Trío peligroso



Mariona Bonetti, apenas cubierta por una sábana, dormía en la cama de Michael Cobovsky. Dos copas en el suelo, una de ellas rotas, y la botella vacía podían hacer creer a cualquier observador que aquella había sido una noche de pasión.

Cobovsky estaba frente al espejo del baño y desde la puerta entreabierta se lo podía ver acariciando su barbilla, sin terminar de decidir entre afeitarse o dejarla crecer un día más. Siempre había sido quisquillosamente prolijo con ese tema, pero para estar cerca de Mariona convenía tener una imagen más dura. Se preguntó por duodécima vez cómo había terminado envuelto en aquella locura justamente él, poeta sensible; todo por no saber decirle no a Rigo Granadetti. Se habían criado juntos, compartiendo los juegos de la niñez. Después la vida quiso que Rigo criara músculo mientras él cultivaba el seso. Siguieron, sin embargo, inseparables. Rigo nunca dudó en sacarlo de apuros cada vez que un marido celoso aparecía en escena, los acreedores pretendían cobrar cuentas e inclusive con aquel tipo argentino, que competía con él por un importante premio literario. Sin querer enterarse jamás de los detalles, Michael sospechaba que los métodos persuasorios que utilizaba Rigo para alejar a quienes lo molestaban podían rozar la violencia. Una leve sospecha, levísima, hasta que apareció en su casa cubierto de sangre. 

- Me cargué a Moran -le dijo, como quien dice hola. 

- Antes fueron Lugano y Ferrasolo -continuó inmutable- y serán todos los que ella me mande que sean.

Lo hizo pasar y hablaron hasta la madrugada de Mariona, de Lugano, de los negocios turbios en los que estaba involucrado. Cuando ya no hubo nada que agregar, Rigo recordó uno por uno todos los favores que Cobovsky le debía. 

- No quiero ayuda para mí, es a ella a quien hay que salvar, yo soy sólo una cucaracha. La siguen dos detectives. Estoy loco por ella, Mike. Me lo debes. Sólo tienes que distraerlos mientras yo me ocupo de los problemas. Volveré cuando todo esté en orden.

Desde ese día fingen ser amantes él y la viuda. Se dejan fotografiar en lugares públicos, en bibliotecas, cines, museos. Hablan durante horas de literatura en aquel restaurante de moda hasta olvidarse, por momentos, de sus perseguidores y de Rigo. Algunas noches, como ésta, duermen juntos en la misma casa, aunque no comparten la cama. No todavía.

3 comentarios:

  1. Claro, es una cuestión de tiempo.

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  2. El peligro de los tríos y de las dobles vidas. El territorio de la sábana puede ser más extenso (e intenso) que el de la sabana.

    Cobovsky vuelve ante el espejo. La cara enjabonada y la gillet deslizándose por el cuello.¡Qué corte!

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  3. He bajado unos días a la playa y allí reduzco aun más el escaso tono bloguero. Anoche volvía a Granada y hoy leo tu delirante relato negro, que me ha hecho sonreír con muchas ganas.
    Rigo Granadetti, a quien vagamente conozco, no es mal tipo. Un fajador. Y sabe rodearse de buenos amigos, aunque a veces surjan estos conflictos. La vida es perra y además duele, pero hay que soportar pruebas por un simple y románttico sentido de la lealtad.
    Dicho esto, comunícale a Mariona que si Micky pierde el tiempo, le entro, pero ya, que no somos de piedra..

    Un abrazo,

    AG

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