Creo que en pocas ocasiones de mi vida me he sentido más feliz que el día en que mi hijo me hizo esta fotografía en los Picos de Europa, zona cántabra. Lo fui de un modo absolutamente limpio. No habiéndome sentido casi nunca preso de nada, en ese instante me sentí libre del todo. Lo de la libertad es un concepto que no he manejado nunca mucho. Pensar en si uno es feliz o no tampoco me perturba en demasía. Sé que la felicidad es un arrebato, un subidón de endorfinas, algo que no está ni siquiera bien que dure demasiado tiempo. Sin meterme en honduras metafísicas, prefiero la alegría, ese esparcimiento ufano del alma. Pero ahí arriba, mirando al cielo, empequeñecido por la fastuosa naturaleza que me circundaba, sentí la súbita consciencia de que estaba viviendo un momento extraordinariamente único. Me ha pasado otras veces y lo he sentido igual o de parecida manera, pero creo que nunca de una forma tan intensa. Lo que ahora razono (y al razonar se pierde un poco el misterio y el as...