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Mostrando entradas de junio, 2011

Doña María Dolores de Cospedal

La nueva Presidenta de Castilla-La Mancha ha decidido comenzar su mandato embutiéndose el uniforme oficial que ejemplifica con claridad la batería de valores que promete predicar a partir de ya en esta España nuestra, secularizada por el ateísmo invertebrado de Zapatero -azote de Dios-, que ha llenado las plazas de España de maricones y perroflautas y ha hecho sucumbir a la ciudadanía no solo bajo la guillotina del paro, sino en una ausencia de valores patrios que en su día fueron santo y seña de nuestra esencia nacional. Amén, Dios mediante. Ha nacido una nueva Agustina de Aragón, la primera presidenta castellano-manchega y olé, adalid sin mácula del catecismo español. Así se presentó María Dolores, la doña, durante el Corpus Christi toledano, abandonando su acostumbrada elegancia civil, sobria pero eficaz, de su etapa como senadora en las Cortes, para pertrecharse el hábito costumbrista -heredado de la realeza decimonónica- de peineta en mantilla negra (en clara alusi...

Doctrina Sinatra*

En realidad es que no tengo ni idea de lo que es la realidad, pues me paso los días en Facebook dándole al botón “me gusta”, aunque se haya muerto el pobre Colombo: no tengo otra opción. Y cuando no estoy en eso, casi igual: “Yoestuve”. El caso es que un día, harto de googlear por los pasillos virtuales del ciberespacio, decidí salir a dar una vuelta por la realidad, sobre todo para pasear por los mercados; a ver si aprendía algo de economía en tiempos de crisis y les veía la cara (a los mercados, claro). Ya en la calle me encontré con mi prima de riesgo que se había tragado un activo tóxico (más grande que otras cosas que suele tragarse) contraído en un banco zombie. Del susto se me quitó el hipo pero me quedó intacta la otra mitad, la teca. En ese estado, me topé con un agencia de rating que en lugar de apiadarse de mí, le recomendó a mi jefe (por acción) y a mi sindicato (por omisión) que me congelaran el sueldo y aumentasen mi edad de jubilación, si quería asegurar...

El gualicho

Prudencio estaba engualichado. Con mirarlo un poco se notaba; ojos de vaca que mira pasar el tren, contestaba tarde y mal las preguntas, se reía por cualquier pavada de día pero de noche moqueaba por los rincones. La madre estaba convencida que había sido Inesita, la hija de los López. Seguro le había encajado algún yuyo en el mate y este caído del catre lo había tomado como si nada. La única que podía contrarrestar el efecto en Doña Pancha, experta en curar el empacho y el mal de ojo, y allá fue desesperada. Después de escucharla con atención, la vieja habló: -Lo engualichó con ruda, segurito. Pero no se preocupe que todo tiene solución, doña. Eso sí, no es fácil y lleva mucho trabajo, mucha oración sanadora. Le va a salir unos pesitos. -Lo que sea que me lo cure, Pancha. -Bueno, lo primero que tiene que hacer es pagarme, como muestra de intención de cura. Usted sabe que con buena voluntad, todo se arregla. Después dele de tomar esta infusión de yerba de pollo y cola de ...

Un par de buenas tetas vascas

A la razón sin pulir se la engaña siempre con razones de peso porque la cabeza sin suficiente riego de sangre se deja convencer con mucha facilidad y se enturbia el tino y se malea hasta el desmayo la cordura. Una inteligencia mal conducida puede creerse soberana y capaz de afear, malear y pervertir inteligencias menores. Sirva esta reflexión temprana para apuntalar los cimientos narrativos de la historia de mi buen amigo Hilario y de cómo terminó como terminó. El lector avezado sospecha que mal y sospecha bien. Quizá porque dispone de un hábito y sabe que en la mayor parte de las ocasiones el malhechor paga por sus fechorías y el tonto no sale de su tontería. Sabe (además) que cuando un tonto coge un camino, cabe la posibilidad de que el camino termine y él prosiga su invisible curso. Hay tontos de fe probada y tontos ateos, pero ninguno de los dos lo es taxativamente y sólo falta una cabeza con más sedimento sanguíneo para que les lleven y les traigan hacia donde el interlocutor disp...

Confesiones de un funcionario

Buenas. Vengo a confesarme. Tomen asiento si lo desean, o si lo prefieren, quédense de pie. A mí lo mismo me da. ¿Preparados? Ahí va: Soy funcionario. Sí, como lo oyen, funcionario. Doy clases en un instituto de secundaria. Mi materia es Filosofía, circunstancia que me salva de tener una onerosa carga lectiva en los grupos de alumnos que más tocan los kínder. El resto de compañeros deben bregar cada día con los más disruptivos. Yo vivo como Dios. Pero mi condición de funcionario no posee solo esa ventaja, que conste. Mi horario me permite entrar no siempre a las 8,30 de la mañana, como el resto de mortales; unos días tico a las 10,40, otras a las 11,30. A veces a las 9,30. Y de la salida, tres cuartas de lo mismo. Hay días que doy dos o tres clases y me voy a casa. Y si un día no quiero ir a clase, pues no voy. Tengo tres días de baja sin necesidad de dar cuentas al rey. Eso sí, no pidas un permiso al inspector por algún asunto razonable; lo más probable es que te ponga pegas. Lo mejor...

Crónicas de un seductor adolescente (y IV)

“ Levántate, Aquilón, y ven, Austro; Soplad en mi huerto, despréndanse sus aromas. Venga mi amado a su huerto, Y coma de su dulce fruta.” Cantar de los Cantares, 4:16 …Quién iba a imaginar que de la boca de tan candorosa morenita, con el aspecto de una desvalida Natalie Wood quinceañera, podrían salir aquellas conminatorias –casi soeces- palabras, más propias de la niña de “El Exorcista”. El caso es que la primera oleada de sangre ardorosa llegó a mi cara imberbe incendiándola de rubor. Un rubor que delataba la timidez congénita de que os hablé y que prometía un fracaso más en mi corta trayectoria de seductor agilipollado. ¿De qué me había servido ensayar tantas veces ante el espejo los gestos atormentados de James Dean, con un Lucky Strike sin encender entre los dedos, con las cien poses de un rebelde sin causa y, por lo que se vislumbraba, sin consecuencia? - Salimos un rato Meli y yo –balbuceé atropelladamente y con un timbre de voz aflautado, ridículo, mientras la chica me arra...

Crónicas de un seductor adolescente (III)

No sé por qué papá insiste en traerme a estas reuniones. Lo único que la salva es el hijo de los amigos, que parece tener más o menos mi edad, pero ni me mira. Bajó tarde, despeinado. No puso ningún empeño en vestirse, se nota. No le interesa para nada impresionarme. Dos o tres veces hablé, esperando que se integre a la charla, y no contestó. Sólo habló para recitar un par de versos de queseyoquien que decían algo de la leche y la miel*, o algo así. Será la letra de alguna canción que no conozco. Lástima que la madre lo hizo callar, porque le iba a pedir que me la cante. Traté de tocarlo por debajo de la mesa un par de veces, pero no llegué. No le saco los ojos de encima, pero ni se entera. ¿Quién te crees que sos? ¡Mirame! ¿Y ahora que hace? ¿Se va a ir a dormir? No, no. No puedo dejar que se vaya. -Sácame de aquí, coño.. . "Como panal de miel destilan tus labios, oh esposa; miel y leche hay debajo de tu lengua; y el olor de tus vestidos como el olor del Líbano....

Crónicas de un seductor adolescente (II)

... y lo que queda a beneficio de lectores morbosos es la narración de una serie de acontecimientos que más valdría convidar al olvido salvo que, he aquí el milagro de la literatura, se extraiga de ellos alguna enseñanza, alguna tibia siquiera, que adiestre al seductor futuro y lo convierta en un galán, en un ligón, en uno de esos seres que uno envidia en silencio y a quienes querríamos parecernos. Esa crónica del flirteo comienza en el cuarto de baño. El opositor a galán busca en las facciones la evidencia del triunfo, pero si uno es feo o no tiene encanto sólo queda recurrir al carisma. Oí hablar de él en una reunión de amigos y se refería que a su costa la moza concupiscible se abre de alma y de cuerpo y todo es festín puro para los enhiestos sentidos. Así que predije de inmediato mi absoluto fracaso y me dediqué durante un buen rato a acicalarme de la forma más pulcra posible. Afeité hasta el más pequeño pelo de mi casi barbilampiña cara, atusé el cabello y lo moví a capricho so...