habían estado de gira por Argentina y habían traido con ellos a una mujer que cantaba tangos. Malena le dio la dirección exacta del Ateneo, pero trató...