De dioses, pulpos y monstruos



I

Mientras que en Europa estamos ya de vueltas de los constructos mentales que durante el Medievo erizaron el ardor piadoso de las masas, en United States aún hay estados, como el de Kansas, que siguen congelados en el siglo X. Eso sí, las premisas se han vuelto más sofisticadas, mezcla de pseudociencia y bíblia integrista. Allí lo llaman teoría del diseño inteligente. En Europa, más escépticos, acostumbrados a que nos den rata por liebre, decimos a priori no a estos cuentos y preferimos pensar, como los griegos, que si Dios hizo el universo, ya se pudo lucir y hacer unos arreglos sobre la marcha. Los dioses, de existir, están locos o borrachos, o quizá no realizaron el curso reglamentario que les capacita para ser un dios como dios manda. Nuestros antepasados animistas, cuando veían que la suerte les daba de lado, no rezaban con sumisión, pidiendo misericordia y buenaventura a su dios. No, ellos solucionaban el asunto por la vía pragmática: directamente arremetían contra su tótem, pidiéndole explicaciones. En el caso de no recibir respuesta, lo destruían a pedradas y se buscaban otro nuevo, con mayores perspectivas de éxito.

Por suerte, aún quedan americanos sensatos, que se toman esto de la religión en serio y han decidido combatir con humor e imaginación la estupidez humana. Bobby Henderson, licenciado en física por la Universidad Estatal de Oregón, se juntó con un grupo de colegas igualmente vindicativos y decidieron crear ex nihilo una nueva religión, el pastafarismo, o religión del Monstruo de Espagueti Volador (FSM: Flying Spaghetti Monster), en respuesta a los defensores del diseño inteligente. Según el pastafarismo, no fue el Dios cristiano quien creó el universo visible, sino una fuerza espiritual inteligente con forma de bola de espagueti con albóndigas. Ni corto ni perezoso, el señor Henderson -santo fundador de esta novel confesión- envió su propuesta religiosa al Kansas State Board of Education, con el fin de que incluyera su religión dentro de los planes de estudio de la escuela pública. Como era de esperar, la solicitud de los pastafáricos no fue aprobada por la comisión pertinente. Esto no consiguió, sin embargo, amilanar a nuestros fieles acólitos, cuyo tesón y fe se vio recompensada años después con un éxito mediático sin parangón dentro de la red. En poco tiempo, el pastafanismo se convirtió en la confesión más aplaudida entre los internautas norteamericanos, haciendo competencia a otras propuestas igualmente ingeniosas, como es el caso de la teoría russelliana de la tetera o la religión matriarcal del Unicornio rosa invisible (URI). Esta última debe su fuerza argumentativa a una endeble premisa, altamente falsable, basada en la recurrente falacia ad ignorantiam, según la cual algo es falso por el solo hecho de no haber sido demostrado o falsado. Pero no es la única religión que, a pesar de su insostenibilidad lógica, goza de un crédito considerable entre miles de ciudadanos del Occidente agnóstico. Tal es el caso de la religión Jedi (o Yedai), que profesa un 0,7% de la población británica y a la que ni siquiera la reciente confesión ecologista Na'vi ha conseguido destronar.

Ya decía Freud que las religiones basan su estima popular en que entroncan con nuestros deseos más primigenios de libertad absoluta, con el arbitrio inestimable de la imaginación como material con el que cincelan ritos y mandamientos. Y si no pasen y vean: en Estados Unidos existen religiones tan excéntricas como creativas. Véase el gaganismo (en honor a la reina pop del travestismo de armario ropero) o la Iglesia de los Subgenios, llamada así porque congrega entre sus fieles devotos a todos los outsiders imaginables. Por la exigua cantidad de 30 dólares podrán pasar ustedes a formar parte de esta nutrida eclesia.

Toda religión que se preste a poseer un mínimo de credibilidad debe prometer que algún ser cuasi sobrenatural, con poderes transhumanos, podrá convertir el agua en vino, el paro en trabajo o los achaques en salud adolescente. De lo contrario, no durará mucho en el mercado religioso. De hecho, Dios mismo, un ente tan abstracto y amorfo, debe transmutarse en otro ser, con mayor entidad antropomórfica, si quiere ser escuchado. Entre los avatares divinos, los hay desde los más bien poco ingeniosos, como es el caso del Cristo católico -primer antihéroe de la mitología occidental- o el Superman de acero inoxidable de los comics, hasta el divino pulpo de espaguetis y albóndigas al que adora con numinosa reverencia el pastafarismo. En cualquier caso (ya lo dijeron con mayor autoridad que yo los Santos Padres de la Iglesia), sea un dios o su doliente avatar terrenal, la divinidad no puede estar sometida a las contingencias y la estética prosaica que adorna la naturaleza humana. Dios debe ser por esencia un monstruo, la otredad inquietante que lo mismo nos amenaza con su ira arbitraria que nos salva con su misericordia y amor paterno.

II

Hace mucho, mucho tiempo, los miembros de la tribu que poseían algún tipo de cualidad física o psicológica diferente al resto del grupo, en vez de ser repudiados o exiliados del núcleo social, se les otorgaba privilegios y atenciones especiales. Creían que el hecho de estar dotados por la naturaleza (o los dioses) de un rasgo único les hacía poseedores de capacidades extraordinarias que podían ser beneficiosas para el resto de la tribu. Claro está que este tipo de sociedades primitivas carecían de los prejuicios y estereotipos sofisticados con los que culturas más avanzadas y supuestamente civilizadas excusamos nuestra necedad o nuestros miedos. Feuerbach dixit.

6 comentarios:

  1. Un artículo monstruosamente divino (o divinamente monstruoso) . Yo propongo que aquí, en la barra -y en virtud de su inherente condición de libre- creemos una nueva religión que podría ser el "calvomorismo".O sea, un cóctel sincrético entre el calvinismo y el "isla-mismo" (que no es lo mismo, porque no quiero emular a Salman Rushdie). Os reto un rato a rotar un rito.

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  2. La duda podría sustituir a la fe como virtud teologal. Dudar de todo ( a modo de panteismo dubitativo) en lugar de creer (o "credulear" con la fe del carbonero

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  3. Besonianismo rima con bestialismo teológico o con neocatecumenialismo calvomorista o con cobismo sin coba metafísica o con una coba enorme del tamaño de las nubes que tapan el sol y no dejan ver la luz. Hay mucha nube suelta, mucho charlatán de feria mística que va por el mundo (con sotana y sin ella) recitando salmos salvadores, publicando en revistas especializadas exégesis sobre las razones de la sinrazón. Fe, al cabo. Un texto soberbio para el noble lustre (no sé si ya decididamente agnóstico o ateo o una fina miztura de ambos según el día) de esta Barra libérrima. Anímense los demás bebedores. Va de monstruos.

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  4. A mi no me caben dudas de la monstruosidad divina. Al fin y al cabo ¿no nos hizo a su imagen y semejanza? ¿No somos monstruosos los humanos?


    Besos, Ramón.
    Que la Fuerza te acompañe.

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  5. Si la religión fuera tan solo un hobbit, un entretenimiento de foro facebookiano, una fricada inocente... ¡Ójala!

    Respecto a crear estilo, amigos de barra, creo yo que a estas alturas ya tenemos una impresión esterotipada de las letras de cada cual. Podríamos hablar (aunque solo como un entretenimiento heurístico) de emilianismo, alfonsismo, miguelismo, malenismo y ramonismo. Cinco ismos que juntos forman una península literaria.

    Sigamos, amigos, ensanchando el atlas de nuestra barra... ¡A vuestra salud!

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  6. Todo un tratado de teoinmunología: a partir de ahora, el misterio de la eucaristía se convierte en degustación, la religión es marketing y los dioses son freakies dotados de un algo entre bizarro e insólito.Las religiones toda una mistificación en la que hasta caben albóndigas. Tiene pelotas (de carne picada).


    AG

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