Ley de extranjería


Primer capítulo de "Ley de extranjería" (1) 

Un intenso escalofrío y una dolorosa punzada en las sienes le hicieron despertarse y entreabrir los ojos. La fiebre, los preparativos del viaje, la tensión de la víspera, le habían ido produciendo tal cansancio, que se había quedado dormido. El sol, recién salido, brillaba casi a la cola de la frágil avioneta y ante él se veía, a lo lejos, una mancha blanca y brillante, de un brillo majestuoso y cegador. A pesar del fuerte dolor de cabeza y de la fiebre, se sintió feliz ante la grandeza de Sierra Nevada, un paisaje que tantas veces había contemplado y que tantas veces le había sobrecogido. 

Se vio a sí mismo, con cuatro o cinco años, oyendo embobado las viejas historias familiares que su tía Fátima le contaba para dormirlo o para distraerlo. 

En realidad, nunca creyó del todo aquellas extrañas cosas que su tía le contaba: que eran descendientes de un antiguo rey, lleno de poder y riquezas, que había tenido su lujosa corte en una ciudad, muy lejana, llamada Granada; que la ciudad estaba bajo una sierra enorme y siempre cubierta de nieve; que en esa ciudad había un palacio, hermoso como un paraíso, lleno de tesoros y en ese palacio residieron sus poderosos antepasados; que ellos, a pesar de la miseria en que vivían, eran una familia importante: los herederos -decía la tía Fátima, con un gesto de orgullo- de todo aquel fastuoso pasado lleno de gloria; que algún día, alguien de la familia -"Quizás tú mismo, Karín", le decía- volvería a ser poderoso en aquel antiguo reino perdido...

De todas aquellas historias, a su mente infantil sólo le llegaba un sentimiento de duda e incredulidad. Aquellas historias le reconfortaban aunque no creía que su suerte pudiera cambiar y pensaba que todo aquello no era más que una sarta de embustes inventados por su tía. Pero la idea de la vieja montaña cubierta de nieve todo el año le quedó para siempre como el anuncio de un futuro esplendoroso, de una tierra de promisión, donde, cuando fuera mayor, triunfaría y saldría de la sordidez de su miseria. Soñó cientos de noches con la nieve, con la montaña. Siempre deseó conocer aquella ciudad, aquel palacio y aquella sierra, con la que algún día se fundiría en un abrazo y junto a la que siempre pensó morir. 

-¿Ya te has despertado? ¿Cómo te encuentras? -sonó una voz a su lado que le hizo salir de sus ensoñaciones. 

Sorprendido, casi asustado, volvió la cabeza y vio a Eduardo, el dueño de la avioneta, al que había conocido unas horas antes. 

-Bien. Me encuentro bien, gracias- contestó precipitadamen­te, de una forma automática, sin saber siquiera lo que decía. 

De un golpe, a pesar del aturdimiento, se dio cuenta de su situación. Sin duda, se había quedado dormido y el sueño había borrado momentáneamente la triste realidad, que ahora se manifestaba de nuevo. 

Volvió la cabeza hacia adelante, para que Eduardo no viera las lágrimas que empezaban a rodar por sus mejillas y vio de nuevo la mancha blanca. No era Sierra Nevada, ni aquella forma en punta era el Mulhacén, ni aquel paisaje era el que siempre le había reconfortado. Se trataba de una masa de nubes, hacia la que la avioneta se dirigía. 


En aquel momento supo que muy pronto, cuando la avioneta traspasara esas nubes que le habían confundido, tendría que hacer frente a su suerte y volver al lugar y a las condiciones de vida de las que había huido unos años antes. 

Una nueva punzada, esta vez producida por la incertidumbre y la preocupación, le hizo preguntarse qué iba a ser de su vida a partir de ahora. No se sentía con fuerzas para levantarse cada mañana y hacer lo mismo que antes de su viaje a España. Él había cambiado mucho en los últimos tiempos: había sufrido una experiencia vital muy intensa, demasiado intensa para cualquier joven de su edad. Esa circunstancia le había hecho madurar. Además, ahora había tomado conciencia de muchas cosas; y tampoco era ya aquel muchacho soñador que había aparecido en una playa de la costa granadina, a bordo de una patera, dispuesto a triunfar en España y a salir de la miseria y la mala vida en que hasta entonces se había desenvuelto en Fez, la ciudad a la que ahora era devuelto por la fuerza. 

Y había matado a una persona. Esa terrible realidad, que le carcomería la conciencia el resto de su vida, también le hacía diferente del Karín de antes. 

-Llegaremos muy pronto -otra vez era la voz de Eduardo-. ¿Qué tal estás de ánimo? 

Contestó lo primero que se le vino a la cabeza y, con una feroz urgencia, como apurando los escasos minutos que aún quedaban de su sueño herido, empezó a recordar. Recordar toda su vida en un instante, como dicen que les pasa a los ahogados. Mientras recordaba, la avioneta estaba metiéndose en la masa nubosa. 

"No son nubes. Es el Mulhacén. Me va a tragar. Nos daremos un abrazo eterno y será mío y yo seré de él. Como siempre quise, desde niño" -pensó Karín mientras cerraba los ojos y sentía en sus labios el amargo sabor de las lágrimas que ahora, sin ningún pudor, caían sobre su camisa. 

(1) "Ley de extranjería" es una novela inacabada de 1995. No me gustaba el resultado y, aunque me prometí retocarla, duerme el sueño de los justos desde entonces.

2 comentarios:

  1. Ánimo y continua con la historia. Tiene buena pinta.

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  2. El corazón de las nubes. Un paralelismo inevitable, conradiano, con el corazón de las tinieblas. De la patera a la avioneta en un viaje más iniciático que nunca.


    Llévanos, Alberto. Estamos en las nubes. Traspasémolas, más allá del Mulhacén.

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