De vacas, anfibios y bacterias

I


No sé muy bien por qué de entre todas las historias que me contó mi madre -y mira que fueron muchas y más surrealistas que ésta- recuerdo con mayor pregnancia aquella en la que andando ella el espacio que tercia entre una fuente y su casa, debió pasar sí o sí junto a una imponente vaca, acompañada de su ternero recién nacido, que a medida de que se acercaba más a ella, más ademanes ensayaba ésta de enemistad manifiesta. Aún así, pese a la sospecha de una inminente ofensiva, mi madre atravesó aquellos breves metros, que se le harían interminables, con prudente valentía. Cuando ya creía estar libre de las intenciones de la vaca, vio de reojo mi madre cómo corría la res tras ella, dispuesta a envestirla. Cántaro al suelo, puso pies en polvorosa sin mirar atrás, tan rápido que en el tiempo que dura esta frase se vio mi madre subida a un árbol, lo suficientemente alto como para que el bóvido no pudiera siquiera adivinarla. Comentaba mi madre la impresión que causó en ella no tanto el miedo de ver su destino en manos de una vaca cuanto su sobrehumana habilidad para subir sin recordar cómo a aquel árbol espigado y sin apenas agarres. ¡Lo que hace uno cuando se ve necesitado!, decía. 

Existe -creo recordar- otra versión de esta historia, igualmente verídica, pero más inverosímil, según la cual al paso de una vereda vio a lo lejos mi madre cómo una vaca corría en dirección suya. No sabemos si se trataba de la misma vereda y la misma vaca, pero el caso es que allí estaba de nuevo aquel animal imponente, arrastrando pezuñas como alma que lleva el diablo. Esta vez creyó mi madre que se trataba de un gesto venial, un traslado impetuoso en busca de pasto más frondoso. Pero no; a unos metros de ella, tuvo que rendirse a la evidencia: la vaca iba a por ella. Corrió de nuevo mi madre, pero creyó esta vez sentir tan cerca de su rabadilla el hocico de la vaca que se veía ya en manos del altísimo, sin haber conocido aún varón ni mundo, cautiva en aquel pueblo sin futuro. No sé bien qué santo custodio le soplaría en el oído, o si fue que la inmediatez del peligro aviva el ingenio, pero el hecho es que lo único que se le ocurrió fue gritarle a la vaca como si ésta pudiera atender a razones más elevadas que la mera satisfacción de sus impulsos: ¡Vaacaaaa! Siguió corriendo mi madre, sin aliento, hasta que tuvo sin remedio que rendirse a la evidencia. La vaca ya no le perseguía. No supo nunca ni hay medio de comprobarlo si fue aquella inocua ocurrencia o un misericordioso azar quien viró las intenciones de la vaca en favor de mi madre. A saber lo que pasa por la cabeza de una vaca. En cualquier caso, este que escribe puede hacerlo hoy gracias a ese grito salvífico tan oportuno. 


II


No sé si a usted, cuando era niño, se le ocurrían estas judiadas (así las llamábamos por entonces), pero a mí sí. Me gustaba cazar anfibios en un riachuelo tan sucio que aún hoy me pregunto cómo no cogí una infección. Era un riachuelo artificial, de esos que flanquean las vías ferroviarias abandonadas. La gente dejaba todo tipo de objetos rotos o inservibles a lo largo y ancho de los railes. Mi tío solía pasear por las vías en busca de algún mueble viejo que después restauraba y dejaba como nuevo. A lo lejos de la vía había un túnel del que no podías ver el final a menos que caminaras unos metros en la oscuridad. Nos gustaba, a mis amigos y a mí, sentir ese gusanillo que provoca el miedo, y retarnos con entrar solos en aquella caverna de ida y vuelta. Todos estábamos aterrados, pero aceptábamos el reto por puro orgullo, como un gesto más de iniciación a una vida adulta que desconocíamos, pero que imitábamos con ingenua osadía. Al otro lado del túnel no había nada más que vía, más vía, pero lo importante no era llegar, sino pasar aquel trago, demostrarse a uno mismo que era capaz de atreverse. 

Pero volvamos a la historia de los anfibios. Aún desconocía por entonces la diferencia entre vertebrado e invertebrado, ¿pero acaso sirve para algo saberlo sin comprobarlo empíricamente? Mi macabro divertimento dejaba clara la singular naturaleza de los sapos. Atraparlos era una operación que requería cierta maestría, dada la facilidad con la que estos animalejos se escabullían entre el cieno o la basura acumulada en el fondo del riachuelo. Cortábamos la mitad de una botella de plástico y ésta hacía de improvisada red que atrapaba con eficacia todo aquello que pasaba a través suya. En ocasiones lográbamos entre el lodo adivinar la alargada anatomía de un renacuajo o, con suerte, dar caza a un estimable espécimen de anuro común. Cuando lográbamos reunir el número suficiente para una ceremonia decente, nos hacíamos de un tablero y unos alfileres y crucificábamos los cuerpos pasivos de aquellos anfibios; un alfiler sobre cada una de sus membranas interdigitales bastaba para fijar el objetivo. Aquella primera fase de nuestro experimento podría ser interpretada por cualquier observador como el loable acto de curiosidad científica de unos críos, a no ser porque posteriormente sería culminada con un ejercicio de crueldad. Cada uno traía de su casa un par de dardos, que por turnos escrupulosos blandía no siempre con tino sobre la carne gelatinosa de los resignados anfibios. No sentíamos ningún remordimiento. Después de todo, no eran más que anfibios sin alma, seres sublunares nacidos para hacer entretenida una tarde más de sábado. No puedes ser cruel con mamífero -vendría a ser como asesinar a un antepasado de tu escala evolutiva-, pero un sapo está muy por debajo de esta taxonomía, razón suficiente para justificar moralmente la inmolación. 

Disfrutábamos al contemplar la facilidad con la que el dardo penetraba en el tejido interno del animal, pero aún más nos sorprendía la docilidad del mismo, su resignada respuesta a nuestra salvajada, lo que confirmaba no solo que carecía de emociones básicas, sino también que no sufría. Una razón de más para no sentir remordimientos.


III


Tendría unos quince años. No me considero una persona hipocondríaca, pero por aquel entonces creí que iba a morir. No recordaba haberme puesto la tercera vacuna prescriptiva del tétanos, y hacía unos días que me había clavado un alambre oxidado en la mano. Solo fue necesario que mi cerebro sumara dos y dos y listo. Muerte segura. Estaba condenado. A esas alturas ya era inútil vacunarse. Sentía cómo el veneno letal viajaba por mi sangre, agarrotando mis músculos. Había leído que las víctimas de tétanos solían morir mientras dormían, presas de terribles convulsiones. Cuanto más tiempo pasaba, más creía estar asistiendo al final de mis días. Cualquier leve contrariedad física -un dolor de estómago, un leve pinchazo muscular- me sobrecogía, presentía el fatal desenlace. Vagaba ausente por las calles, imaginaba qué carta escribir a mis padres antes de morir. Me angustiaba pensar en mi muerte, en la nada eterna. Después de muerto, el resto del mundo seguiría ahí, sin mí. Y encima aún no había practicado el sexo; eso sí que era una putada. 

No sé bien cuánto me duró aquel estado de congoja existencial. Lo más probable que se disipara por puro aburrimiento. Un día cualquiera simplemente dejé de pensar en mi muerte. Fue terrible mientras duró.

3 comentarios:

  1. La muerte no es tan grave como el miedo a morir.

    Cuando era chica, las víctimas de mis salvajadas eran los sapos que vivían en el patio. Hoy les tengo pánico. Será que me asusta la idea de que sean familiares de aquellos que sufrieran mis torturas y vengan por la venganza.

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  2. A los quince años aún no sabías que practicar el sexo era la única, pequeña, experimental forma de morir y de resucitar tantas veces -cuantas más mejor- como quisie..., dogo, como pudieras. Bendita sea la "petite mort".

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  3. La congoja se no va nunca, la vida con la muerte dentro sale a borbotones a cada instante, la muerte con la vida dentro sale con júbilo en cada entrega amorosa. El sexo debería ser un derecho. Legislado incluso. Qué cosas escribe uno.

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