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Mostrando entradas de diciembre, 2011

Beben y beben...

Las navidades de mi infancia, en aquel Alcaudete de los años cincuenta, empezaban exactamente en el momento en que los maestros decidían el fin del trimestre, que, para que tuviera algo de ofrenda dadivosa, tenía lugar en mitad de la mañana, ahorrándonos el último par de horas de frío, humedad en las paredes y sabañones en las orejas. Don Rafael , mi primer maestro, nos hacía mil recomendaciones (ser buenos, no faltar a la misa de los escolares, no ser exigentes con la carta a los Reyes Magos…) y salíamos del aula muy contentos, pero aún disciplinados, por si el maestro nos hacía volver y nos regañaba por algo (teníamos la culpable sensación de que ser niños nunca era inocente del todo). Así, en casi un perfecto orden de batalla, llegábamos a lo alto de la Cuesta Encarnación, doblábamos la esquina y, en ese momento mágico y liberador, ya fuera del control del profe, empezábamos a golpear las carteras donde llevábamos nuestra enciclopedia Álvarez, y seguíamos el ritmo de nuestr...

Las uvas de la ira

Las fiestas navideñas son cada vez más sinónimo de hartazgo. Hasta tal punto que la misma saturación ya forma  parte también del conjunto de tópicos que las adornan.  Hablar otra vez del ceremonial de consumismo desnortado que nos invade en estas fechas resulta igualmente cansino y todo lo que se escriba al respecto les sonará a déjà vu . Este año, no obstante, bajo la presión psicológica y real de la monstruosa crisis omnipresente, Papa Noel , en lugar de saludarnos con su sempiterna  sonrisa, lo hace con una mueca trágica, con un rictus sarcástico. Parece recordarnos aquel viejo chiste definidor del consumismo: “Este año todos con su mismo coche, con su mismo abrigo, con su mismo piso, con su mismo paro…” Aun así , la prima de riesgo Blancanieves y sus siete mercaditos , podrían resultar útiles para dar un giro a nuestra VISA. Y es que los bienes materiales también cansan ; nos provocan algo así –tan machadiano- más o menos como el hastío de...

Tríptico navideño

I Nostalgia : del griego mostos , regreso, y algos , dolor. Cuentan las crónicas que Johannes Hofer, reputado médico del siglo XVIII, acuñó el término nostalgia a raíz de la observación de un singular caso de curación milagrosa. Un paciente agonizante sanó tras regresar a la casa familiar. Nadie se explicaba cómo alguien podía resucitar a causa de esa terapia aparentemente inocua. Hofer afirmaba que este tipo de sanaciones se debían a «una continua vibración de vitalidad a través de aquellas fibras de la mitad del cerebro en las cuales las huellas impresas de las ideas de la Patria aún persisten». Persistente ataraxia, mirada perdida, anorexia autoimpuesta, andar errático, desgana, descuido del aseo y las costumbres más simples. El paciente vaga por el mundo como un espectro viviente, ensimismado en sus pensamientos, ajeno a la realidad circundante. El nostálgico es un ser u-tópico; perplejo, ha perdido la hoja de ruta, el camino a casa. II Navid...

Noche de paz, noche de amor

La idea de comenzar el año rodeado de la gente que uno quiere es muy buena. No hay nada más lindo que comer con tus hermanos, sobrinas, padres, amigos y desearnos de corazón que el año que empieza sea excelente. Pero, por favor, que alguien me explique por qué tengo que brindar con el contable de mi oficina y desearle un año próspero ( ¿Más próspero? ¿Qué te querés robar ahora? ¿Los ventiladores de techo, desgraciado? ) o besar a la secretaria del jefe mientras le digo que ojalá tenga un 2012 más descansado ( Renunciá y quedate en tu casa, loca ). Ni hablar de los vecinos que se olvidan de las denuncias por ruidos molestos que hicieron en Junio e intercambian botellas de vino y deseos de paz ( Hay un barrio muy pacífico a 100 kilómetros de acá. ¿Pensaste en mudarte? ). Lo inexplicable de las fiestas navideñas es esa necesidad que sentimos de ponernos querendones con todo el que nos rodea. Probablemente tenga que ver con la cantidad de alcohol que se ingiere, porque entre las des...

La de cosas con se pueden hacer con los nueve renos de Papa Noel

Lo mejor de Santa Claus o de Papa Noel, en fin, no termino de ponerme de acuerdo, es que te permite involucrarte en lo más puramente navideño sin plantearte dilemas éticos sobre la materia narrativa de lo festejado. Sobre si pecas mucho, poco o no pecas en absoluto si pones bajo el mismo techo moral, digamos, al gordinflón escandinavo, con su séquito de renos y de rollizos niños gritones y al San José, a la Vírgen María, al niño Jesús y al resto de los adoradores belenísticos. Yo lo tengo cada año más claro: lo que más me gusta de las navidades es decir de memoria los nombres de los nueve renos que tiran del trineo celestial de Papa Noel. O de Santa Claus. Ahora no tengo claro si son dos o es uno y falta un Espíritu Santo para competir en metafísica con los cuerpos doctrinales de la Santa Madre Iglesia. Bueno, voy con lo de los renos.: Rudolph, Donner, Blitcher, Cometa, Cupido, Brillante, Danzante, Centella y Zorr o. Hay exégetas de lo santaclausistico que niegan esta nomenclat...

Mi lugar en el mundo

Nunca supe encontrar mi arcadia particular, ni la necesité. Éramos muchos de familia y yo era el menor, así que fui recibiendo cogotazos y caricias de todos, la verdad es que sin mucha severidad ni mucho entusiasmo: mis padres, la abuela, mis hermanos, mis tías… eran más que suficientes para regalarme sus arrumacos y pellizcos que al instante siguiente se convertían en leves azotes o regañinas, sin que el niño que yo fui le encontrara lógica al asunto, ni me afectara demasiado: supuse (y creo que acerté) que la vida es así de contradictoria y que aquello no era un infierno, sino la mera existencia. Cuando mi familia se fue desmoronando (mi hermana se casó, mis dos hermanos, mi abuela y mis tías se fueron a Madrid, mi padre murió…) me encontré mucho más solo, pero en cambio tuve mucho espacio para mí. Venía a ser lo que cantaba Sabina: “…y no perdí una hija   / gané un cuarto de baño…”. Fue cuando empecé a trabajar, al tiempo que estudiaba Filología. Cuando volvía a mi casa...

Nadie quiere niños tristes

Mi hijo Ulises Todos queremos ver fotos felices, momentos congelados del pasado en los que nos recordemos disfrutando. Nadie fotografía niños tristes. Todos quieren ver infancias atravesadas por el gozo, el ocio sin interrupciones, sonrisas imperturbables que el tiempo no pueda evaporar por la distancia. La infancia debe permanecer virgen, impoluta, ajena a los afanes y dobleces del adulto. El niño es el reducto inexpugnable, un bastión intocable que la edad traiciona. Ningún niño debe llorar. Nadie quiere niños tristes. Será que la culpa nos obliga a idealizar la niñez, a creerla habitada por un edén vacunado contra el dolor y el infortunio. No lo sé, pero nadie, ningún adulto quiere niños tristes. Nos gusta fotografiarlos henchidos de entusiasmo, exultantes, ignorantes de su suerte, libres de la condena de crecer.

Heráclito, Jorge, el río y yo

A veces pienso que el río se detiene y contempla el paso de la vida que va dejando el hombre. Afán de ir y venir. Una estela de pasos incesantes persiguiendo las huellas indelebles de alguien que se acercó hasta la tenebrosa orilla del tiempo inexorable. Y allá varada espera la barca de los sueños ilegibles con sus músicas mágicas: agua, agua, quietud del alma líquida del triste que contempla su rostro vencido por los surcos de los días sin memoria, arboleda sin viento, lunas sin beso. Sólo la orilla opuesta atisbada en las sombras que la bruma proyecta, intuye una exigua esperanza.