Marta



El mismo ritual de costumbre: una vez entras en el coche, el mundo más allá del cristal aparece ante tus ojos como un paisaje al que extraemos su significado y nos quedamos tan solo con la imagen que nos brinda, vacía de contenido, ausente de deseo. Un semáforo en rojo bajo la lluvia, la anciana que arrastra el carro de la compra, esa pareja que discute, el transportista que aparca en doble fila. Todos forman parte de un escenario, y tú, dentro del coche, el espectador entregado al flujo de imágenes que pasan frente a ti, sin más orden que aquel que marca la ruta hacia tu trabajo. Pita el coche que hay detrás de ti; no te altera, piensas en lo bien que funcionaría el mundo sin prisas y continuas tu trayecto. Tres mujeres corren por el paseo fluvial, miras el cielo, la copa de los árboles, el río al otro lado, el horizonte de coches en fila; escuchas I wish i was in New Orleans. Waits amansa el corazón, ablanda los pensamientos; uno se reconcilia con el mundo bajo los acordes del piano, dejando que esa voz ronca rasgue tu memoria y los recuerdos vaguen libres por tu imaginación. Una fugaz, breve pero intensa, mirada a una ventana ilumina el espacio que la circunda y trae hacia ti fotogramas de tu adolescencia. Esa venial contemplación basta para recuperar dentro de ti la voz de Marta. Recuerdas su voz, ni su cara ni su cuerpo, nada de aquello que os dijisteis. Solo su voz. Sonríes, acaricias al adolescente en el que aún te reconoces. Aquella ventana, la luz iluminada, y tú allí, al otro lado de la calle, velando su presencia, esperando que apareciera y tuviera el azar la gracia de regalarte su rostro. Solo eso, una mirada. Eso te bastaba. Pero no fue así. Sonríes de nuevo, una serena nostalgia acolcha tu alma. Quisieras negar que aquel torpe espía fuiste tú, que durante semanas aguardaste frente a la puerta de su casa, a la espera de que apareciese. Que tras días de velarla, la viste salir, junto a su madre; que sí, te miró, pero no fue el gesto que tú deseabas. Que su rostro expresaba miedo y rabia. Que fue tan rápido aquel instante que apenas lograste levantar tu cuerpo del rellano. Aún así no te rendiste y durante una semana más aguardaste frente a aquella ventana; pero esta vez te alejaste de la puerta, lejos, temeroso de incordiar, más lúcido, pero aún enamorado. Oyes un coche pidiendo paso y regresas al presente. El semáforo lleva unos segundos en verde. Waits culmina su canción y te llevas contigo la voz de Marta mientras atraviesas la verja que te lleva al trabajo; permanece a tu lado unos minutos más hasta evaporarse en la rutina. 

4 comentarios:

  1. El espía platónico adolescente nos retrotrae a la confidencia, a la carta nunca entregada, al recado con una aprendiz de alcahueta. A la ventana que, por una vez al menos, hubiésemos querido indiscreta...Salvatore (el inolvidable Totó de Cinema Paradiso) esperando noche tras noche que Elena se asomara.

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  2. "Marta" me ha hecho comprender un nuevo axioma, Ramón: todas las adolescencias son la misma adolescencia. Lo único que cambia es la banda sonora.
    Oiré al crooner cuando mi gente y mis vecinos (incluido bebé de cuatro meses con tendencia al bel canto) esté de pie, que no es cosa de que me tiren zapatillas.

    La ronda del espionaje está quedadno muy bien, diría yo. Falta Mariela, antes del naufragio.

    Saludos barralibrianos,

    AG

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  3. Malena/Mariela12 noviembre, 2013

    Salvatore bajo la lluvia o el conductor de ese auto .... ¿será que todos los adolescentes están condenados a espiar el mundo del amor antes de ingresar en él?

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  4. Hay un rito ineludible, un patrón inevitable, una rutina invisible que no permite disidencias. El amor mueve la tierra y también las estrellas. Ahí está Beatriz, la Beatriz adolescente, el deseo absoluto como ninguno otro acaece nunca. Cuando basta una mirada. Luego nunca basta una mirada. Y es triste y podría ser de otra manera y quizá, bastando unamirada, el mundo gire mejor y las estrellas, en el cielo, brillen con más fuerza. Me ha encantado. Mucho, Ramón.

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