Crónicas de un seductor adolescente (II)



... y lo que queda a beneficio de lectores morbosos es la narración de una serie de acontecimientos que más valdría convidar al olvido salvo que, he aquí el milagro de la literatura, se extraiga de ellos alguna enseñanza, alguna tibia siquiera, que adiestre al seductor futuro y lo convierta en un galán, en un ligón, en uno de esos seres que uno envidia en silencio y a quienes querríamos parecernos.

Esa crónica del flirteo comienza en el cuarto de baño. El opositor a galán busca en las facciones la evidencia del triunfo, pero si uno es feo o no tiene encanto sólo queda recurrir al carisma. Oí hablar de él en una reunión de amigos y se refería que a su costa la moza concupiscible se abre de alma y de cuerpo y todo es festín puro para los enhiestos sentidos. Así que predije de inmediato mi absoluto fracaso y me dediqué durante un buen rato a acicalarme de la forma más pulcra posible. Afeité hasta el más pequeño pelo de mi casi barbilampiña cara, atusé el cabello y lo moví a capricho sobre mi perpleja cabeza hasta que algo me dijo que era esa (y no otra) la presencia con la que iba a salir a la calle dispuesto a comerme el mundo hasta las doce de la noche. En realidad, a día de hoy, jamás he hincado el diente en trozo alguno de mundo. He visto a otros hacerlo, pero mi dieta se limita a fantasear con la ingesta de esos manjares sublimes con los que entretengo mi ingreso en el mundo de los que han triunfado.

Lo más cerca que he estado de eso que he llamado vagamente triunfo fue cuando la hija de unos buenos amigos de mis padres, por capricho del azar o por injerencia de los bondadosos astros, tuvo que acompañar a sus padres a una de esas cenas de compadres que empiezan a una hora y amenazan con no acabar jamás. La moza, con la que no tercié una sola palabra en la mesa, me terminó agarrando del brazo, me miró con fiereza a los ojos y me espetó sin medir lo que hablaba y sin esperar que yo aceptase un brutal sácame de aquí, coño...

Oh cielos con albornoz, oh estrellas que titilan en el hondo firmamento, oh arcangélica música que arrulla los sentidos, he aquí la invitación absoluta al desatino, pensé yo, aturdido por la franqueza de la muchacha, sin palabras con las que corresponder a su confidencia y huérfano de recursos para sacarla del infierno, pasearla por las vacías calles de la noche y convencerla de lo inofensivo de mis anémicas garras...

Emilio Calvo de Mora

7 comentarios:

  1. Hace tiempo que no me manejo en la ficción pura. Ando desadiestrado. Como el personaje ramoniano, que no acaba de encontrar el punto rítmico con el que pulsar las cuerdas del amor. Digo amor, pero en realidad, en esas edades, tirando las hormonas hacia arriba, hacia abajo, a izquierda y a derecha, no es precisamente amor lo que mueve el mundo. Lo siento por Dante. Y por mí. Sea la voluntad ahora de Malena. Que ella, fémina de armas sutiles, saque a nuestro hombrecito del caos. O no lo saque en absoluto. El mundo está hecho de perdedores. Es hermosa la derrota. ¿Vencer, ligar, encontrar en la bulla del supermercado el amor de tu vida, mirándote, pensando en que el mundo acaba de pararse y que tú tienes la culpa?

    ResponderEliminar
  2. Ana Isabel Luque15 junio, 2011

    Lector morboso encantado del invento a cuatro manos. Digo el personaje (por cierto, no tiene nombre) y del blog en sí, que acabo de descubrir como quien dice y que no pienso perder
    de vista.

    ResponderEliminar
  3. Gracias por entrar a nuestra casa, Ana...
    El invento a cuatro manos nos tiene entretenidos y orgullosos: hablo por los cuatro, seguro...
    El personaje no tiene nombre, es verdad, pero Malena o Miguel caerán en uno que convenga. O no. En eso estamos, en no saber casi nunca a qué atenernos, en qué modo movernos.

    ResponderEliminar
  4. Emilio, redimiste muy pronto a nuestro atribulado personaje. Pero bien hecho, no de su propio ingenio y voluntad -como era de esperar-, sino de la boca de una mujer, que lo desgarra de su timidez para rescatarlo del sueño del amor al imperio seguro de la realidad. Ven aquí, gilipollas, agárrate a mí y calla. Sobre todo eso, calla.

    Me recordó tu episodio a ese excelente final (¿el mejor de la historia del cine?) de "El apartamento", del maestro Wilder.

    Buena semana, barra, asiduos y viajeros de paso. Tomad esta ronda de letras, y bebed rápido, que viene otra ronda de camino.

    ResponderEliminar
  5. Apuro el trago y empiezo a observar el despunte de algunas espinillas martirizantes en mi faz adolescente: ¡Los puntos suspensivos! Hace falta valor, hace falta valor... en esta escuela de calor. Y ese joven aturdido que nos deja Emilio en mitad de la noche a merced de las garras de la mujer pantera. "Su corazón espera, también hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la luna llena" (mezcla de Machado y del mester de licantropía).

    Malena, en tus manos encomiendo mi espíritu y si es posible (que no lo es), pase de mí este cáliz.

    Un brindis con el santo grial,adolescentes.

    ResponderEliminar
  6. Qué difíciles, señores. Casi crueles. Seré, sin más remedio, la señorita que escape de la reunión con nuestro seductor del brazo. Y Miguel, trátame suavemente.

    ResponderEliminar
  7. -¿Qué tiene el niño, Malena?
    Anda como trastornao,
    le encuentro cara de pena
    y el colorcillo quebrao.
    Y ya no juega a la trompa,
    ni tira piedras al río,
    ni se destrosa la ropa
    subiéndose a coger níos.
    ¿No te parese a ti extraño,
    no ves una cosa rara
    que un chaval de doce años
    lleve tan triste la cara?

    me trajiste a la memoria esos versos de Rafael de Leon, cuyas letras mi adolescencia se devoraba, y aca los dejo, con tu licencia.

    ResponderEliminar