Crónicas de un seductor adolescente (y IV)



Levántate, Aquilón, y ven, Austro;
Soplad en mi huerto, despréndanse sus aromas.
Venga mi amado a su huerto,
Y coma de su dulce fruta.”
Cantar de los Cantares, 4:16

…Quién iba a imaginar que de la boca de tan candorosa morenita, con el aspecto de una desvalida Natalie Wood quinceañera, podrían salir aquellas conminatorias –casi soeces- palabras, más propias de la niña de “El Exorcista”. El caso es que la primera oleada de sangre ardorosa llegó a mi cara imberbe incendiándola de rubor. Un rubor que delataba la timidez congénita de que os hablé y que prometía un fracaso más en mi corta trayectoria de seductor agilipollado. ¿De qué me había servido ensayar tantas veces ante el espejo los gestos atormentados de James Dean, con un Lucky Strike sin encender entre los dedos, con las cien poses de un rebelde sin causa y, por lo que se vislumbraba, sin consecuencia?
- Salimos un rato Meli y yo –balbuceé atropelladamente y con un timbre de voz aflautado, ridículo, mientras la chica me arrastraba del brazo- (…) En el jardín, junto a la plaza, hay unas luciérnagas preciosas…Vamos a...a...contemplarlas…
- Claro que sí, Calixto. Bajad, pero no os alejéis demasiado: pronto nos iremos –dijo su papá.
Instantes después, bajábamos las escaleras, intercambiándonos alguna que otra miradas, ora esquivas, ora escrutadoras, las cuales se alternaban con fugaces sonrisas, que más parecían muecas sobreactuadas. Ya en la calle, Meli (apócope de Melibea, ¡ya es casualidad, siendo yo Calixto!), me cogió de la mano con la misma enérgica determinación con que antes lo había hecho del brazo. Para entonces la oleada de rubor ya se había transformado en marea de sudor, que pringaba aún más mis pegajosas manos. Tentado estuve de recitar los versículos de El Cantar de los Cantares, haciendo por enésima vez el gilipollas.
Fue entonces cuando, antes de abrir yo la boca, ella posó dulcemente el dedo índice de su mano izquierda sobre mis labios y con la voz melosa, esta vez sí, de una Natalie Wood quinceañera susurró a mi oído (o eso, al menos, me pareció escuchar): “Venga mi amado a su huerto y coma de su dulce fruta”.
No sé si fue la luna llena la que adoptó el papel de Celestina, pero ¡oh, cielos con albornoz, estrellas que titilan en el firmamento como en el poema 20!, nuestros labios se rozaron levemente al principio (en el jardín brillaba una luciérnaga) con un temblor de almas. Luego, llegó ya el beso exploratorio, con la saliva savia sabia del descubrimiento; y el iniciático; y el de las lenguas desbocadas en un fragor de dientes, paladares y encías, mientras las manos se perdieron por lugares secretos de los cuerpos triunfantes, venciendo las barreras textiles del pudor y la piel y el jardín se incendió de luciérnagas.
Los padres de Calixto y Melibea no opusieron resistencia.

(¿Saben algo de un sapo, amigos?)


Miguel

6 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Bravo. El profesor ha tirado de la manga literaria y ha zanjado con pólenes y con arrumacos medievales
    Bravo, Miguel. Los jardínes, al incendiarse de luciérnagas, son templos de la diosa Natura. Freud nos pillara a todos...

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  3. Está claro que no nos atrevemos a admitir que la realidad es mucho más prosaica y desalmada que la ficción. No somos capaces de joderle la noche al personaje, de admitir que es imposible que un cuento así acabe bien. Se nota que quienes escribimos deseamos la redención desde el recuerdo de un pasado en el que todos fuimos torpes seductores, aunque puede que sinceros amantes.

    Termina el cuatríptico literario... infinito.

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  4. Acabada la cena de estos cuatro comensales, un quinto personaje que había venido siguiendo el banquete literario en silencio tomó el teclado y escribiendo un comentario dijo: bien está lo que bien acaba, en este texto donde ya casi al principio el término zangolotino permite ponerle a este desventurado Calixto -mucho más que el rostro y la voz del Woody más casablanquero y malseductor- el rostro, e incluso la voz, de aquel Gabino Diego que viajó a ninguna parte, y que es, téngolo para mí, zangolotino mayor del reino. Y en toda esta historia, que igual mueve a la sonrisa como a la ternura, aprecio yo más lazarillos que celestinas, más picaresca que remiendo de virgos, más Lamentaciones que Cantares, y me place, amigos, y me trae, además, recuerdo de una aventura similar a cuatro manos que yo mismo habré de rescatar algún día. Un saludo a los cuatro.

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  5. Ay, cuánta razón tiene Ramón. No podíamos. Sencillamente no podíamos dejar que nuestro seductor adolescente terminara mal. Pero esta fue sólo una experiencia. Seguramente otras menos dignas de ser contadas en esta barra habrá padecido.

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  6. el recuerdo salve y redima (si acaso con alguna piadosa mentirita)a los amores adolescentes!

    me gusta venir a esta copa con ustedes, mis amigos! que en la barra hay amigos, siempre.

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