La testigo


Eran las once y estaba sola, aunque el dato no ayude demasiado porque siempre estoy sola a las once. Creo que llovía; la gata estaba en el sofá y únicamente la dejo entrar los días de lluvia. El resto del tiempo está en el patio y duerme en el galponcito que mi marido usaba para guardar las herramientas del jardín. Desde que murió está vacío porque le pago a un muchacho para que corte el pasto y arregle los canteros. Las hortensias se murieron con él; yo no tengo paciencia para andar regando y cortando yuyos. Orlando, en cambio, tenía mano verde como decía mi abuela. Lo que él plantaba, crecía.

Pero no me quiero ir por las ramas, que usted no está acá para escuchar los divagues de esta vieja.

Como le iba diciendo, llovía y eran las once. Ya había puesto la olla al fuego para prepararme unos fideos. Antes cocinaba más, pero ahora no tiene sentido. Los domingos que vienen a visitarme mis nietos preparo algo elaborado, pero el resto de los días no me dan ganas ni de poner la mesa, mire.

La cosa es que estaba esperando que hierva el agua, acariciando la gata, cuando pasó lo que pasó. Perdone que lo diga así, pero todavía se me pone piel de gallina cuando me acuerdo y no quiero ni mencionarlo. Entiendo perfectamente que usted necesita los detalles y no voy a andarme con vueltas si es para encontrar al responsable de semejante cosa, pero le pido por favor que no me haga mencionar lo que para todos es obvio. De eso no hablo. No puedo. Se me cierra la garganta. Pregúnteme por los olores, los ruidos, el color del auto que salió a las disparadas, quienes fueron los vecinos que se asomaron primero, quién llamó a la policía. Le cuento, si quiere, quién es quién en este barrio y quienes eran ellos antes de ... eso.

Porque si quiere entender lo que pasó tendría que empezar por el día que se conocieron, cuando se mudaron los Murgia al lado de la casa de los Ferrari. Ellos eran dos mocositos y se hicieron amigos casi en el acto. Todos los días cuando volvían de la escuela agarraban la pelota y se iban derechito a la plaza a jugar al fútbol. Todavía me acuerdo de Sarita Ferrari, gritándole al nene desde la ventana que no rompa las zapatillas. La pasaban mal los Ferrari. El padre era un vago que nunca duraba más de un mes en ningún lado y Sara trabajaba en su casa, con la máquina de coser. Los Murgia estaban bien, en cambio. Pero a ellos esa difirencia no les molestaba. Diría que ni se daban cuenta. Claro, cuando eran chicos. Después las cosas empezaron a cambiar y se terminaron de podrir cuando Nicolás Murgia se puso de novio con esa chica, Lorena. Ahora llora, la atorrantita.

¿Tiene tiempo? Déjeme que prepare unos mates y le sigo contando.

11 comentarios:

  1. OK, preparo el mate, pero vos seguís contando, ¿estamos?
    Un abrazo grande.
    HD

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  2. La vida, narrada al calor del mate. Echa uno de menos, sin haberlo vivido, aquel tiempo en el que te leían sobre el calor apacible de un brasero. Te dejabas acurrucar por las palabras, iluminado por la tenue luz del salón familiar. Así me he sentido, Malena. Por un momento creí estar con vos en su casa. Vos me contaba, yo escucha con atención. Siga, por favor, no pare. Vale, un mate y me sigue contando. No hay nada como calentar el estómago antes de hacerlo el alma.

    Un abrazo gallego, Malena.

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  3. En Yuyo del Suburbio nos invitó a imaginar que podría pasar después.
    Nunca escribí una novela, pero se me ocurre que se pueden escribir de varias maneras: algunos escribirán a partir de una idea inconclusa, con una idea de las personalidades y características de los personajes principales , y dejando vagar la imaginación para ver a dónde los lleva el relato (algo parecido a leer una historia). Otros tendrán en cambio una idea más cerrada de la historia, un esqueleto, sabiendo de antemano que es lo que va a suceder, y la escritura en ese caso es completar los detalles de la historia. Si estoy en lo cierto usted nos invita a transitar el primer camino. Hasta podríamos intentar hacerlo entre varios, a ver que pasa. Otro podría tomar la posta en el punto donde la dejo yo (y si quiere o precisa modificar lo que escribí, adelante!)

    Imagino que el capítulo dos lo relata -en primera persona también- la detective a cargo de la investigación.

    Me dio acidez. Que costumbre de mierda ponerle yuyos y azúcar al mate...No entiendo a la gente que hace esto. Si no les gusta el mate ¿para que demonios...? Encima tibio...
    Salí de la casa y caminé hacia el norte, donde había dejado mi automóvil, pasando por la plaza donde encontraron a Ferrari, y recordé algo que la vieja me había dicho. Que el cuerpo apareciera allí podía ser un mensaje...

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  4. ¿Qué decirle, Viejex? Usted me entiende!

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  5. No es curioso? Dicen (decimos) que es difícil entender a las mujeres... y resulta que cuando uno las entiende no se percata.

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  6. La rutina es lo previsible y tiene poco que contar. Están bien los ejercicios de estilo para elaborar tesis doctorales sobre la crisis de la novela y otras teorías de diletantes y eruditos. Pero nosotros, simples lectores queremos acción. Que se rompa el hilo anodino de la rutina. Y he aquí: De repente el último verano.

    Un océano de admiración de por medio y algún tango caerá, Malena, compañera de barra y -¡quién sabe! algún día de farra.

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  7. No sé si será el sueño, pero me parece que a su mensaje, Miguel, le falta o sobra una parte. Me confunde esa oración final del primer párrafo de su comentario. Concretamente, ¿qué quiso decir con esto Y he aquí: De repente el último verano.?

    Saludos.

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  8. Nadie cuenta las cosas como las cuenta una persona mayor, con ese poso. Me ha encantado este relato, y el hecho de no desvelar la trama casi lo que más.
    Un saludo.

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  9. Tengo tiempo, espero a ver cómo sigue la historia.

    Abrazo

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  10. Joder, Male... Cuánto tiempo gastado (en vaya usted a saber qué payasadas) sin pasar por aquí. Hoy (por vaya usted a saber qué motivos) he vuelto a pasar. Y qué belleza. Como siempre. Hoy extraño nuestra cosa epistolar. O chateante.
    En fin, qué belleza...

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