Mi lugar en el mundo


Nunca supe encontrar mi arcadia particular, ni la necesité. Éramos muchos de familia y yo era el menor, así que fui recibiendo cogotazos y caricias de todos, la verdad es que sin mucha severidad ni mucho entusiasmo: mis padres, la abuela, mis hermanos, mis tías… eran más que suficientes para regalarme sus arrumacos y pellizcos que al instante siguiente se convertían en leves azotes o regañinas, sin que el niño que yo fui le encontrara lógica al asunto, ni me afectara demasiado: supuse (y creo que acerté) que la vida es así de contradictoria y que aquello no era un infierno, sino la mera existencia.

Cuando mi familia se fue desmoronando (mi hermana se casó, mis dos hermanos, mi abuela y mis tías se fueron a Madrid, mi padre murió…) me encontré mucho más solo, pero en cambio tuve mucho espacio para mí. Venía a ser lo que cantaba Sabina: “…y no perdí una hija  / gané un cuarto de baño…”.

Fue cuando empecé a trabajar, al tiempo que estudiaba Filología. Cuando volvía a mi casa por vacaciones o algún raro fin de semana, me metía en una de las habitaciones donde había conseguido una mesa, una estantería para mis libros y mis fotos, unos cajones para mis cosas, mi música, en fin, un ámbito privado (o casi) donde pasaba las horas leyendo y donde recibía a mis amigos, ante la comprensiva mirada de mi madre y de quienes estaban de paso por la enorme casa.

Alcaudete en los 70. Mi casa en primer término.

Una maravilla eso de tener un espacio privado. Algo delicioso, sólo comparable a mi primer nido de casado, un piso de alquiler que no tuve que compartir con nadie: mi mujer era sólo una prolongación mía y el mundo estaba a nuestros pies y no encontrábamos nada mal hecho en este perro mundo.
Después llegaron los hijos y el espacio dejó de ser nuestro, ocupado siempre por el carrito, el parque, los juguetes, los Pin y Pon, las ceras y lápices de color… Más tarde, los hijos crecieron y la casa se fue llenando de amigos que venían a echar una partida en la consola, a hacer un trabajo escolar o universitario, o que se quedaban hasta más tarde de lo razonable, o directamente amanecían en casa… Se trata de un fenómeno que adquiere especial énfasis cuando la casa se limita a un mínimo apartamento de veraneo que, pese a sus escuetas dimensiones, es invasivamente acogedor para “las amistades peligrosas” de mis hijos.


Ahora, mi mujer y yo compartimos el estudio y la música y echamos de menos la gente que otras veces andaba continuamente por aquí, el incesante sonar del teléfono que me crispaba los nervios, la vidilla que había en casa cuando estábamos todos (y eso que aún tengo a mi hijo por aquí)... 
Se ve que yo era un niño que las veía venir: la vida es, efectivamente, pura contradicción; los paraísos no existen y la arcadia sólo se puede encontrar en algún libro o dentro de uno mismo.

6 comentarios:

  1. El refugio data de 1971, año que compartimos en un espacio hostil pero favorecedor de la amistad. Compré por entonces el LP "Unidos" y trillé sus canciones -ésta, Yo creo en ti...- roturando los surcos del vinilo con la aguja del Dual cientos de veces. Allí convergimos, en las tabernas, en los cines, en las bellísimas y por entonces tristes calles de Córdoba. Quizá eran esos los parques de la Arcadia: "Decir amigo es decir tienda, botas , charnaque y fusil..."

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  2. Gracias por esa preciosa y emotiva recreación, Miguel. ¡Qué gran persona eres!

    AG

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  3. Me gustó la cadencia, cierta sencillez de palabras (salvo el término "vidilla"). Es una pena que falte un condimento más, rasgos de "historia", algo en la trama que descolle por encima de la evocación, un factor inesperado, lo fantástico.
    Más allá de que no haya sido tu intención, el texto lo pide.

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  4. Me pasa que al mirar una foto antigua pasean por mi mente los fantasmas del pasado, deformados por el tiempo. Nada, amigo, es igual ni debe serlo. El presente convierte una escena del pasado en algo bien diferente a lo que de seguro vivimos por entonces. El tiempo convierte lo vivido en ficción.

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  5. Es una fotografía de la fotografía. Un recurso muy literario, en el fondo. No hay fantasía porque la ejerce después el que lee, intercalando partes de su cosecha, cosas que sólo entiende él mismo, Camilo. Me gusta la concisión, ese desparpajo medido, bien conciliado con la nostalgia, sin endulzar en exceso. Hay un peligro que yo he sentido al escribir sobre fotografías antiguas (para esta barra en al menos una ocasión) que consiste en repensarlas. No se razonan: se deja que caminen los recuerdos y uno se limita a registrarlos. Alberto, lo haces fantásticamente. He estado ahí con vosotros, viendo desde afuera lo contado. Compartiendo. Nada es igual ni debe serlo, escribe Ramón, con atino. No es ése el motivo de escribir sobre lo ido. Las fotografías piden otra fotografía. Un palimpsesto. Eso piden. Un volcado que las cubra.

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  6. Mis casa es un eterno desfiladero de amigos de mis hijos de todas las edades. Yo perdí mi nombre para pasar a ser "mamá de .... "; de mi habitación - antes refugio sagrado - entran y salen sin pedir permiso, hay bolitas de vidrio por todos los rincones y cd de play station entre mis libros. Y ese es mi lugar. El lugar donde ellos están. Pero suelo extrañar el silencio!! (no nos vamos a engañar)

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