Lluvia


Nada se supo de él después de aquel 25 de febrero de 2008. Desapareció de la misma forma en que tres años atrás irrumpiera en el mundo del arte con su famosa obra Lluvia, un lienzo de quince por diez, rotundo, absorbente, que aún preside la imponente entrada de la biblioteca Torres de Lezna. Los hay quienes dicen que Carlos Tortosa regentaba antes de dar a conocer su única obra un lujoso hotel en Estoril; otros creyeron reconocer su nombre en la persona de un patrón ballenero en aguas remotas o en un maestro de escuela de un pequeño pueblo de Cuenca. Corrieron por entonces y aún corren historias que le sitúan en escenarios diseñados a arbitrio de la imaginación de quienes las difunden. Pero ninguna es verdadera, pese al rastreo de numerosos periodistas que durante años buscaron cualquier pista que les revelara aunque fuera un minúsculo rastro de su pasado. No existen fotos de Carlos Tortosa ni se le conocen familiares o amigos que puedan confirmar que algún día existió. Su identidad es un absoluto misterio. Todo lo que podamos decir de él antes y después de la publicación de Lluvia es pura especulación. Solo nos queda testimonio de su obra magistral, su única gran obra. Tampoco se dignó a regalarnos su presencia el día de la inauguración de Lluvia, y durante los escasos años antes de su desaparición jamás fue visto ni se le conoce otra creación que al menos sugiriera que seguía vivo y en activo. 

Solo tenemos constancia de su existencia a través de dos cartas escuetas escritas al director de las biblioteca. En la primera tan solo se indica que un día a una hora precisa le sería entregado en calidad de donación el citado lienzo para cubrir el vacío del frontal. La carta, escrita desde un ordenador, en tipografía Courier 12, estaba firmada por un desconocido Carlos Tortosa; nada más se añadía, ni dirección ni alguna otra instrucción. Hasta esa fecha nadie del mundo de la cultura, menos aún del mercado del arte, había oído hablar de este artista.


Lo que en principio parecía una broma inocua se reveló como verdadera intención. Un camión descomunal apareció el día indicado a la hora indicada con el lienzo. El director hubiera rechazado el misterioso regalo a no ser por la curiosidad que tan enigmática entrega le provocaba. Lo que acabó por convencer al director de que no estaba ante la ocurrencia de un ingenioso bromista fue comprobar por sus propios ojos las imponentes dimensiones del lienzo. 

La empresa de transporte, Monterroso e Hijos, especializada en este tipo de traslados, necesitó de diez empleados especializados para trasladar la caja que contenía el lienzo. El autor había dado instrucciones detalladas sobre ello, previo pago y, como es de esperar, bajo el más estricto anonimato. Suspensión neumática, carrocería semiblindada con aislamiento térmico, sistema de control de temperatura y humedad y, por supuesto, madera contenedora que cumplía a rajatabla la norma internacional sobre medidas fitosanitarias. Abrieron cuidadosamente la madera contenedora y la delicada estructura que protegía la obra. Fue necesario despejar toda la entrada de la biblioteca. Suponemos que Carlos Tortosa conocía bien las dimensiones del frontal de la biblioteca. Una obra así no puede exhibirse en cualquier espacio. 

Al desvelar el contenido, una inefable sensación de estar ante algo asombrosamente bello recorrió la mente del perplejo director de biblioteca, como si antes no hubiera visto nada igual. Meses después confesaría a una prestigiosa revista de arte: “Fue como si aquellas gotas traspasaran el lienzo, como si la lluvia pudiera llegar más allá de la superficie de la pintura. Una placentera sensación de frescura invadió mi rostro al contemplar aquella obra fascinante.” Todo aquel que haya contemplado esta obra empatizará sin esfuerzo con las sensaciones del director. No estamos ante una obra que invite a ser decodificada; de hecho, no hay nada que comprender. El espectador se encuentra ante un espacio profundo, sin elementos reconocibles, invadido por una lluvia traslúcida. Nada más. La lluvia cayendo sobre el lienzo. Quizá sea esa escasez narrativa, esa ausencia de más referentes la que obliga al espectador a dejarse llevar por las emociones que provoca la sola presencia de la lluvia, omnipresente, victoriosa. Como si nosotros fuéramos el elemento que completa el cuadro, transformados de meros espectadores en pasajeros mojados por aquellas gotas vivificantes.

Si la obra en sí misma ya es fascinante, la segunda carta que recibió el director, un día antes de la desaparición de Carlos Tortosa, añade un plus de curiosidad acerca del supuesto origen e intenciones del autor de Lluvia. El sobre contenía una cuartilla en la que podía leerse un solitario gracias, acompañado de una foto en la que se apreciaba a un niño enjuto y desgarbado, de unos nueve años, mirando al objetivo, feliz, gozoso, pese a estar calado hasta los huesos por un generoso aguacero. Cientos de gotas golpeaban venialmente el rostro de aquel pequeño, quien con los ojos bien abiertos recibía entregado aquel profano bautismo. 


Aún hoy numerosos exegetas intentan interpretar las conexiones que unen el lienzo con aquella singular coda de despedida. Un recuerdo de infancia vivificado a través de la lluvia, intuyen. En cualquier caso, ahí queda la tela desnuda, a merced del espectador. De nada sirve añadir más literatura a lo que debe experimentarse por uno mismo. Acérquense a la biblioteca y déjense mojar. Y recuerden, no olviden abrir bien los ojos.

1 comentario:

  1. Nadie sale indemne después de acercarse al Arte. Ni indemne ni seco, en este caso.

    Me encantó, Ramón.

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