Kafka en Manhattan


Bien, Señor, no habré sido un buen hijo, ni tendrás para mí un pedazo de cielo, pero antes de que mis faltas me manden al infierno, tengo que hacer unas cuantas cosas, y en ninguna estás tú. No hay belleza ni hay amor en la sangre que voy a derramar. Habrá muerte. De la muerte tú sabes tanto como yo. Te costó lo tuyo levantar este mundo. Mi padre me leía las Escrituras. Me repitió tanto que fuese un buen hombre que acabé por no serlo solo para contrariarle. Siempre fui así, fui de los que hizo daño por salir del aburrimiento. No busqué la riqueza. No sabría qué hacer con el dinero. A lo sumo pagarme unas putas cada noche. No sé si en el infierno hay putas, pero seguro que en el cielo no hay ninguna. Se hace tarde, siempre se hace tarde para alguien, pero esta vez me ha tocado a mí. Yo soy el que tiene que aparcar el coche en la puerta de la casa, bajarme sin hacer mucho ruido y llamar al timbre. Tengo que matarlo. Si me paro a pensarlo mucho, no lo haré, pero entonces lo hará otro y seré yo al que le metan una bala en la cabeza. Si no me paro mucho a pensarlo, será solo un trabajo más. Todos tus hijos venimos a este mundo a quitar de en medio a unos cuantos hijos de puta.

Nicky Ferrasolo aparcó el Plymouth Barracuda en doble fila, comprobó que la M29 estaba a punto y apagó el Chester en el cenicero. Tres minutos después, Nicky pensó en el humo. El del Chester, el de la M29 y el del boquete que abrió en el pecho de Tommy Lugano. Su mujer salió por piernas. Las tenía largas como una furcia búlgara a la que visitaba cada vez que tenía que hacer un trabajito en Chicago. Dejó de pensar en la búlgara y en el humo cuando Pontiac del 72 entró en la calle como si lo condujera el mismísimo Lucky Luciano. Un minuto más tarde, Nicky Ferrasolo estaba muerto. El Barracuda estaba en el Hudson. Lo sacaron a eso de media mañana y el revuelo hizo que todos los niñatos del puerto tuvieran charla para una semana. Nicky Ferrasolo ha muerto. Se le fue el pie con el Barracuda y se salió. Se lo tragó el río. Cosas en ese plan. Al detective Calvin Moran le tocó redactar el informe, lidiar con la prensa y hacer correr la voz de que Ferrasolo había cantado antes de irse al infierno. Porque está allí. Con todas las putas de la costa Este. Algunas, si no es uno muy escrupuloso, todavía tienen buen tipo y cabalgan bien por unos dólares. Moran era uno de esos polis pluriempleados. Se dejaba pagar bien bajo cuerda y no se quejaba de la mierda de sueldo que le proporcionaba la placa del Cuerpo. 

La mujer de Tommy Lugano regentaba un garito de copas al norte de la ciudad. En sus tiempos fue un templo de los pequeños trapicheos de toda la morralla del barrio. Muchos trapicheos hacen un gran negocio. Muchos grandes negocios son lo que hace que una mierda seca como Lugano lograra ser el Emperador de Riverdale. Un barrio como Riverdale sirve para que la gente como Lugano no llame la atención más de la cuenta. Una avenida principal que acaba angostada, suicidándose en una serie de polígonos industriales y una puñado de calles escoltándola, residencia modesta de la vieja clase obrera que levantó este país. América está hecha de gente como la de Riverdale. Viven por América, trabajan por América e incluso mueren por América. Lugano fue un americano ejemplar. Eso pensando que América, en algún sentido, sea ejemplar también. A su viuda, la señora Mariona Bonetti, se la vio pasear su dolor tanto que alguno creyó que lo estaba repartiendo entre la beneficencia del barrio. La gente discreta, la que no hace preguntas, intimó con ella, la consolaron, le dijeron que el mundo seguía girando y que el mal nacido que mató a su esposo estaba en el fondo del Hudson. Calvin Moran la siguió durante unos días. La vio tomar café en Morocco's y comprar vestidos en Metz & Carter, sitios en los que entrar te cuesta. No supe de ella más de lo que decían las tiendas en las que entraba. Y le decían que tenía gustos caros y que la trataban como una gran señora. Además era la viuda de un hombre respetado en el barrio, aunque Tommy Lugano, entre la canalla del barrio, fuese un tipo despreciable, que había amasado su fortuna poniendo el pie en el cuello de mucha pobre gente, a la que estrujó hasta que reventaron. A Moran no le importaba una mierda quién pusiese el pie y quién lo sintiese en el cuello. Cualquiera que pudiera pagarle podía hacer lo que diese la gana con su pie o con su estómago. El suyo, el de Moran, admitía una copa más, dos si la noche se ponía de cara. La tercera podía ser un elefante indio desatado y loco. El trabajo requería paciencia. Dosis generosas de paciencia. Podía estar una tarde entera metido en su Cadillac sin despertar sospecha alguna. Podía dormir en el Cadillac sin temor a que nadie aporrease la ventanilla y le pidiese cuentas. Era un Cadillac espacioso y la radio sintonizaba muy bien las emisoras de la ciudad. La KMW ponía los viernes un maratón de blues del Delta que no se perdía nunca. En una ocasión dejó que se escapara un tipejo irrelevante al que seguía por no salir del coche y no poder escuchar a Sunnyland Slim. El día en que programaban un especial dedicado a Muddy Waters, Calvin Moran no patrullaba. Así son las cosas. Si uno infringe estas normas, se puede venir una vida entera abajo. Dejas de ser honesto contigo mismo y terminas perdiéndole el respeto a cualquiera. Puedes ir con un pistolón del demonio en la chaqueta y tener un alto sentido del honor, por decirlo de alguna manera. Puedes haber mandado al infierno a treinta cabrones y sentir que se te muere el corazón cuando Muddy Waters te dice al oído que es un chico de campo y que el amor le destrozó cuando llegó a la ciudad. A Calvin Moran le gustan esas historias íntimas, de gente con los dientes rotos que te cuenta la gran pastoral de su vida, la de los golpes en la oscuridad y la de la nostalgia de la infancia. En ese momento, cuando el viejo Waters enfilaba el final del blues, Mariona Bonetti salía de Harper's con cien bolsas en las manos. Esta historia comienza con Muddy Waters en la radio y con Moran, en la acera, ayudando a la viuda a recoger unas cuantas bolsas del suelo. Esas son las cosas que al final se recuerdan. Piensa uno en qué habría pasado si hubiese sido honesto consigo mismo y no hubiese interrumpido el blues por estar cerca de un par de gloriosas tetas.

Era más baja de lo que le habían contado o de lo que desde lejos, cuando la seguía, aparentaba. Tenía esa distinción que hace en algunas mujeres que no pensemos en nada sobre su altura o sobre si son gordas o están en las guías. No era de una belleza arrebatadora, pero podría enloquecer a un retratista porque en su cara escondía el plano del cielo y el del infierno y solo hacía falta que alguien los sacase de allí y los pintara en un lienzo. Moran no había cogido un pincel en su vida, no había leído un libro entero jamás y no tenía interés ninguno en cambiar esas dos certezas, pero Mariona Bonetti era la dulzura absoluta, ese tipo de mujer que nublan la cordura y hacen que un hombre bueno abrace sin rubor el pecado o que un hombre en pecado, como el propio Moran, se esmere en él y alcance grados de perversión impensables antes.

-Me llamo Calvin Moran, señorita - dijo

La viuda Bonetti no se inmutó, no expresó ninguna sorpresa y tampoco impidió que Moran se cargase de bolsas y se quedase allí enfrente, pasmado, ridículamente útil.  Se limitó a llamar un taxi y a comprobar que su chico de las bolsas la seguía mientras el automóvil iba deteniéndose a pocos metros de donde estaban.

- Me llamo Calvin Moran, señorita...- repitió

- Sabe usted mi apellido como yo sé que hace días que me sigue en su Cadillac. Si no quiere perderme para siempre de vista, haga el favor de meter las bolsas en el taxi, meterse dentro y no decir una palabra hasta que yo se lo diga - replicó la mujer al tiempo que detenía al taxi y se quitaba las gafas de sol.

Moran cumplió como un soldado y estuvo callado la siguiente media hora. Cuando bajaron del taxi, estaba anocheciendo. Era un barrio distinguido, el barrio en donde los clientes pagan grandes cantidades por los trabajos sencillos. Fotos de fulanas chupándosela al marido. Ese era el preferido de Moran. Viejos con mucha pasta que bajaban a la ciudad a emborracharse en los burdeles. La casa era la segunda vivienda de los Lugano. Espaciosa, inclinada al bosque, semejaba ciertas villas de la corte romana que a veces el cine ofrecía en lujoso cartón piedra. Una criada sacada de Tara, más negra que una pinta de Guinness aligerada de un solo trago con los ojos cerrados, se encargó de arrebatarnos las bolsas. Moran no vio cobrar al taxista, pero solo pensaba en Mariona, en Mariona, en la dulce Mariona, que le había convertido en lo que nunca quiso ser, en el ser vulnerable del que las mujeres pérfidas se valen para entretenerles la cama o para enrabietar al marido. Como Lugano estaba bien muerto, Calvin decidió que estaba bien lo de la cama. Incluso aceptó la idea de malograr su reputación. La negra de Tara les abrió una puerta doble, acristalada. Lo que menos esperó Calvin es que acogiera una biblioteca, y no precisamente una endeble, justa en volúmenes. No había una pared que no tuviese un ristra de baldas encomendadas de libros. Solo una chimenea, que a él le pareció fabulosa, distraía esa visión pura de lomos arrimados a otros lomos, de libros reproducidos indecentemente, pensó. No hay nadie que tenga el tiempo que esos libros requieren. Ni mucho menos el zafio de Lugano, que podría haber sido un excelente hombre de negocios o un estajanovista del crimen de medio pelo, pero no un buen lector. 

- El señor Lugano no venía nunca por aquí, ¿verdad? - se atrevió a decir Calvin.- Y por cierto, ¿quién coño es Kafka?

- Escribió de tipos como tú. Cucarachas. Porque tú eres una bien gorda, Moran. Puedes servirte un whisky para brindar conmigo.- contestó Mariona.

- Por el cabrón de Kafka, por tu marido, por las cucarachas - sentenció Moran elevando el vaso redondo, muy historiado, ancho de boca y de un cristal que no él no hubiese pagado ni con cinco trabajos de gordos del barrio yendo de putas a la gran ciudad.

- Sabes brindar. Todos los detectives saben escoger bien las palabras. No tienen estilo, no han leído nunca a Kafka, pero eligen las palabras mejor que todos los plumillas de Times Square. 

- Pero no vale de mucho cuando te encañonan en un callejón. Vale de nada. He visto a compañeros con la barriga abierta a los que no les ha servido de nada hablar mejor que Aristóteles. ¿Se llamaba así? ¿Qué era? Un charlatán romano, ¿no?

- Eres encantador, detective. Era griego, y no era un charlatán. Imagino que llevas razón, pero hoy nadie te va a abrir la barriga. Hoy no, por lo menos. Pero te estás metiendo en un barrizal y llevas los zapatos muy limpios.

- ¿Qué hubiera hecho tu Kafka en mi caso?

- Irse a un hotel barato, encerrarse en una habitación. Pediría con mucho pudor que no les molestasen y se tiraría un mes escribiendo. Sin levantar cabeza. 

- ¿Y las cucarachas? ¿De qué le sirven? Yo las piso si me cruzo con ellas. Solo pensar en ese bicho asqueroso, incrustado en la suela de mi zapato, me da asco. ¿A ti qué te parece?

. Las cucarachas siempre sirven en la batalla. Cuando termine el combate, salen de su escondrijo y se pasean por el campo. Huelen los muertos y se ponen encima de sus barrigas abiertas. Allí dejan sus huevos. Así funcionan las cucarachas. Les gustan los lugares secos, los lugares calientes. Ponen catorce o quince huevos, metidos en una capsulitas del tamaño de una lágrima de un niño. En los doscientos días que viven, ponen doce o trece capsulas de ésas. Haz la cuenta, detective. Una cucaracha, antes de irse al infierno, deja más de cien criaturas hechas a su imagen y semejanza. El mundo es de las cucarachas. Kafka lo sabía muy bien. Soñaba con cucarachas. Llegó a pensar que él mismo era una de ellas. 

- Sabes mucho de cucarachas. ¿Te has doctorado en alguna universidad europea? No salgo de mi asombro. Una mujer tan hermosa, casada con un cazurro tan cazurro, y tan inteligente. Kafka se enamoraría de ti, seguro.

- He leído. Cuando mi marido se iba de putas, yo me metía aquí y sacaba un libro al azar. Cuando mi marido se metía tres días en el despacho para hacer mil llamadas y cerrar mil negocios, me metía aquí y sacaba libros. Había días que me ponía al día en arte etrusco. Otros, me empapaba de metafísica. Los días de lluvia, nada mejor que unos cuentos victorianos. Deberías leer, detective Moran. Quien lee, tarda más en morir. 

- No tengo tiempo. En mí manda mi barriga. Antes de que un hijo de puta la abre con un balazo, la quiero contenta. Le doy todo lo que le pido. No hay día en que no le tenga un detalle, una atención, un bocado exquisito. Y además no engordo. Me conservo bien.

- Eres un artista de las palabras, detective. Me pregunto si no harías fortuna escribiendo.

- No, preciosa. Se me da mejor vigilar viudas. O matar cucarachas. 

- Y esa será una de las últimas cosas que hagas. Después de esta charla, me estoy planteando muy seriamente dejar que vivas. Además de leer a Kafka, me gustan las novelas de asesinatos. Mi favorita es Agatha Christie. Las hay mejores, pero Agatha fue una pasión adolescente, y no le he perdido el afecto. No tendré palabras suficientes ni sabré elegir las adecuadas para agradecer que la dueña de esta casa, que compró Tommy en uno de sus negocios sucios, fuese una lectora tan voraz. O quizá ya venía con los libros cuando la hicieron. 

- Te vas por las ramas, viuda. Hablas de libros y de muertos. Yo creo que no vale nada todo lo que estás diciendo. Responde, ¿Me van a matar por seguirte?

- Hace mucho tiempo que estás muerto, detective. Solo te estoy poniendo al día. Me has caído bien. Hace tiempo que no me lo pase tan bien hablando con un cadáver.

- ¿También mandaste matar a Ferrasolo? No era mal tipo...


- Vio lo que no debía, entró cuando no debía. Está bien que cumpla su trabajo. Cobró su pasta por quitar de la circulación al asqueroso de Tommy, pero no respetó el horario. Si hubiese llegado un poco antes, o un poco después... Pero tuvo que llamar en ese momento, y ver lo que no debe verse.


- Espero tener más suerte que Ferrasolo. Muddy Waters está conmigo. Tú tienes a Kafka, quién coño sea, pero Muddy Waters nunca me ha dejado tirado. 


Ahí es cuando Moran perdió todo el interés en la viuda. Recuperó el sentido común, pensó en la flaqueza del corazón, en lo venenosa que es la carne. Tiró el vaso de whisky, el vaso bonito, contra la estantería en donde estaba Kafka. El resto no duró más de un minuto. Empujó a la gorda de Tara, abrió a patadas la puerta del hall y se perdió en el bosque, como un animal al que acaban de perdonar la vida y huye, herido, buscando refugio en una cueva. Tenía unas cuantas pistas, tenía una corazonada. Los detectives, cuando están sentenciados por sus enemigos, son gente peligrosa. Ni Kafka está seguro en Manhattan. Echó de menos su Cadillac. Pensó en Muddy Waters. 


4 comentarios:

  1. Excelente! Con todos los ingredientes necesarios de una historia noir. Re-noir. :)

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  2. Magnífico, calvin Moran. Me lo deja smuy difícil. Veremos qué posibilidades tengo.

    AG

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  3. Lugares comunes del género. Mucho alcohol, muchas medias, ningún temor por la vida. Algún arma escondida, que sacar cuando se precise. Tan solo eché de menos un rincón oscuro, una sombra en el quicio de una puerta, la luz de un coche, enfocando un cadáver aún caliente.

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  4. No sé que esperan ustedes para seguir la trama.... hay que esperar muchos días? Veo a Marlowe por ahí, a Sam Spade.... Un texto magnífico, magnífico de verdad.

    Carlos García Parejo

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