Retrato de familia


Su mamá se lo dijo anoche:

-Virginia, mañana es el cumpleaños de la abuela Nieves. Te voy a pedir un favor, cariño: que te portes bien. No quiero que todos se vayan diciendo que eres una niña mala… o rara… ¡con lo linda que tú eres…! -y la niña percibió una cierta dosis de inseguridad, de preocupación, en los ojos de su madre y en la titubeante caricia. Una súplica, en realidad.

En ese momento, la pequeña decidió que hoy iba a ponerse estúpida -como suele decirle su abuela-, a exasperar a su madre, a meterse en sí misma, a mantenerse al margen del resto. Que se fastidiara su familia, un grupo integrado por la propia homenajeada, varios tíos y titas y un enjambre de primos y primas, algunas de las cuales también se llamaban Nieves.

Desde que la niña es capaz de recordar, todos los años, aprovechando el veraneo, se reúnen y comen juntos en una especie de reconocimiento a la matriarca de los Álvarez-Montes. Antes le gustaba mucho esa reunión, pues creía que sus tíos y primos eran el máximo exponente de la felicidad. Además todo el mundo le traía algún pequeño regalo y le hacía mil arrumacos, ya que era la menor de todo el clan.

El problema es que actualmente ya no le gustan los adultos, por lo que desde anoche se ha mantenido firmemente decidida a aguantar la reunión de hoy sin faltarle el respeto a nadie, pero sin ser amable con ninguno de aquellos mayores, por muchos intentos que han estado haciendo de sacarla de su inexpresivo mutismo. Virginia los ha visto ridículos: todos dándose el relevo, como si devolverle la sociabilidad fuera una especie de campeonato o carrera de fondo en el que todos han tratado de conseguir una medalla. ¡Qué estúpidos!

Tal vez su madre la castigará un par de días sin piscina, pero ella se basta con su muñeco Pepo, un viejo conejo de fieltro, ya estropeadísimo por cientos de lavados y por los casi seis años de juegos compartidos.

De unos meses a esta parte, le cuenta siempre todos sus secretos, sus estados de ánimo y sus impresiones sobre las contradicciones de los adultos. Para que nadie se entere de lo que le cuenta, la niña usa un idioma propio, muy limitado (consiste casi exclusivamente en insultos y apenas hay sintaxis ni reglas gramaticales). Idioma reducido, pero muy útil para mantener su comunicación con el conejo, en tanto que los demás se desesperan ante su mudez incomprensible e intermitente. Pepo siempre le da la razón. Basta con mirarlo a los ojos, aunque Marta, su mamá, no lo quiera reconocer y le haya dicho mil veces que eso es imposible.

Sus padres la llevan de cuando en cuando a una psiquiatra, una chica muy simpática, con quien la niña habla con un absoluto desparpajo, con una fluidez envidiable en alguien de esa edad. La doctora asegura que Virginia es una niña muy madura, muy lógica, absolutamente normal; que ha conseguido elaborar un pensamiento abstracto impropio de sus escasos seis años; que no hay ningún motivo de alarma; que hay que dejar al tiempo hacer su trabajo…

Esta mañana, mientras removía el colacao, su madre ha intentado presionarla de nuevo:

-¡A ver cómo te portas hoy, Virginia! No vayas a montar uno de tus numeritos. Tu abuela, tus tíos y tus primos no quieren que seas una maleducada, ni una… -la niña la ha mirado con tal resolución, con tal gesto de desapego, que Marta ha dejado la frase sin terminar, asustada y perpleja.

Le viene ocurriendo con frecuencia: cada vez que intenta dar un consejo, una norma, una pauta de comportamiento o le hace una reconvención a su hija, la chiquilla le responde con una mirada de enemiga dócil, de verdugo cínico, que deja a la madre preocupadísima, helada de estupor. Si le dice a su hija algo tan simple como “Los niños no mienten”, se encuentra con esa mirada en los ojos de la cría, y siente un agudo dolor ante lo inexplicable.

La niña se lo ha dicho a Pepo muchas veces: que ella no quiere alarmar a nadie ni ser hostil, pero ha comprendido que los que mienten son los adultos, por los menos papá y mamá. Por ponerle un ejemplo, le contó a su muñeco lo que vio aquella noche en que se coló en el dormitorio de sus padres y, a la luz de la luna, sorprendió a su mamá vestida con una especie de chaleco negro y brillante que le dejaba el sexo al descubierto. Estaba dándole unos suaves fustazos a papá, que gemía desnudo y esposado a uno de los barrotes de la cama… Cuando preguntó qué estaban haciendo, Marta se cubrió precipitadamente y echó la colcha sobre el cuerpo del padre. Después encendió la lámpara de la mesita de noche y la pequeña pudo encontrar en sus semblantes una mirada extraña y una palidez mortal. Repitió la pregunta:

-¿Qué estáis haciendo, eh, mamá?

La madre empezó a darle unas confusas explicaciones, llenas de titubeos, mientras quitaba las esposas al padre. Los vio tan alterados, tan culpables de algo incomprensible, que sintió lástima por ellos y decidió echarse a llorar. Marta entonces la acunó maternalmente junto a su pecho y el padre le contestó, una vez puesto el pijama:

-Virginia, no llores. Estábamos jugando a que mamá me detenía porque yo era un criminal y…

-¿Y a eso se juega desnudos? –preguntó la niña, poniendo por primera vez esa cara de incredulidad, esa mirad inhumana que tanta preocupación les ha traído después.

En efecto, la madre opina que ese es el momento inicial del cinismo de Virginia y se considera culpable. Incluso trata de justificarse y lo habla a veces con su marido:

-No creo que hiciéramos nada malo… Cada pareja se busca sus formas de salir de la rutina, ¿no? –pero cuando lo dice, parece que no está convencida del todo, que le queda un resto de culpabilidad difícil de superar.

Otro día la niña le contó a Pepo que los mayores piensan una cosa y exteriorizan otra bien distinta. No sabe explicarlo con el lenguaje estructurado de un adulto, pero entre ella y Pepo basta con muy pocas palabras. Le puso como ejemplo aquella ocasión en que venían la tía Nieves y el tío Pablo a cenar. Papá estaba muy contento porque venía su hermana mayor, a la que adoraba desde siempre. Mamá, en cambio, le reprochaba que la que se iba a hartar de trabajar era ella…:

-Y no me importa preparar la cena, pero es que en tu familia hay quienes me tratan como si yo fuera un trapo viejo. Tú los invitas a cenar una y otra vez, pero después tu hermana y Pablo jamás corresponden. ¿Por qué? Sólo te invitan a ti, a mediodía, aprovechando que yo no puedo asistir por mi trabajo. A mí, jamás… y me siento herida, que en tu familia parece que venís de casta de reyes y no aceptan que mis padres han sido siempre clase trabajadora, gente sencilla y humilde, como de tercera división, según parece. ¡Gentuza, vamos…! Y tu cuñado Pablo, tan educado siempre, tan encantador y dicharachero, no me quita los ojos de los pechos cuando tomo el sol sin sujetador, vamos, hombre… que ya tiene edad de controlarse, ¡por favor!

El padre tuvo que abrazarla y limpiarle las lágrimas que empezaban a brotar de sus ojos y la casa se llenó de una tensión que la niña trató de disimular, aunque percibía lo sofocante de la situación con toda nitidez y con un insoportable nudo en la garganta. Unas horas después, los tíos vinieron y los preciosos ojos de mamá brillaron alegres durante la cena, y una amplia sonrisa arqueó casi permanentemente su boca, como si allí no hubiera ninguna cuenta pendiente. La niña se lo explicaba al muñeco:

-No te puedes fiar. No son como parecen. Sonríen pero no se aguantan.

Los últimos meses han sido un cúmulo de de mentiras e hipocresías por parte de los padres y de incrédula simulación por parte de la niña, que cuando se reúne con la familia recurre a sus silencios enfermizos.

Pepo también sabe ya que, aunque papá y mamá le dicen que tiene que ser generosa y compartir sus cosas, él quita de las estanterías algunos discos y libros cuando vienen a cenar los Navas, unos amigos de mamá. Dice que si no los oculta, son capaces de pedirlos prestados y que nunca los devuelven, así que van a parar a un cajón de la mesa de su despacho y, de esa forma, se acaba el peligro…

Y esta mañana, cumpleaños de la abuela, tal como mamá le anunció anoche, han venido todos los tíos. También han venido Nicolás, el socio de toda la vida del pobre abuelo, y su segunda mujer, Emilia. Ella es mucho más joven y toda la familia la ha criticado siempre, como una buscona arribista, pendiente de la fortuna del viejo. Según lo que la niña ha ido oyendo, a nadie le gusta su manera de vestir, ni el maquillaje, ni sus modales, ni sus aires de nueva rica. Un día la abuela dijo que era una furcia sin escrúpulos, aunque Virginia no sabía bien qué significaba eso. Tampoco sabe por qué, si les cae tan mal, viene todos los años al cumpleaños y toda la familia la recibe como si la quisieran muchísimo. Sólo le encuentra una explicación que confirma su percepción del mundo adulto: no puede uno tomárselo en serio, pues todos mienten.

El grupo ha pasado la mañana en el mar, bañándose, charlando, tomando el sol, y la chiquillería ha estado jugando. A Virginia le han traído varios regalos y su abuela, mirando a su mamá con cierto reproche, le ha dicho:

-Te llamas Virginia porque tu mamá prefirió ponerte el nombre de tu otra abuela, su madre, pero tú también tendrías que haberte llamado Nieves, como yo y como tus primas. Tu madre no respetó la costumbre de siempre en esta familia, ¿qué le vamos a hacer?

La niña ha mirado en ese momento a su madre, que se ha metido en el agua y ha salido unos minutos después, casi exhausta y muy seria, tras haber dado varias brazadas rabiosas. Durante la comida en el chiringuito, mamá no ha parado de hablar con la tía Teresa, la mujer del tío Miguel, uno de los hermanos de papá. Todo parecía indicar que mamá estaba enfadadísima y que aguantaba la comida por mera corrección, pero que esta noche habrá discusión con papá por la falta de tacto de la abuela. Se lo cuenta al muñeco y le dice un resuelto “¿Qué te apuestas?”, que Pepo parece escuchar con atención.

Virginia ha estado todo el día esperando la sobremesa. Es cuando más aprende sobre la naturaleza de los mayores, cuando Pepo y ella corroboran con su muda conversación la falsedad de los adultos. A esas alturas del día, ya han bebido todos abundantemente durante el aperitivo y la larga comida, y la abuela se va a dormir la siesta en su cercano chalé. Por su parte, Nicolás se va al hotel, que está enfrente de la playa. Quien quiere dormita sobre la toalla o se baña, pero las lenguas se sueltan con el alcohol y surgen despiadadas críticas hacia la abuela por su dureza de matriarca que ejerce un poder absoluto en toda la familia, repartiendo inmisericordes críticas, verdaderos latigazos que duelen como cuchilladas. Todos le temen, especialmente nueras y yernos, pero también las nietas mayores, las que han dejado de ser niñas y ya empiezan a ser más independientes. Para ellas, la abuela tiene críticas acerca de la forma de vestir o maquillarse (“¡Vais como pendones! Esos escotes, esas faldas… es que lo enseñáis todo…!”), de los novios (“¿Qué habrás visto en ese chico? Es un mindundi que jamás te hará feliz… ¡si lo sabré yo!”), de las carreras que han elegido (“¡Vaya un lustre que vamos a sacar contigo! Una carrera de malvivir, eso es lo que estás estudiando…”). Todos le temen, hasta el punto de que la nieta mayor, lleva dos años sin aparecer, lo que le ha valido durísimos reproches. Una vez, se atrevió y le dijo a su abuela: “¡Tenías que llamarte Nieves! Te viene perfecto: siempre fría y en lo alto de los demás, como si no te fueras a morir nunca…”. Abuela y nieta no han vuelto a tener la mínima relación desde entonces.

El año pasado, el tío Ernesto, el segundo de los hermanos, se fue de la lengua con las copas y montó un numerito: que si “nunca has valorado lo que he hecho y en cambio lo de mi hermano Antonio te parece perfecto”; que si “es que yo todo lo hago mal, según tú, mamá, y a mí me quieres menos que a los demás, que ni siquiera sabes disimularlo delante de mi mujer y mis hijos”; que si “lo único que has hecho ha sido fastidiarme la vida y humillarme”… hasta que su mujer se lo llevó llorando, a medio camino entre la borrachera más indecente y el más atroz de los sufrimientos.

Virginia, que ha visto acercarse el momento, se ha hecho la dormida sobre una toalla, junto a la silla playera donde su padre, que ha cogido su libro, simula leer. La niña se ha puesto una gorrita de forma que la visera le tape los ojos abiertos, pero que le permite mirar por debajo lo que hacen los demás, sin que se note la dirección de la mirada. Con el libro ante los ojos, su padre no ha dejado de mirar a Emilia, sin perder el menor detalle de aquellos pechos jóvenes y desnudos y la niña ha dado media vuelta sobre la toalla, en dirección a su madre, que parecía no darse cuenta. Unos minutos después, todos estaban bajo las sombrillas, y algunos roncaban, pero el calor era tan sofocante que se han ido yendo al agua, menos papá, que ha seguido simulando leer, como esperando algo.

Emilia se ha acercado envuelta en una toalla, como si fuera una falda. Se ha secado lentamente el pelo, los pechos y la espalda. Se ha frotado los muslos mirando a papá de una forma insinuante, con una de esas sonrisas que sólo aparecen en los ojos. Ha habido un momento en que la joven se ha agachado para encender un cigarrillo y coger la crema bronceadora de su bolsa playera. La niña ha visto perfectamente que, tapada con la toalla, ha echado a un lado una parte de la braguita del bikini y, durante unos segundos, le ha mostrado el sexo a su padre.

ERIC FISCHL, Saint Barts Ralph's, 2009

Le ha parecido que Emilia la señalaba con la barbilla y ha oído a su padre decirle en voz baja:

-Virginia, chiquilla… ¿estás dormida? –la niña ha simulado un suave ronquido y no se ha movido, pero ha comprendido que iba a ser testigo de algo grave. El padre se ha dirigido después a la intrigante muchacha. – No te preocupes, está dormida. ¿Por qué me enseñas…? ¿Qué pretendes? Oye, lo de la otra tarde en el hotel fue bestial… Tendríamos que repetirlo, ¿no crees?

-Pues no seré yo quien te ponga pegas. Avísame, que mi maridito no está muy pendiente de mí que se diga. El pobre…

-¿Nos podríamos ver este martes? Tengo que ir a la ciudad a firmar unos documentos del despacho y…

-Sí, muy bien. Martes, a la hora del aperitivo. Para abrir boca, ¿verdad? Piensa en mí estos días. Este martes no lo vas a olvidar fácilmente, de eso me encargo yo… -y ha vuelto a abrir las piernas para que papá la mire.

En ese momento la chiquilla ha simulado despertarse, lo que la ha obligado a cerrar las piernas y a su padre a borrar la prometedora sonrisa de detrás del libro. Mirando a la chica con ojos poco amigos, ha dado un beso a su padre y se ha dirigido al agua, en busca de su madre, que en ese momento estaba charlando con su cuñada y con una de las sobrinas mayores. No se ha mojado el pelo, pero cuando la niña se ha abrazado a ella, y le ha dado un beso, ha notado que sus mejillas están saladas. La chiquilla ha pensado que Marta ha estado llorando. Considerando que es bueno poner las cosas en su sitio, muy tranquila, le ha dicho a su madre:

-Papá y Emilia han quedado el martes en un hotel. Dice ella que va a ser inolvidable.

Su madre la ha besado y la ha metido dentro del agua para evitar que siga hablando, que cunda el estupor que se ha adueñado de los dos adultos que había cerca en ese momento. Unos minutos después, se ha dejado caer abatida en la rompiente, como si estuviera tomando el sol. La niña ha vuelto junto a su padre y, con su muñeco en brazos, le ha dicho:

-¡Papá, caca!

Y el padre ha tratado de endosársela a Marta, que lo ha recibido con un auténtico bufido salvaje:

-Llévala tú, en vez de tirarle los tejos a esa furcia barata, ¿me oyes? Para eso eres su padre.

-Pero…, pero Marta, ¿qué…?

-Cállate, que monto el número, ¿eh? Lleva a tu hija al baño y cállate –le ha respondido furiosa.

En este momento, con gesto muy grave, su papá la lleva en brazos hacia el cercano apartamento. Al llegar a la altura de Emilia, la niña la ha mirado con tal hostilidad, con tanta ferocidad, que la chica se ha cubierto el pecho y ha sentido un escalofrío.

-¿Lo ves, Pepo? –pregunta a su muñeco- No son buenos. La única que me quiere es mi mamá y no se entera de nada…

Los ojillos de fieltro del muñeco parecen comprenderla y, lo que es peor, darle la razón… La niña sigue:

-Sí…, que ya lo sé. Cuando vuelva Nicolás de la siesta. Verás qué caras ponen…

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