Hace un mes que no llueve




Tuve un alumno que trabajaba mejor cuando llovía. Siendo bueno en días claros, incluso muy bueno a veces, era excepcional en cuanto caían unas gotas. Si el cielo era generoso, podía llegar a ser sublime. El profesor de matemáticas contaba cómo había resuelto un problema de los difíciles sin apenas esfuerzo. El de inglés no comprendía cómo podía tener una dicción tan precisa o cómo era capaz de expresarse de un modo tan fluido o entender una audición a la que incluso él reconocía obstáculos sintácticos o semánticos insalvables. El día en que más me asombró fue cuando se inundó el gimnasio. El ruido de la lluvia, azotando las ventanas, le excitaba de un modo visible. Se le veía como trastornado, los ojos se le nublaban, le temblaba notablemente la voz, pero no he escuchado a nadie hablar de Leibniz con más soltura. Era imposible escucharle y no sentir un temblor o creer que se trataba de un milagro y de tener el privilegio de estar frente a él, incrédulo y frágil, como un espectador no avisado. Colegas míos de seminario, compañeros de facultad, hechos a los libros, de los que van a dar conferencias y publican en revistas especializadas sobre la materia, se maravillaban del muchacho, contaban con alborozo sus proezas, pero no le daban la importancia que yo. Hasta empecé a notar que me apartaban un poco cuando me exaltaba en el relato de la última de sus hazañas. Esa impresión era inmediatamente apartada cuando les decía que acababa de escribir un soneto en apenas media hora o que me había confesado en la cafetería comunitaria que el Ulises de Joyce no le había parecido tan original y que no dejaba de ser una broma lingüística. Lejos de ocultar o de hacer ver que esa excelencia suya le coartaba, mi alumno saludaba con alborozo cualquier amenaza de lluvia y se comprendía, a poco de verle a la cara, que su inminencia o su presencia le embargaba en un gozo que no disimulaba. Los compañeros que lo rehuían eran notoriamente mayoría contra los que aplaudíamos que lloviese. Bastaba que aminorase o dejara de llover para que esa bendición de muchacho regresase al gris, al mediocre barro en donde los demás caminábamos. Ceso el prodigio cuando el cielo cerró su boca y las nubes no volvieron a contar su historia antigua de agua. Se fue apagando el muchacho, embrumándose.

Acabaría como atracción de barracón de feria, útil y rentable y feliz con su genio sólo cuando rompiera a llover. No sé nada de él. A mi desgracia, no tengo noticias suyas. Ni siquiera descolló con un expediente académico soberbio. Tenía sus días. Incluso ratos sueltos en días contados. No aceptó mudarse al monzón. Lo consideró una ocurrencia de muy mal gusto. En sus momentos dulces, no sólo era un disquisidor sublime o un asombroso erudito: a esa bendición de criatura se le incrustaba el cáncer del engreimiento, esa especie de conciencia impura de que uno está por encima de los demás, sin que exista ninguna posible discusión referida a esa evidencia. No confío en que gente de esa sensibilidad acabe siendo feliz, haciendo felices a quienes les rodean. En ocasiones, algunos compañeros, en los ratos sueltos entre clase y clase, referimos la historia del extraordinario alumno ungido por la magia de la lluvia. Dudan o descreen abiertamente de que lo que contamos se ajuste a la realidad. Se mofan, caen en la chanza, sostienen que nos inclinamos a exagerar porque en el gremio de los profesores existe la tendencia a inflar acontecimientos rutinarios, a vestirlos con el lenguaje de la hipérbole. No tenemos, a nuestra desgracia, ningún documento que dé cuenta de su paso por el centro. Constan los exámenes, los sobresalientes, los textos a los que algunos acudimos de cuando en cuando, solo por recordarlo, por si la memoria flaquea y nos los borra. Pasa eso, que se acaban censurando las cosas inefables, las que no corresponden con la lógica. 

En días de lluvia, cuando explicaba mi área en la desangelada extensión del aula, ocupada por alumnos que apenas se entusiasman, abocados a perpetuar un modelo que no comparten o que no entienden, pensaba invariablemente en él, le admiraba sin que se apreciera, cuento que estuvo ahí sentado, en una de las bancas, buscando inspiración tras los cristales, contrariado si el paisaje era de luz, despejado y limpio de nubes. No creo que ninguna de mis historias cale a fondo. Creen que las invento o que mi añoranza fantasea y se esmera en adornarlas, en hacer que suenen bien, por ganármelos. A veces me dejo llevar, es cierto. Es curioso que me entusiasme más cuando llueve. No es algo que yo fuerce. Me cuido de que nada me deje mal o se infiera que pueda estar excesivamente interesado en aquellos sucesos. Empezó a circular por los pasillos y por los despachos que no andaba bien de la cabeza. No le presté importancia; incluso ahora no acabo de censurar que esos comentarios fuesen de aquí para allá, rebajando mi prestigio, si es que alguno tuve. 

He tratado muchas veces de dar con él. Sólo por explicarle que también a mí me trastorna la lluvia. No alcanzo su genialidad, ese modo de entender el mundo y de contar a los demás cómo es, pero me fascina observarla, mirar qué hay dentro, por si hay algo maravilloso que se revele cuando yo esté mirando, por si se me ha reservado ese privilegio y tan sólo bastara que yo estuviese alerta y me concentrase lo suficiente. Quizá bastara que él volviese. Que habláramos. Yo le diría qué ha pasado desde que no está en el centro. Le contaría que pedí la baja y que no dudaron en aceptarla. Llevaba ya un tiempo descentrado, a decir de ellos. No lo descarto. No podrían comprender el mal que ambos padecemos. O no es un mal, sino un regalo. El más precioso, probablemente. Aspiro a ser como él. A que el regalo sea completo y me traspase enteramente. No tengo confianza en que ese deseo mío se cumpla, pero hay placer en la espera. Me apuesto frente a la ventana, apoyo la frente en el cristal y respiro con toda la fuerza de la que dispongo. Ni los míos más cercanos comprenden las cosas que hago. Creen que estoy melancólico. Ponen en la melancolía, en esa forma dulce de la tristeza, el mal que me devasta. Porque es el mal, el mal lento del que no posee voluntad para extirparlo y sabe que, al final, le pasará factura. Ya he pagado algún peaje, ya he dado algo de mí a lo que no puedo volver ahora. 

Los años le habrán desgastado. Es duro tener un don como el suyo, más si cabe uno que no pueda administrar a capricho. También le habrán pulido. Será más fuerte, tendrá un dominio completo. O se habrá desencantado. Rezará, si tiene esa costumbre, para que llueva. Yo, que la tengo, lo hago cada noche. Creo que soy más feliz cuando llueve o que la posible felicidad que pueda merecer se me antoja más cerca si escucho la lluvia, si huelo a tierra mojada. He leído mucho sobre la lluvia. He buscado que la ciencia me auxilie o que la poesía me consuele. Ninguna de las dos me ha confortado. Si pasan los días y el cielo no se rompe como yo anhelo, me refugio en casa. No hay soledad más hermosa que la que uno construye. Los días en que llueve, esos días de paz y de armonía, salgo a la calle, me dejo mojar, voy por ahí a merced del agua, planeando cómo comunicarme con ella, si es posible hablarle, contarle que estoy dispuesto al sacrificio que exija. En los días para mí más claros, que suelen ser los más lluviosos, imagino que él me observa, que ha regresado y disfruta con mi padecimiento. Me persuado como puedo de que la vida me ha guardado este cometido. Podría haberme dejado ir por otro lado y no sé si hubiese contenido otros padecimientos. El de ahora es dulce, lo arrullo, lo mimo con la dulzura que me sale, no mucha, no crean. Entiendo que quizá ésa sea la vía, la de sentirme hospitalario conmigo mismo y la de no pensar en demasía en la lluvia. Quizá sólo se precise esa indiferencia. Juro que me cuesta, pero lo intento. Hace un mes que no llueve.

1 comentario:

  1. Con este relato te has mojado, amigo. Por cierto, mientras escribo veo nubes que amenazan.

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