Un par de buenas tetas vascas



A la razón sin pulir se la engaña siempre con razones de peso porque la cabeza sin suficiente riego de sangre se deja convencer con mucha facilidad y se enturbia el tino y se malea hasta el desmayo la cordura. Una inteligencia mal conducida puede creerse soberana y capaz de afear, malear y pervertir inteligencias menores. Sirva esta reflexión temprana para apuntalar los cimientos narrativos de la historia de mi buen amigo Hilario y de cómo terminó como terminó. El lector avezado sospecha que mal y sospecha bien. Quizá porque dispone de un hábito y sabe que en la mayor parte de las ocasiones el malhechor paga por sus fechorías y el tonto no sale de su tontería. Sabe (además) que cuando un tonto coge un camino, cabe la posibilidad de que el camino termine y él prosiga su invisible curso. Hay tontos de fe probada y tontos ateos, pero ninguno de los dos lo es taxativamente y sólo falta una cabeza con más sedimento sanguíneo para que les lleven y les traigan hacia donde el interlocutor disponga. En ninguno de esos viajes de la opinión, el tonto se siente manipulado. No es posible engañar al tonto y explicarle que ha sido objeto de burla. El tonto que en verdad lo es jamás acepta su tara y exprime los escasos hervores de su intelecto para justificar cualquier cosa que le pase. Las buenas, por buenas. Y las malas, por buenas también. He aquí la historia, la pequeña historia, de Hilario Mendoza Paredes, hijo de la villa en la que yo crecí, vecino de ella a ratos, insigne heraldo de un particular tipo de estulticia que consiste en probar y en probar y en volver a probar hasta dar con la flor a la que libar con más empeño. En ese sentido, a pesar de las puyas con las que este servidor zanjará las dudas del lector, todos somos (en cierto sentido) un poco hilarios. Permítanme que arranque esta diversa travesía.

Hilario fue siempre un bobo de cuidado. El bobo al que no se le avisa de su desviación se afina en su vicio y lo adiestra hasta alcanzar un cierto grado de magisterio. Hilario fue un bobo casual, uno bobo sin esmero, pero la cercanía de bobos de rango inferior le produjo un efecto sorprendente de modo que ganó apresto y empaque. Así que ya tenemos al Hilario sublime, al tonto meticuloso, el tipo peligroso de tonto que piensa que el resto de sus congéneros lo son de una manera más atroz e irremediable. Es el tonto buena persona, el tonto juanramoniano, el tonto efervescente, el que hace que algunos lo miren con admiración, le hagan imprescindible en todo sarao que se precie y no se cansen de frecuentarlo, sobre todo por ver si aprenden algo. Es tonto que se muere en la felicidad de su ignorancia, que se desenvuelve con pasmosa eficiencia entre individuos de alcances más altos hasta que el azar (oh cielos con albornoz, el cabrón del azar hizo acto de presencia en el relato) lo expone tal cual es, corto, demediado en las meninges, falto, a medio hervir.

Fue en esa época cuando me lo presentaron. Una cicatriz que nacía en la comisura del ojo le amenazaba el labio y era grande de orejas y de ojos. Cabezón sin desproporción con el resto del cuerpo, poseía unos dientes de escualo sin cuidar, perdidos en su mayoría por una higiene nefasta. Una barba esporádica y casi juvenil le hacía parecer más joven, pero frisaba los treinta. Mal o descuidadamente vestido, daba la impresión de no tener nadie que le aconsejara sobre la conveniencia de mezclar unos colores y no otros, aunque jamás advertí que oliera mal o que repitiera una camisa o unos zapatos. Tenía entonces una novia cortada por las mismas tijeras que lo rebañaron a él. Huesuda, ancha de hombros, Marta semejaba una de esas obesas que adquirireron un método alemán o sueco de adelgazamiento masivo y escabulleron del chasis cuarenta kilos en tres meses. Uno veía el peso fantasma, pero lo que se ofrecía a los asombrados ojos de quien se la topara era una caja amorfa de huesos y un par de tetas gigantescas. El asunto de las tetas no es baladí y no crea el amable lector que anda este escribiente salido o posee una rara inclinación mamaria. Sencillamente no eran unas tetas lógicas. No era posible que un cuerpo tan menudo, un escuerzo de persona de ese calibre, pudiese mover una masa de esa envergadura. Dos masas, entiéndase.

Marta le introdujo en el mundo de la izquierda abertxale. Nociones muy precarias, no crean. La novia flacucha de Hilario tenía un hermano activista. A partir de ahí, pasquínes, manifestaciones, toda la morralla habitual.

El Hilario euskaldún se hizo hombre en esos días de proclamas y de zulos cerebrales. Como la patria vasca queda lejos del pueblo, se perdía meses enteros y volvía hecho un animal. Le faltaba berrear. El vascuence improvisado en que se convirtió derivó en un cristiano radical de misa de doce y seminarios evangélicos en una comunidad de sierra. Cuando Marta y sus dos apéndices mamarios se dieron cuenta de la pasta de Hilario, de su escaso afecto por la constancia revolucionaria y su volandero ánimo (ahora soy nacionalista, ahora aplaudo la política económica de Aznar) le dio un ultimátum. O yo y mi causa o tu madre y la suya. Para fortuna de este relato Hilario no lo cumplió. Volvió al pueblo. Madre le abrió el pecho y llenó el frigorífico y la alacena con ricas viandas de la tierra y contó a todos que el bueno de Hilario, el hijo díscolo, había regresado a casa. Se hizo vecino de sus vecinos, alternó como supo en los bares y en los parques, frecuentó la iglesia y conoció a Julia. No siendo opulenta en nada, ignorante del pasado revolucionario de su amado, encontró en Hilario un compañero de fila de misa, un fiel escudero en las labores evangélicas, un soldado de Dios en esta tierra baldía de fe y de compromiso. Dieron un escaso mes de catecismo y de hostia consagrado. En cuanto Hilario intentó magrearla en una terraza, a la vista del pueblo entero, Julia lo mandó a paseo. Muy educadamente. Sin estridencias. Como las niñas del Opus defenestran a los libertinos que quieren romperles el virgo.

Entre Marta y Julia, Hilario se entretuvo con Ana y con Lola. Ninguna relevante en nada salvo (tal vez) en el deseo primario de que las preñen y las paseen por la única avenida del pueblo. Dejó a las dos por tedio o por el recuerdo casi mitológico de las tetas vascas. Durante unos meses (he aquí la abstinencia convertida en inercia más que en virtud) Hilario se abstuvo de cortejar mozas por el pueblo. Hablaba con los amigos (Juan, Pedrito, yo mismo) sobre asuntos trascendentes, esto es, el nuevo entrenador del Madrid, la posibilidad de anestesiar al gorrino antes de rebanarle el pescuezo, la duda sobre si una ingesta masiva de cerveza hace que la tripa se abombe más o menos y, ya por último, su tema favorito: la siesta (veraniega o no) como elemento distintivo del carácter patrio. Por supuesto que Hilario llegó lejos en la exposición de éstos o de parecidos temas, pero nos alegró el hecho de que no nombrara la política nacionalista vasca, la concupiscencia femenina o la doctrina de los kikos, con quienes compartió un fin de semana de convivencia y meditación en una casa propiedad de uno de sus jerifaltes.


Relato intermedio
Dionisio Trastámara de la Hoz, poeta laureado, cronista oficial de la muy noble villa de Valsequillo de la Pedrera, provincia de Toledo o de Cuenca o de Albacete, discreto accionista de una otrora pujante empresa de sombreros, fue en su infancia tonto de singular valía que ganó a pulso nombradía, fama y cierto cariño popular por una costumbre suya que consistía en no dar un paso sin un saco imprudente echado al hombro en el que, ajustada, primorosa, minuciosamente, depositaba los guijarros del camino. A fuerza de arrastrar años enteros peso tan formidable, acabó impedido, negado a moverse sin que mil dolores pequeños no le devastasen el costillar y buena parte de la generosa espalda. Ahí conoció el numen, los endecasílabos, el folclor y el pasado de la gloriosa villa y se armó de esa prosa untada de leyendas y mística mariana para torcer de cuajo la opinión tallada a fuego en la memoria de sus convecinos y darles argumentos que fomentaran, sin pudor, sin compromiso, la nueva imagen de intelectual doméstico. Lo que nadie sabe – y es posible que nadie sepa nunca – es que guarda en el sótano el fruto de esos años compartidos con los caminos de Dios. No hay noche que no descienda a la infancia tras tres tramos de sinuosa escalera de madera y contemple, entre el extasiamiento y la iluminación letrada, los guijarros, toda la obra faraónica a la que consagró su incomprendida mocedad.

Me he permitido traer al izado de esta historia la del letrado Trastámara para hacer ver al ya iniciado espectador de este arrebato biográfico la importancia de tener una ilusión en esta vida y llevarla a término, de cómo una ilusión que haya prosperado en el cerebro y adquirido rango de vicio no es desalojada jamás y de cómo los días de quien lo posee se emplean en ese desempeño completamente inexplicable. A nadie se le puede contar que uno esconde piedras en un sótano, que colecciona pelillos de pubis femeninos (ay Berlanga, cómo se te echa en falta) o ediciones sudamericanas de los libros de Coelho (ay Emilio, qué poco remedio tienes). No permitan que me pierda. Sigo el hilo de la fatalidad de Hilario...

A falta de la colecta de guijarros por los caminos del Señor, al bueno de Hilario (como verán uno le coge cariño conforme avanza el relato) se le ocurrió una mañana ociosa decir solo la verdad. Pareciéndole esa empresa un asunto trascendente (él siempre buscando el más allá en este acá gris en el que nos encontramos, en fin) se dedicó durante días a diseñar la forma en que debía llevarlo a cabo. Nada más informarnos de lo que estaba a punto de empezar, se retiró a su casa y ahí estuvo un par de semanas. No le vimos la barba caótica ni la hinchada cabeza. Reconozco que uno termine por tomarle cariño a este tonto orgánico. Lo único que hace que mantengamos una distancia es el hecho de que no sabes nunca por dónde te va a venir el palo que te atice. Al no dominar sus actos, al venirle grande el trato de lo más acendradamente humano, suele suceder que marran y se hacen hostiles al punto de que los miras con un respeto. Con dos a veces.

Salió Hilario al mundo una tórrida mañana de julio a eso del mediodía. No sé si fueron tres semanas o casi el mes completo el que pasó en casa, cuidado por sus mayores padres (fue el último hijo de una serie de muchos y vino, a decir de los cercanos, ya con falta por esa circustancia estrictamente cronológica) pero estoy por afirmar que nos alegramos del regreso. Parecía otro Hilario. Como menos afectivo. No hablaba de fútbol ni de glándulas mamarias vascas. Le importaba poco si beber mucha cerveza te hacía panzón o si le criticaban por haber intentado meterle mano a Julia, con lo que era Julia en los círculos místicos del pueblo, o haber ilusionado - y después dejado - a Lola y a Ana, chicas buenas, decentes, de familias apreciadas en el pequeño reino de las veinte calles y dos placitas (con iglesia, campo de fútbol, puticlú y mercadillo los jueves que formaba el pueblo). He aquí el nuevo Hilario, dije yo, como ilusionado.

Al primero al que le dijo la verdad fue a Vicente, el boticario que le daba a escondidas una medicación de la que no reveló nunca su uso. Verán cómo lo hizo: no se deshizo en insultos ni tampoco renunció a manejar alguno. Eres un capullo, Vicente. Has sido un capullo desde que te conozco. Tu mujer, Dionisia, es un sargento de infantería. Os tiene a todos bajo su bota. Lo que no entiendo es como siendo tan fea como es y siendo tan plana de tetas la soportas en casa y te acuestas con ella. Yo que tú ya habría puesto tierra de por medio. Al fin y al cabo, dinero no te falta. Vende unos olivos. Véndelos todos, Vicente. Al fin y al cabo no sabes nada de olivos. Por no saber no sabes de muchas cosas. Yo tengo fama de tonto, pero tú lo eres sin que lo sepan. Un tonto con una mujer fea y sin tetas, qué más quieres. Como no tienes hijos no va a ser una ruptura dolorosa. Lo de no tener hijos sé yo por lo que es. La Luisa, ya sabes, contó una vez que la tenías pequeña. Yo seré tonto pero me basto con lo que Dios me ha puesto entre las piernas. Ay, Vicente, qué mala persona eres. Un capullo. Ahora si no te importa, dame un termómetro que se lo voy a poner a tu mujer en el coño a ver si lo revienta.


Las razones




Al segundo al que le dijo la verdad fue a Don Francisco, el cura del pueblo. Ya saben: no se deshizo en insultos ni tampoco renunció a manejar alguno, pero reprodujo un texto admirable. Parecía tenerlo memorizado. Daba la impresión de haberlo ensayado en casa durante ese mes de Hilario fantasma, de Hilario recluído, de Hilario dispuesto a salir recompuesto y nuevo. Es usted un capullo, Don Francisco. Ni cree en Dios ni en el Diablo. Da misa como quien vende enciclopedias. A mi madre siempre le pareció que era un impostor y le aseguro que intenté convencerla de lo contrario, pero ya no me esfuerzo en defenderle a usted. Los capullos como usted no merecen que la gente buena como yo les echen una mano. Al alzacuellos se le echaba yo. Luego dirán que están los tiempos revueltos y que los tontos de pueblo, con la cabeza comida por los progres y por los nuevos republicanos, se lían con los curas a torta limpia. Que digan lo que quieran. Yo no tengo nada contra los curas. Creo en Dios Padre y en la Santa Iglesia Católica, que perdonará mis palabras. Dios sabe que es usted un mentiroso. Y lo más terrible de todo es que ha llegado al punto de creerse sus propias mentiras. Tiene a la comunidad engañada. Creen que tienen un sacerdote, un pastor que cuida sus almas hasta que asistan a la venida gloriosa de nuestro Salvador, pero lo que tienen en el altar es a un bellaco. Uno con galones, claro. Lleva usted muchos años en el oficio y sabe desempeñarlo sin que se note su falta de fe. No sé cuándo la perdió. Imagino que de joven tendría alguna novia que le dio calabazas y sus padres le metieron en el seminario. Ay, Don Francisco, a ver si le jubilan pronto y le mandan a uno de esos conventos en donde nadie va a ver nunca a ver a nadie. Y que sepa que no irá al cielo. No tendrá usted el paraíso de sus misas de doce. Al infierno. Ahí tiene su celda pequeñita para que piense durante toda la eternidad en el mal que ha hecho.

Crédito dábamos el justo. Pedro sostenía que ése no era Hilario o, al menos, era un Hilario al que no habíamos visto nunca. Tonto de otra forma, tonto en el sentido de decir lo inconveniente, de no saberse gobernar con los otros y salir airoso de ese trato ya de por sí un poco problemático que consiste en callar cuando es menester callar y mentir si eso conduce a algo bueno, Hilario fue durante algunos días repartiendo mandobles verbales más a siniestro que a diestro. Cargó contra el padre de Julia y contra el tabernero, contra un hermano mío que le humilló (parece) de pequeño, en un lance de un juego. Cargó contra su sombra y contra el espejo al devolverle una imagen que no le gustaba. Ya previne del final de este patético documento de los tropiezos que puede dar un hombre. Uno sensible, no lo duden, pero sin alcances. Un tonto a tiempo completo, un tonto paradójico y paradigmático. Un tonto sin lugar en el mundo. Porque lo importante en esta vida es encontrar cuanto antes el sitio que nos pertenece. Una vez encontrado, esmerarse en su cuido, darle arrumacos de amante, convencerse de que no tenemos otro y dedicarle el entusiasmo necesario para que no se enmierde en demasía y apeste con los años. A Hilario, al bueno de Hilario, no se le ocurrió buscar su sitio en el mundo. Suele pasar en su caso y en muchos. Da igual que tengas muchos saltos sinápticos y de mucha calidad molecular o que tengas uno al día y encima se caiga y se despeñe cerebro adentro sin destino visible. Hay inteligencias preclaras que han malgastado su vida en boberías y bobos de mucho peso que han sabido encontrrar lo suyo entre lo ajeno y han vivido felizmente hasta que Dios, el buen Dios que todo lo tutela y a todo le pone amor y en todo se emplea, los retira y los coloca a su vera. Ahí (creo yo) estará Hilario. Lo encontramos anoche a la vera del río. Tenía un boquete en la puerta del estómago. Descerrajaron dos andanadas de munición pobre, pero suficiente para taparle la boca. Alguno del pueblo habrá sido. Alguien que ha escuchado lo que sabe, pero nunca le contaron. Algún familiar de alguien rebajado a tonto a la vista de todos. Hemos hablado en el bar si en el cielo, en ese cortejo celestial de arcángeles y de corazones puros, eternamente limpios y rectos, habrá alguna vasca de tetas hermosas. Ojalá las haya. Por Hilario. Por su quebranto.


Addenda:
1) Tengo yo en mí al tonto que más conozco. Y traigo siempre a la memoria, la que manejo, la ya cada vez más escasa, los versos de Alberti, que no es santo de ninguna de mis muchas devociones, pero tiene de cuando en cuando ocurrencias magníficas...

2) Tuve reparo en colgar la fotografía de la señorita en la playa, despojada de pudor y de calores, haciendo que la manzana de Newton desaparezca del acervo cultural de uno y la sustituyan, en adelante, estas presencias rotundas, desafiantes, que condujeron el destino de nuestro buen Hilario antes de que lo mandaran al otro barrio, esté donde esté, no entremos ahora en teologías, por decir la verdad.

3) Tengan mis amigos de barra piedad en sus comentarios y no crean que he cambiado mi proceder natural a la hora de escribir, ya saben, mi metafísica amateur, mi peliculitas, mis poemas ametrallados...Volveré a lo mío en cuanto pueda.

4) Excusen, ya concluyo, la extensión.


Emilio Calvo de Mora

12 comentarios:

  1. Habría muchas razones (aunque bastarían dos, y de peso) para ponderar las bondades de este esperpéntico (en el sentido valleinclanesco, claro está) relato, esta emilianesca tragicomedia que se adelanta a la noche de de San Juan para celebrar la entrada del verano de la manera más divertida. Se merece acuñar un nuevo adjetivo: "Hilariante".

    ¡Emilio!, ¡Emilio!, Emilio es cojonudo,¡como Emilio no hay ninguno!

    ResponderEliminar
  2. Juan Pablo24 junio, 2011

    No tengo palabras sino dos tetas incrustadas en la cara. Vascas, claro. Un saludo y un respeto, sr. Calvo.

    ResponderEliminar
  3. Triste historia, Emilio, me acongoja tu Hilario, ese tonto feliz que destila su rol en cada municipio español; toda plaza posee uno. Es como un Forrest Gump latinizado.

    Tu prosa me hace sonreir, pero tu historia me nubla el gesto, y me recuerda esas otras historias paralelas, reales, de hilarios anónimos, que pasan por el mundo sin percibir su perfidia y, ¡cómo no!, acaban sirviendo de señeulo y víctima de su diana.

    ResponderEliminar
  4. Por cierto, la chica delgada de tetas generosas es todo un prototipo sexual en nuestra España castachueletera. Ves pasear su figura cóncava (tener las tetas grandes trae problemas de espalda serios) y solo te detienes en las tetas. Te preguntan cómo era su rostro y no sabrías decir; solo viste tetas, dos planetas alineados. Es un maniquí neutro con tetas prodigiosas. Una belleza entre renacentista y romántica. Renacentista, por el tallaje; romántica, por la fascinación que produce en el espectador la magnificencia de la infinitud de esas dos masas oscilantes. Temor y temblor.

    ResponderEliminar
  5. Yo no soy, Emilio, tetómano. No por ello desecho este tipo de formato. Tanto un A5 como un A1 pueden prometer una experiencia placentera, sugerir sensaciones prometedoras. Un pezón insinuante bajo una blusa, insertado en una teta minúscula, puede ser tan alentador como un globo aerostático clavado en tu retina. Lo que no me acaba de convencer es la teta operada. El erotismo es enemigo de la perfección.

    ResponderEliminar
  6. Ramón, un destete prematuro o brusco, e incluso tardío, provoca fijaciones en los mamíferos varones muy difíciles de erradicar. Pero coincido contigo en la relativización de su valor erótico-estético, si no están integradas en un conjunto histórico-artístico-monumental.
    Aunque no estoy de acuerdo en que el erotismo sea enemigo de la perfección, sino más bien de la impostura.
    Bueno, vamos a la barra:
    -¿Solo o con leche?

    ResponderEliminar
  7. Excusado, excusado.
    El tema mamario es como el fútbol. Hay gente para todos los gustos. Los que prefieren el equipo grande y los que tiran pa' el local. Yo soy de un sentido término medio y prefiero eso de que... la teta en la mano quepa. Me temo que el escrito no iba destinado a suscitar esta controversia made in spain, pero he aquí lo español puesto en evidencia...

    ResponderEliminar
  8. ... que en la mano quepa. Amén.
    Soy de teta menuda, picuda. No es la hora, ni este un blog de cosas promiscuas, pero está la puerta abierta... y entré.

    Saludos, los de la barra.
    Enhorabuena, tetas aparte, Emilio.


    Pedro

    ResponderEliminar
  9. Una imagen vale por mil palabras y, en este caso, sustituye a las palabras. Si no hubieras puesto esas dos imágenes mamarias, quizá nuestra libido hubiese cedido al intelecto la palabra en los comentarios. Somos, al fin y al cabo, no más, no menos, que ese Hilario de tu historia.

    ResponderEliminar
  10. Ya lo dijo bien el título de aquella novela colombiana: sin tetas no hay paraíso.

    ResponderEliminar
  11. Muy interesante el texto. Me gusto la narración, muy entretenida. Seguiré visitándote con el permiso tuyo, te estoy siguiendo.fue un gusto leerte y visitarte.Que tengas un excelente día amigo.Te envío un cálido saludo.

    http://socialculturalyhumano.blogspot.com/

    ResponderEliminar
  12. rutilante, Emilio! desde todos los puntos, rutilante!
    chapó!

    ResponderEliminar