El desierto de los ácaros



El silencio se extiende con su densa niebla de desasosiego sobre el vasto desierto de la noche. No es un silencio puro, envasado al vacío; es un silencio espeso y ominoso que se filtra entre los intersticios glaciales del insomnio. Un silencio invasivo, como un rumor sordo, que produce sudor y dota de pavoroso prestigio a cualquier alteración de su poder magmático, inoculándonos un miedo intravenoso, ya paralizador, ya taquicárdico: El crujido de un mueble, la leve agitación de la cortina, la fugaz sombra que refleja el espejo… Tras la puerta del dormitorio, el pasillo se alarga como un túnel poblado de acechanzas invisibles.
Ahora no es silencio. Es ya un zumbido nítido, percibido por nuestro oído hipersensibilizado, aguzado por la dilatación de las glándulas que generan profusamente las endorfinas del terror. Anatomía de la angustia. Y lo grave es que no se trata de una mera alteración del equilibrio emocional, provocada por tal cúmulo de “ruidosas” incidencias. Se trata de la constatación científica de una presencia activa. No estamos jugando a la confrontación entre lo real y lo fantástico para deconstruir un relato gótico, no. Tampoco hablamos de la literaria descripción de una invasión brutal del misterio en un escenario de la vida real. ¡Qué va!
Se trata de un verdadero ejército de monstruos microscópicos que nos acompañan en la cama (y no solo en ella), alimentándose voraz e incesantemente de las imperceptibles descamaciones de nuestra piel muerta, pienso casposo para más de dos millones de caníbales. Es el sordo rumor que parece silencio. La cama no es un desierto. O en todo caso será el desierto de los ácaros. Esta noche, cuando vayan a dormir, puede que estornuden, noten picores e incluso cierto ahogo. Inhalen Ventolín y ¡a dormir! Cuidado con el polvo y que sueñen con los acaritos.


4 comentarios:

  1. La perspectiva lo es todo. Vista la vida en microscopio, lo que resulta imperceptible a los sentidos (exceptuando los efectos alérgicos), cobra forma monstruosa e inquietante.

    Algo similar sucede cuando nos adentramos en la verdad subyacente del mundo. Acojona.

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  2. Tengo la mala costumbre de desayunar en mi cama. Leì la entrada temprano, mientras tomaba mi cafecito con la notebook sobre las rodillas. Lograste que saltara, después de recordar que las almohadas son nidos de ácaros. Te confieso que no me animé a mirar el video.
    Estos monstruos también nos tienen rodeados!!

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  3. Los peores monstruos son los invisibles, Miguel. Están los grandes, los fonéticos, los semióticos y hasta los lovecraftianos, uy, qué miedo, pero los que no se ven, los imperceptibles, devastan más. A mí me sacuden cada primavera, me dejan k.o. No los veo, y eso es, con mucho, lo que más jode. Es que me dejan (ya menos, estuve casi diez años vacunando mi cuerpo mensualmente, ya no lo hago) hecho un trapo. Un trapo gordo, claro. Una cosa terrible lo que cuentan. Ventolín, come to me!!!!

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  4. Miguel, me acabas de desestructurar mi gusto por la cama en general, y por el polvo en particular. Me has matado.

    AG

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