Las navidades de mi infancia, en aquel Alcaudete de los años cincuenta, empezaban exactamente en el momento en que los maestros decidían el fin del trimestre, que, para que tuviera algo de ofrenda dadivosa, tenía lugar en mitad de la mañana, ahorrándonos el último par de horas de frío, humedad en las paredes y sabañones en las orejas. Don Rafael , mi primer maestro, nos hacía mil recomendaciones (ser buenos, no faltar a la misa de los escolares, no ser exigentes con la carta a los Reyes Magos…) y salíamos del aula muy contentos, pero aún disciplinados, por si el maestro nos hacía volver y nos regañaba por algo (teníamos la culpable sensación de que ser niños nunca era inocente del todo). Así, en casi un perfecto orden de batalla, llegábamos a lo alto de la Cuesta Encarnación, doblábamos la esquina y, en ese momento mágico y liberador, ya fuera del control del profe, empezábamos a golpear las carteras donde llevábamos nuestra enciclopedia Álvarez, y seguíamos el ritmo de nuestr...