Cold drinks



Muerdo un helado de turrón como si estuviese tragando cicuta. No hay nada que yo pueda decir que haga comprensible esta sensación mía. De hecho jamás la he compartido. No creo ni que sea un hecho familiar, del que se pueda hablar en una reunión de amigos o a la mujer, en la cama, cuando va cayendo el sueño y está la boca suelta, loca por contar lo que no suele. He probado con el helado de fresa y con el de vainilla, pero es el turrón el que me produce ese miedo primario, de quien se cree morir y no encuentra nada que lo alivie, pero no me muero, no me muero nunca, no sé cómo hacer las cosas para acabar definitivamente con esta condena. 

Están en la playa todos los turistas de siempre. Los conozco. Sé quiénes son. Vienen de verano en verano, arrastran su coppertone, dejan las toallas en la arena, clavan las sombrillas, miran al sol como si fuese el último sol y se zambullen en el mar como si se acabase y fuese la ola en la que se pierden la última, la más hermosa y la más terrible. Es una vida privilegiada la de los turistas. Juro que no he visto otra mejor. Yo voy y vengo con mi nevera. Me esmero en que se me entienda bien. Hago lo que puedo para que todos desocupen sus asuntos y reparen en mí, en la gorra de la NBA y en mis gafas de sol robadas. Llevo birra, llevo refresco, llevo cold drinks. En cuanto acabo con las existencias de latas, paseo los helados. Voy dejando un olor dulzón. Hay quien solo me huele. Ve venir al viejo. Observan con falsa indulgencia cómo me acerco y dejo la nevera en la arena. Me dejan contar la retahíla. El turrón. El limón. La cerveza.

Algunos creen que arrastro un carrito con helados y con bebidas frías, pero es el cielo y el infierno de lo que tiro con mis manos, y la playa es el puerto de embarque. Están todos ahí, ociosos como no es posible estarlo más, concentrados en su descanso. Siempre pensé que el sol los anula. Como si la luz terminase por borrar todo vestigio de humanidad que les quedase. No sé qué tipo de justicia imparto. A veces pienso que cada uno elije la que merece. Yo solo administro el veneno en los helados. Hoy toca que sea el chocolate. Mañana, el turrón. No podría ser de otra manera. A los únicos a los que no les permito tentar a la muerte es a los niños. Son ángeles. En un mundo en donde no hay ángeles, ellos son los ángeles verdaderos.


Me distraen los niños. No les deseo ningún mal. No les dejo que compren helados. Ni que beban latas de refresco. Si viene una madre y me pide algo, me cercioro de que no se las dé a ellos. Sé ofrecer una disculpa. No, señora, lo lamento, se me ha acabado el refresco de limón. Ya no tengo helado de frambuesa. He llegado a ser maleducado, muy a mi pesar. No concilio el sueño cuando se me malicia mucho la cabeza. Imagino a todos los que han comprado algo en mi pequeño negocio. Los veo en sus hoteles, en el cuarto de baño, hocicando la cabeza en el inodoro. Creo que lo que sale de sus cuerpos no es la mierda que meto en la lata, cada vez con más cuidado, procurando que no se advierta el orificio que produce la aguja. Lo que arrojan es el alma. Los niños todavía no la tienen. Están limpios. Solo hay que ver qué hacen, en qué entretienen las horas. Estoy por decir que hasta el mar les comprende, pero no es nada que yo pueda decir a los amigos, nada que mi mujer pueda comprender. Estoy solo en esto. Ni siquiera tengo el placer de presumir de mi obra.


Los niños son ángeles, ya lo he dicho. Nacen en el cielo y luego las madres abren las piernas para permitir que lleguen al mundo. La mía me enchufó a la máquina de helados. Me dijo que apremiara. En verano, no hago otra cosa que pasear la arena. El resto del año, a poco que lo pienso, no poseo vida. Al menos no la que me da la playa. Contado de una manera extremamente simple, vivo para el trabajo que me encomendaron. No conozco a nadie que se aplique más. Ninguno que esté en un oficio más hermoso. En ocasiones, cuando caigo enfermo o si el cansancio extremo me postra, pienso en el alivio que mi obra produce. Porque no está bien exterminar sin distinción. Hay un protocolo. Incluso hay una moralidad en el modo en que la muerte elije a quien convidará a un paseo.


No sé por qué no me han pillado. Lo he pensado las veces suficientes. Ahí también hay una señal. De algún modo que no alcanzo a comprender, estoy protegido. Al oficio que se me encomendó lo protegen desde arriba.  Estoy protegido desde arriba. No se entiende entonces que no haya caído yo mismo ya. Lo que escupo a las jeringuillas y que después inyecto en las latas o en la masa dulce de los helados no me afecta en absoluto. Soy inmune al mal que reparto. Una vez probé a administrarme una cantidad poco discreta en el almuerzo: una que tumbara a un ejército de turistas al modo en que lo hago en la playa, durante el verano. No surtió efecto alguno. No, al menos, el que yo esperaba. Que cayera, que no pudiese continuar la empresa a la que he consagrado mi existencia. Porque en ocasiones me duele todo lo que hago. Me duelen los muertos lejanos, los que nunca veo morir, porque se retiran a sus ciudades. No les veo en el avión retorcerse de dolor, pidiendo el amor de Dios y la visita de un galeno. Tampoco veo a los vecinos, a los pocos que tengo. No son en mi barrio muy de ir a las playas a donde conduzco mi carrito de helados. No van a las playas de los ricos. He observado que los que tenemos el mar tan a la mano no lo miramos como el que viene de adentro. Hay veces en que lo que está muy visto ya no asombra. Yo debo ser también alguien que pasa desapercibido. Me han visto tantas veces que ya no advierten que estoy. No se percatan de cómo miro, no caen en la cuenta del servicio que presto. Dios, allá en su Altura, debe obrar así con nosotros, sus criaturas.


Tengo todavía la edad de apreciar un par de buenas tetas, pero no la edad que me hace sospechoso de que me gusten. Las aprecio en lo que valen, aunque no se me abomban los ojos. Soy capaz de vender un buen helado de chocolate bajo las más variadas circunstancias. El buen Dios, al que no se le deberían achacar las injusticias del mundo, quiso que la señorita de las grandes tetas sea la que esté ahí tumbada, leyendo sin prisa, dejando que el viento vaya pasando las páginas, en lugar de ser yo, este viejo ángel guardián, el que desee un helado, un buen helado de turrón o de chocolate, pero muerdo un helado de turrón y creo que es la cicuta la que me está comiendo la lengua. La noto mezclarse con mi saliva, aturdir el cielo de la boca y rajarme la garganta como si un cuchillo la violase desde arriba, a conciencia, pero no me muero, no caigo de rodillas. 


Así que ella me ha pedido helado de turrón. Curiosamente es el único que no debería pedir. Algo en lo que me dicen sus ojos me hace pensar en la compasión de la que a veces Dios me habla. Son las confidencias privadas que me hacen ser fuerte. Una parte de mí desea decirle que no hay turrón. No tenemos, señorita. Acabo de vender el último barquillo. Pero hay otra que desea que las cosas sigan su curso. No pedí yo el turrón, no fui yo el que se acercó al mal, cuando el bien estaba a su vera, intacto, puro, noble y deseoso de que se le colmen de afectos. Le digo finalmente que no está el turrón como otros días. Señorita, pruebe usted la fresa. Hoy está particularmente sabrosa. A mi edad, después de todo lo que he hecho, no es posible que reverdezca el amor. De una manera que solo yo puedo entender, no merecí el amor, pero acude ahora. Ella está allí. Insiste en comprar el turrón, y yo no sé cómo disuadirla. Y cuando he mirado al cielo, buscando una evidencia que me fortaleciera, solo he visto pájaros. Ninguno me confía nada a lo que agarrarme. Estoy aquí abajo, Dios mío, buscándote, pero ahora que te necesito, justo cuando más anhelo que me guíes, no estás. Están los pájaros. Ellos no saben nada de la mano que los creó. Viven ajenos. Como los turistas. No saben nada. Solo dejan pasar el tiempo. 


1 comentario:

  1. Siendo el de turrón uno de mis preferidos, me has dejado helado. También me ha acordado de un cantante italiano de los 60: Nico Fidenco. Cantaba "Contigo en la playa".

    https://www.youtube.com/watch?v=MmybC-hJi_0

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