Cuentos de Tristancho de Carambel





Mercedes Mármol, que los entiende mejor que nadie, seguro.

1. El perro elefante

El perro que encontró Tristancho tenía trompa. Trompa y dos colmillos enormes. Que no es un perro, le decía su madre. Que no es un perro, le decía su padre. Los abuelos de Tristancho, nada más verlo, dijeron:
- Tristancho, criatura, esto no es un perro.-
En ese momento, el elefante ladró.

2. El lápiz mágico

El lápiz que encontró Tristancho era mágico. Bastaba cogerlo y ponerlo sobre una hoja en blanco para que el lápiz surcara olas blancas y chapoteara luego sobre los nombres de las cosas. Tristancho era el alumno más listo de la clase, claro. La seño Cloti estaba encantada.
- Tristancho, dime cuál es la capital de Finlandia.
Y él cogía el lápiz, escribía en donde pillaba y leía después.
- Helsinki, seño Cloti -
Tristancho se sabía las tablas de multiplicar, los nombres de todos los reyes godos y si la araña tenía ocho patas o tenía diez. Tanto escribió que el lápiz se gastó.
Una mañana, en mitad de un examen de Conocimiento del Medio, de menudito que era, se le escurrió entre los dedos. Las lágrimas de Tristancho formaron un charquito encima de la pregunta nueve. Y el lápiz, que estaba encima de la pregunta nueve, fue creciendo y creciendo. Es que es un lápiz mágico.

3. Una tos muy fea

Tenía Tristancho una tos fea como para meterse debajo de la cama del susto. Quiso de pronto tener la tos más bonita del mundo y le preguntó a su madre si tenía algún jarabe que pusiese la tos bonita. Sería el primer niño con la tos bonita. Estaría todo el día tosiendo. Haría que todo el mundo quisiese toser como él. 
- No hay jarabes que pongan la tos bonita, hijo. Solo la curan.- respondió su madre.
- Pues ya no tiene gracia ninguna estar bueno, mamá. Quiero estar malo todo el día. 

4. En el zoo

Tristancho fue al zoo con su mamá y perdió allí la cabeza. Esto no había ocurrido nunca, pero una vez tiene que ser la primera. Su madre, trastornada, preguntaba aquí y preguntaba allá. Nadie había visto la cabeza de Tristancho.
- Es una cabeza rubia con unos ojos azules y debajo de los ojos hay pecas- contaba su madre delante de la jaula de un tigre de Bengala.
- ¿Ha mirado usted dentro de la panza del tigre? - le dijo un señor con un sombrero.
- ¿Está usted segura de que vino al zoo con la cabeza? ¿No se habrá quedado en casa con el patinete?- le dijo una señora con un carrito.
La buscó en la jaula del oso y en la del zorro. Miró en la de la hiena, que no paró de reírse. Preguntó al director del zoo y hasta volvió a preguntarle al señor del sombrero y a la señora del carrito. 
- No se preocupe usted, no se preocupe. Volverá solo. A mi hijo se le perdió una vez y volvió dos días después. Por supuesto, no le preguntamos dónde estuvo. Con tal de que no le pille el gustillo...- le confesó un padre de familia numerosa, que salía del zoo y contaba a sus hijos, por si faltaba alguno.
- ¿Ha probado usted a mirar en la sección de objetos perdidos?- añadió la madre, sin dejar de mirar a uno de sus niños, que corría detrás de unas palomas.
La cabeza de Tristancho estaba allí. Estaba sonriendo y no daba la impresión de que lo estuviera pasando mal.
- Hijo mío, ¿en qué estabas pensando? No sabes el rato tan malo que me has hecho pasar. Que no vuelva a suceder. En adelante, piérdete entero, pero no partes. Que sea la última vez que se te va la cabeza de esa manera. 
- No lo haré más, mamá. No hay quien se rasque cuando te pica. Y en el zoo te pica todo el cuerpo. Los monos están todo el día rascándose. 

5. Carnaval

Tristancho, por carnaval, se disfrazó de gente. Tan estupendo era el disfraz que nadie lo vio. O bueno, sí, todo el mundo lo vio, pero no sabían que era Tristancho. Su mismo padre no supo que era su mismo hijo, y eso que lo llevaba de la mano. Su madre, entretenida en ponerse bien su peluca de María Antonieta, ni se fijó. Tristancho fue Tristancho, pero también un farmaceútico, un tendero, una gitana que echaba las cartas y también fue papá y fue mamá. Disfrazarse de gente es un rollo gigantesco, pensó Tristancho. No hay quien admire tu disfraz. 

6. Vida de un caracol

Moscas aparte, Tristancho estaba solo en su cuarto. Y aburrido como un caracol en un espejo. Un caracol en un espejo no tiene consuelo, no tiene horizonte. Solo hay espejo y todo el tiempo del mundo. Tristancho se pregunta si las horas se le pasan más rápido al caracol. O más lentas. No sabe cómo preguntárselo. Tampoco puede convetirse en caracol. Una vida muy aburrida, la del caracol. O no. ¿Y si el caracol es feliz así, en su espejo, trepando, bajando, yendo a la izquierda o a la derecha, levantando un poco la cabeza o abombando un poco la panza? Entretenido con estos asuntos, pasó la tarde y Tristancho venció al aburrimiento.


7. Las guerras del tomate


La cabeza de Tristancho, cuando bulle en ideas, se pone colorada. Como un tomate de una huerta. Como el tomate más colorada de la huerta. El pelo también colorado. Los ojos, colorados. Los tomates han invadido el mundo y Tristancho es el emperador de todos los ejércitos. Soldados con cara de tomate. Armas de tomate. Hasta la lengua de Tristancho, en el empeño, se ha puesto colorada. Las palabras le salen coloradas por la boca. Para poder ver las palabras coloradas que a Tristancho le salen por la boca cuando las ideas le bullen en la cabeza, hace falta ser un poco tomate, ya me entienden. Un soldado del ejército. Uno valiente. Si no, nada. No hay éxito.Las guerras del tomate las gana siempre Tristancho. Eso no lo sabe nadie, pero juro por la madre de todas las huertas que es cierto. 


8. Domando leones 



TRISTANCHO, DOMADOR DE LEONES

El letrero lo colocó Tristancho a primera hora de la mañana, nada más abrir los ojos. Había soñado que domaba leones del Serengeti. Más que nada, quería no poner en peligro a los suyos. Su padre no era la alegría de la huerta, pero era su padre. Mamá era otra cosa, pero no se merecía morir a bocados por un león del Serengeti, en mitad del pasillo, un domingo por la mañana antes de que le pusiera el tazón de cereales con la leche omega 3. Papá y mamá sabían que Tristancho era un embustero. Además habían visto unos cuantos documentales de National Geographic, así que no hicieron cuenta del letrero. Fue mamá la que sintió cómo el corazón se le subía garganta arriba y se le derramaba por la boca. En el cuarto de Tristancho, detrás de la puerta con el letrero, había oído un rugido.
- No te asustes, mamá. - Dijo desde dentro, mientras chasqueaba en el aire un látigo - Lo tengo casi a raya. Me falta una sesión más y está más domado que papá. Te juro que podremos sacarlo de paseo. 
Nunca desde entonces se toma en casa de Tristancho a broma las cosas que dice. Y nadie, absolutamente nadie, entra en la habitación. 

9.  El ojo

Martínez trajo a clase un ojo en un vaso. Bermúdez, que es un experto en ojos, le dijo:
- No hay duda. Es un ojo de vaca -
Ramírez, que de ojos sabe también lo suyo y lo de más arriba, agregó:
- No de vaca, ni mucho menos. A mí me parece de caballo.-
González, que no sabe nada de ojos, pero no le gusta meterse en lios ni le va que los demás se metan tampoco, comentó:
- Ni vaca, ni caballo, ni alce, ni controlador aéreo. Es un ojo de oso. Del oso del Sahara.
Peláez, serenando el ambiente, concluyó:
- Si no hay osos en el Sahara, González. ¿Qué quieres? ¿Tomarnos el pelo? A ver, ¿Cuántos años hace que nos conocemos? ¿Desde preescolar? ¿Cuántos bocadillos de mortadela nos hemos comido juntos en los recreos? ¿Cuántos petardos hemos puesto? ¿Y te atreves a tomarnos el pelo de esta manera?
Pérez era un experto en pisadas de perro. Incluso sabía qué perro era viendo el excremento de perro en la acera. Sabía si era un fox terrier o un setter irlandés. 
- Ni vaca, ni caballo, ni nada de eso. Es de perro. De San Bernardo. Incluso huele a cognac. Mi padre tiene uno que saca cuando viene mi tío Julián que huele exactamente igual que este ojo. Os lo juro por el dibujante de Snoopy. 
Fue Tristancho quien zanjó el asunto. 
- Ya estáis todos callados. Vaca, caballo, alce, perro, nada de eso. Es mío. Ayer noche tenía tres. Los conté después de cepillarme los dientes. Los vi en el espejo, mirándome los tres. Me acosté con mis tres ojos, y esta mañana eché en falta uno. Así que es mío. Devolvédmelo. 
-¿Y qué vas a hacer con el ojo, Tristancho ?- preguntó González, el ignorante en ojos.
- No lo sé. Es la primera vez que tengo que pensar lo que hacer con un ojo. Igual se lo doy a mi madre. Pierde mucho las cosas. Me lo agradece seguro. 

10. Una de piratas y de zanahorias

La lustrosa zanahoria que Tristancho había birlado de la alacena de su abuela fue un puñal. El oso de peluche, ése enorme que le trajeron los Reyes, un pirata. Murió sin emitir un grito. Luego pensó que todo había pasado muy rápido y reanimó al oso. Le dijo.
-No te mueras todavía, oso de peluche. Te tengo que matar otra vez antes del almuerzo.
Para que la aventura fuera perfecta, faltaba el barco pirata, claro. Faltaba música de piratas también. En las películas de piratas, siempre ponen una música así muy jacarandosa. Los abordajes son lo mejor. A Tristancho también le gusta cuando toman de rehén a una princesa o a la hija de un gobernador de las tierras de ultramar. O cuando abren el cofre de monedas españolas y las dejan caer y las manosean y la baba les moja la barba. Los piratas, cuando discuten, se lía una gorda. Gorda como ninguna que haya visto en ninguna película. Gresca de campeonato, vamos. Las discusiones no se resuelven hablando. Hablan los puñales, los sables, los disparos con esas pistolas grandes que solo salen en las películas de piratas. Cuando papá y mamá discuten no lo solucionan ni hablando ni con sables. En eso, Tristancho prefiere a los piratas. Luego están los tiburones. Huelen un barco pirata y se ponen a darle vueltas, incansablemente. En un libro de piratas que tiene Tristancho en su estantería de libros estupendos hay uno que se llama Winston Silver El Fofo, también llamado El enano de Plymouth. Tiene un parche negro negrísimo y una pata de palo palísimo. Todos los piratas saben que debajo del parche del enano de Plymouth está el plano de un tesoro, pero el oso de peluche tiene que morir. Lo matará la zanahoria de la abuela. No habrá piedad. 
- Tristancho, niño, venga, date prisa. La mesa está puesta. Se te va a enfriar la sopa. Y luego no te gusta -
oyó decir a la abuela, que estaba abajo.
- Voy, abuela, ya voy. Es que estoy matando un oso de peluche.
- Bueno, pues date prisa. Lo matas, te lavas la manos y bajas. Que no se te enfríe la sopa.

11. Ruidos

Las ideas son cañonazos en la cabeza . Esto lo sabe cualquiera que en alguna ocasión haya tenido una idea. Una de las buenas, por supuesto. Las ideas de poca monta son un chasquido en la cabeza. Incluso menos de un chasquido. Las ideas buenas son las que siguen siendo buenas tres días después de haberlas pensado. Si pasa una semana o un mes o un año, no es que sean buenas ideas. Son ideas formidables, excelentes. Ideas que hacen que el mundo siga girando. Las ideas de Tristancho son siempre ideas formidables, excelentes. Ideas que hacen que el mundo siga girando. Las ideas de Tristancho hacen que hasta le duela la cabeza. Un dolor de cabeza excelente, formidable. Por eso Tristancho no quiere tener buenas ideas. Cuando ve que una buena idea está llegando, se pone a pensar en otra cosa. Piensa en gatos persas o en el pañal sucio de su nuevo primo. Pero a veces no puede evitar que le vengan y se queden ahí un día o dos días o incluso un mes entero. Una vez su madre escuchó un ruido enorme en su cuarto. 
- ¿Otra vez estás domando leones, Tristancho?
- No, mamá, es que he tenido una idea, y ha sonado como un cañonazo, ya sabes -
- No te preocupes, se te pasará pronto. A tu padre hace muchos años que no le pasa eso.-

12 Cosas que se pueden ser de mayor

Al ver el mar por primera vez, Tristancho quiso ser marinero. Se vio en cubierta. El barco, enorme. Las olas, de dos en dos, de tres en tres, volteaban el barco. Olas grandes como torres de iglesia. Tanta agua imaginó que Tristancho acabó resfriado. 
- Pero, hijo mío, si siempre te llevo bien abrigado. ¿Cómo es que te has resfriado?
- Porque pensé en que quería ser marinero, y hubo una tormenta y casi naufragamos -
- Pues a la cama. Los catarros se curan en cama. Hoy no vas al colegio, - sentenció su madre.
Le puso en la mesita un buen puñado de tebeos y de libros. 
- Que no se aburra el niño - dijo su padre, en la puerta de la habitación-
Tristancho, al ver la montaña de libros, pensó en ser alpinista. Un oficio estupendo el de alpinista. Se vio vestido de alpinista, con cuerdas de alpinista, pico de alpinista y hasta un casco de alpinista. La pared era alta, pero él no tenía miedo. De pronto estornudó. Es que un alpinista no puede escalar una montaña con un resfriado como el suyo. Así que dejó de ser alpinista. Se limpió los mocos y dejó el pañuelo en la cima. Después de marinero y alpinista, Tristancho probó buzo, domador de panteras negras, guardaespaldas de una cantante famosa y boxeador. Y a todo le vio falta. La culpa la tenían los estornudos. No se puede ser buzo y tener un estornudo. La escafandra se te llena de mocos. No se puede ser domador de panteras negras y tener un estornudo. En un descuido de ésos, se te echa encima el bicho y te parte en dos de un bocado. 
- Seré escritor de cuentos- dijo Tristancho en voz alta, poco antes de caer rendido por el sueño y por los estornudos.- Y haré de buzo y de alpinista y de domador y no habrá moco que me venza.

13 Sopas de letras

No hay cosa más aburrida en el mundo que tomarse un plato de sopa, aunque esté calentita. Fría no es que sea una cosa aburrida. No. Fría es insoportable. Tristancho es incapaz de tomársela con una sonrisa. No hay manera. Hasta que un día su mamá compró un sobre de sopa de letras. Allí estaban la a y la b y la m. Todas.Y los números. El 1. El 2. El 9. Todos. La h no la vio. Será porque es muda. La sopa de letras que no tiene h no es ni indigesta, pensó. Al enterrar la cuchara en la sopa, Tristancho comprendió que la sopa de letras también era aburrida. Cada letra a su aire o a su sopa. Todos los números a su bola o por su cuenta. 
- Mamá, qué aburrido es tomar sopa. Unos huevos con chorizo es lo que quiero. - gritó.
- Mira bien la sopa, Tristancho. No la has mirado bien. ¿Has mirado bien la sopa? Coge la cuchara sopera, de sopa de letras soperas, y mueve la sopa. ¿La estás moviendo? - dijo la madre mientras fregaba los platos.
Tristancho hizo lo que su madre le pidió y se quedó helado. Como un polo de fresa recién sacado del congelador. Las letras, dentro de la sopa, brincaban, se estiraban, bailaban como si estuviesen locas. La sopa de letras había perdido un tornillo. Cuando el baile de letras terminó, Tristancho sacó la cuchara de la sopa y leyó:

JOVEN TONTO, LAS LETRAS ESTAMOS MUY BUENAS. CÓMENOS, JOVEN TONTO.

Y claro, el bueno de Tristancho se tomó toda la sopa en cinco cucharadas. Se la tomó ese día y se la tomó el otro y hoy todavía se la toma y nota en la panza que las letras brincan y bailan y escriben cosas. No las lee, porque no sabe leer cosas dentro de la panza, pero sabe que son divertidas. Y le hacen reír. Y le hacen pensar que la vida es maravillosa desde que su madre le compró un sobre de sopa de letras sin h. 

14 Un nombre nuevo

Harto de llamarse Tristancho, Tristancho quiso dejar de llamarse Tristancho. Probó con un nombre y luego con otro y con otro más hasta que le dolió la lengua de tanto decir nombres. Ninguno le gustaba lo suficiente como para esconder el suyo en el cajón de los calcetines. Así que en vez de decirlos, los fue escribiendo. Cogió el cuaderno de Conocimiento del Medio y se fue a la última página. Y allí empezó a escribir nombres conforme le iban viniendo. Miraba las letras juntas y les daba la vuelta y les cambiaba el orden a las sílabas que formaban. No debía ser un nombre de ningún niño de su clase. Ni siquiera un nombre que alguien pudiese tener en el bloque de al lado o en la cola de la charcutería. Un nombre como Popof estaría bien. Popof. Popof. No solo lo escribíó un montón escandaloso de veces sino que lo pronunció un montón escandaloso de veces más.
- Popof suena a jefe de pista de un circo ruso, Tristancho - oyó una voz en su cabeza.
No era la primera vez que tenía voces en su cabeza. Normalmente venían para darle consejos. Consejos buenos. Los mejores consejos. Después de Popof, le vino Ajonjolí, Paraninfo, Segisgato, Clarkent y Tomajok. Todo el santo día estuvo Tristancho, ay, bueno, lo que sea, como se llame, escribiendo nombres y recitándolos en voz alta, esmerándose en cómo los decía, abriendo mucho la boca y dejando que las palabras salieran limpias y acrobáticas, como un hijo de Popof haciendo piruetas en la pisa central del Gran Circo de Moscú. Poniéndose y quitándose nombres, se hizo de noche. Y el sueño le venció. Antes de que le ganara del todo, pensó Tristancho que sería el sueño el que le daría un nombre y que amanecería con el nombre en sus labios. Por la mañana, recordó un sueño en donde escapaba de alguien. Calles estrechas. Un vagón de tren. Tigres de Bengala. Los sueños de Tristancho son así.
- ¿Tienes ya un nombre, Tristancho? - le preguntó su voz en la cabeza.
- Tristancho de Carambel. El mejor nombre del mundo. No hay ninguno mejor. Ninguno que suene más atrevido ni que asuste más al enemigo.
- Pero si tú no tienes enemigos - se rió la voz.
- Pero los tendré. Todos los adultos los tienen -

15 Ulises

Ulises había nacido en alta mar. Este Ulises, por lo menos. En la pared de su cuarto, Tristancho tenía un mapa del mundo y una cruz marcaba el lugar en que había nacido Ulises. En los días de marea, la cruz se mueve. Hay ocasiones en que Ulises nace en mitad del Atlántico y otras en que el barco en que nació está en las costas de Cuba o de Islandia. Todo depende de la luna, le ha dicho su madre. 
- ¿Y tú cómo sabes de las cosas del mar y de la luna? - le preguntó.
- Porque tuve un novio que era marinero.-
Desde entonces, Tristancho le habla al mapa todos los dias. Su hermano Ulises está dentro. Lo escucha. No hay día en que no tenga que poner a secar el mapa en el alféizar de la ventana. Esas son las cosas que pasa cuando se tiene un hermano metido en un mapa. 

16 Una de inventos

Tristancho quiso inventar algo que nadie hubiese inventado antes, pero no daba con la tecla primera. La tecla que hace luego pulses las demás teclas. La tecla mágica. La gran tecla. No daba resultado pensar ni tampoco dejar de pensar. Si pensaba mucho, se le ponía la mente en blanco.Si pensaba poco, se le ponía la mente en blanco. Si no pensaba, se le ponía la mente en blanco. Pensase lo que pensase, pensase o no pensase, mente en blanco. En un hueco entre pensar mucho y pensar poco, se le ocurrió una idea que solo podía haber pensado él. Inventaría cosas inventadas. En un periquete, inventó la rueda, el teléfono, la televisión, la aspirina, la goma de borrar, el pegamento, los autobuses, los smartphones y la pasta de dientes.Tomó un poco de aire, se preparó un bocadillo de mortadela siciliana y empezó a inventar de nuevo. Ahí dio con la tecla de los cortauñas, el microondas, los lápices de memoria y la cuchara. Como vio que la rueda que había inventada no estaba redonda del todo, volvió a inventarla otra vez. Esta vez, redonda del todo, claro. El lápiz de memoria tendría más capacidad. El autobús, más plazas. Así fue repasando todo lo que estaba inventado y a todo le daba un toque tristanchero

11 comentarios:

  1. Me gustó muchísimo. Me recordaste, sobre todo al principio, a Gianni Rodari. Veía la cara de pillastre de Tristancho. Luego, poco a poco, ha ido apareciendo tu amigo K.
    También me gustó. Gracias
    Pedrodel

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  2. Gracias, Emilio-Tristancho, por este collar de cuentos.
    Me quedo con el del lápiz inagotable.
    También con el de Ulises (por alusiones).

    No sé bien quién dijo que estamos condenados a buscar El Niño que fuimos dentro de las interminables capas del adulto que somos, pero tiene razón. Me descubro en los ojos de hijo Ulises, en sus juegos me descubro.

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  3. Ahí está el amigo, que me conoce, viendo dónde sale K. o dónde no, si está el maestro o el padre o el amigo. Está bien leer así, con otra perspectiva. Me dieron ganas de ponerlos todos, pero saldría una novela más que un post de Barra.

    El collar fue una delicia mientras se escribió. Ahora los releo, acabo de hacerlo, y me parecen de otro, no míos. He escrito poca literatura infantil o juvenil, pero creo que me encanta. Tiene uno la cabeza muy sucia para pensar en limpio, aun queriendo. El niño está dentro, Ramón. Llevas razón en lo de Ulises, no caí cuando lo escribí. Pues léeselo a tu hijo, y a ver qué dice...

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  4. Sencillamente geniales...

    Pedro

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  5. Estos cuentos son buenísimos, los descubrí anoche y leí la mayor parte. Esta mañana quería saber más sobre las peripecias de Tristancho, así que los he leído todos. Te felicito, están resueltos con maestría.
    Un saludo.
    Setefilla.

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  6. Tristancho es mi nuevo héroe.
    Opino como Setefilla: quiero más historias.

    Adriana Martín

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  7. Ana Mohedano25 febrero, 2014

    Nunca fui un lector de libros infantiles-juveniles, No porque no tenga oportunidad -mi hija los devora, uno a uno, uno después de otro - sino porque creemos que ya no somos niños. Hoy Tristancho de Carabel me ha hecho sentirme como mi hija. Se los he pasado, y me ha mandado imprimirlos. Enhorabuena...Sinceras felicitaciones!!!!!

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  8. Ramón Arévalo25 febrero, 2014

    Me encantaron todos; mucho, el del ojo, que es de una maestría absoluta.
    Tristancho es el héroe del día, es cierto.
    saludos, buena gente de barra-.-

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  9. Lo mejor de este cuento o de este collar de cuentos ha sido el maravilloso e improvisado actor que ha llevado uno a escena: Ulises. Por eso valen la pena todas estas cosas.

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  10. Solo hay una forma en que decirlo no me haga ponerme demasiado halagadora: me ha gustado mucho, muchísimo, pero podría decirlo de otra manera y hacer que te sientas mal. Llevas unos días que te sales, entre unos textos y otros. Este es uno de los que salen del corazón, y del corazón de un maestro, qué más podemos pedir. Ea, ya está.

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  11. No había vuelto a disfrutar tanto desde aquellos tiempos de Maricastaña en los que mi abuelo Juan Manuel me contaba, durante las siestas del verano, los cuentos "al amor de la lumbre" (en este caso, LA calor) que fueron la madre de toda la literatura.
    Gracias, tío Emilio.

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