La comisión de la sangre


   El empeño narrativo de los que integramos la Barra Libre tiene que ver en esta ocasión con la novela. Como no podíamos escribir una entera en tan poco tiempo o como no cabría en el blog o incluso como no es manera de escribir cinco novelas o de hacer una a cinco manos (diez en realidad), decidimos dejar aquí un primer capítulo de una novela hipotética. Quién sabe si este capricho conduce a que alguno continuemos la nuestra. No va a ser mi caso. De cualquier manera, aquí está la mía.



Aquel que es incapaz de vivir en sociedad, o que no la necesita porque se basta a sí mismo, es o bien una bestia o un dios.
Aristóteles, Política

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   Hay veces en que es mejor morirse, hay días en que el corazón estalla dentro del pecho, hay recuerdos que son insoportables. El más oscuro, el recuerdo que más duele, es el de mi padre, hace como treinta años, corriendo por el jardín, tropezando y cayendo, levantándose, implorando no sé ahora con qué palabras la piedad que en ese momento yo no estaba dispuesto a darle. Ayer volví a verle. Tenía la cara desencajada. Quizá se la estregaba el miedo. Es una cosa curiosa el miedo. Hace que todo el cuerpo sea un arma. Está uno alerta como si la vida pudiese escaparse en un instante y pudiéramos evitarlo haciendo un gesto o diciendo unas palabras. Las que mi padre me dijo no valieron de mucho. Ninguno de los dos tenía interés en intimar. Creo que mi descenso a los infiernos comenzó en esa persecución en el jardín, hace como treinta años. Fue César el que me detuvo. Me golpeó hasta lastimarse la mano, me insultó hasta que la voz se le abroncó y nada de lo que decía podía entenderse. Eran golpes también las palabras. Nada de todo eso que viví lo recuerdo con especial nitidez, pero no es posible que mi memoria sacrifique la imagen de mi padre, tropezando y cayendo, levantándose, ya lo he dicho, incapaz de comprender cómo habíamos llegado a esa situación. A César no he vuelto a verle. He borrado su cara. No hay nada en mi cabeza que me conduzca a César. El hermano mayor de los juegos antiguos ha desaparecido casi por completo. Recuerdo la voz agitada, acompasada a la brutalidad absoluta de sus manos partiéndome la nariz, sacándome un ojo de su cuenca, hundiendo mi cara. Está hundida todavía. Ya casi no le hago aprecio. De noche, cuando todos duermen, cierro los ojos y repaso con la yema de mis dedos su contorno. Como un ciego de manos precursoras. Como un dios que repasara la obra recién arrojada al mundo. Con los años he aprendido a ir comprendiendo las causas y los azares. Estos últimos días me he impuesto la tarea de repasarlo todo, de ir abriendo y cerrando puertas que dan a habitaciones en donde he estado. Debe haber alguna en la que yo sea puro y no haya entrado todavía en mí la oscuridad. La verdad no sé cómo llamarla. Oscuridad está bien. Habrá palabras mejores, pero ahora esa me vale, conviene al propósito de lo que estoy decidido a contarles o lo que alcance a recordar.

   Hasta donde yo recuerdo empezó en el mismo jardín en el que mi padre huye. Estaba en la trasera de la casa de la familia. Un poco más allá estaba la playa. Uno de los placeres a los que no he renunciado es a contemplar el mar. No hace falta incluir el baño en esa delicadeza de mi espíritu. Basta estar de pie, en la orilla, dejando que las olas laman tus pies, permitiendo al sol ocuparse de tu carne, que está huérfana de afectos y se pone tierna y amorosa cuando un pequeño cuidado la consuela. Era el mar y era el jardín. Los hermanos íbamos de un sitio a otro. Solo Ana se rezagaba, quejosa, molesta con la idea de que fueran los juegos de los chicos los que ocupasen la mañana. A César y a mí nos encantaba jugar con la arena. Imagino que haríamos castillos fabulosos. O quizá no. Ya digo que no tengo soltura en algunas partes de mi vida. Es como si el mal que he causado hubiese extirpado el bien que alguna vez hice. Como si yo fuese en verdad otro y Jacobo se hubiese quedado en algún párrafo antiguo, perdido en un episodio más o menos irrelevante, de juegos a la caída de la tarde en la playa, justo antes de que madre nos llamara desde la casa y nos invitase, no siempre amablemente, a que nos laváramos y nos preparásemos para la cena. Fueron tiempos felices, pero ahora son una extensión poco fiable de mi nostalgia. Entonces no existía la muerte, no estallaba el corazón dentro del pecho y todos los recuerdos eran dulces y nos hacían sonreír y sentirnos los seres más alegres del universo. 

   Una de esas tardes formidables de castillos en la arena maté un pez. Lo cogí accidentalmente, sin un empeño. Brincando entre mis manos, oliendo como huelen los peces cuando los mece el viento, me sentí turbado. No creo que nunca haya sentido una sensación parecida. De mí dependía que el pez volviese al agua o que lo sacase a la orilla y observase cómo daría los previsibles estertores antes de que madre nos dijese si era comestible o no. Lo dejé al sol. La arena ensuciaba su lomo de plata. No importa ahora si era grande o si era hermoso. Era un pez y yo era el que iba a arrebatarle su pequeñísima existencia. A Ana le pareció un acto de una crueldad enorme. No lo digo ahora porque recuerde qué dijo Ana entonces. Han pasado muchos años y no me manejo bien en hilvanar con tino lo que se me viene a la cabeza. Mezclo lo que pasó con lo que querría que hubiese pasado. Fue Ana la que me refirió la anécdota del pez. Me visitó el viernes pasado. Me dijo tres obviedades y me confesó un par de menudencias domésticas. Que su marido la aburría, que iba de bares con unas amigas un poco promiscuas y que le encantaría quedarse nuevamente embarazada. Habiendo sido yo un hijo tan deplorable, no soy un ser especialmente  feliz con la idea de que vengan más niños al mundo. Por mí como si ya ha nacido el último y la mierda de la humanidad se va directa al infierno, que es de donde yo vengo. Oigo a mi hermana porque me ha sentirme parte de algo. Presiento que terminaré por mandarla a la mierda a ella también y corresponderle en materia de confesiones con una que no va a hacerle ninguna gracia. Retraso ese momento de explosión familiar. Me agrada que venga. No suelo salir de un par de frases hechas. Las digo con todo el laconismo que puedo. Me censuro el entusiasmo. No estoy en disposición de exhibir entusiasmo en las condiciones en la que estoy. Hace ya demasiado tiempo que no poseo esa virtud, la alegría. En su lugar, poseo el dolor. O el dolor me posee a mí. Andamos los dos a menudo como si esta intimidad nos conviniese. Es una vida austera la nuestra. No puede ser otro tipo de vida. ¿Cómo podría tenerla? Por eso lucho contra la enfermedad, contra el olvido, y fuerzo las palabras y saco de adentro el relato de lo que fui o la sustancia de lo que soy ahora. No habrá un después, no tendré un mañana, no estaré aquí para confirmar que mi confidencia ha conmovido a alguien. En realidad no tengo la sensación de que esté escribiendo para que los demás me lean. Escribo para ordenar lo que pienso. En cierto modo escribir es un acto de disciplina, una manera de escapar de la locura, una posibilidad de administrar el mundo. 

   En esta celda sin distracciones no me faltan libros. Nunca he leído con verdadero arrobo. Tenía otros asuntos de los que preocuparme o no tenía ninguno y prefería dejarme llevar, andar a cien, correr a mil, pensar que el mundo era una ostra inmensa y que yo estaba en el centro exacto. A veces todo ocurre por primera vez cuando uno escribe. Los clavos se van remachando. Todo queda registrado. A salvo de la quema de las horas. Una vez pensé que maté porque todavía no había descubierto el placer de la escritura. Que en todos los escritores del  mundo hay un asesino en serie. No hace falta que escriban novela negra o que sus argumentos sean la retorcida evidencia de un mundo corrompiéndose, salpicado de sangre y de óxido, repartido entre pervertidos de diferente rango, pero pervertidos al cabo. Yo debo ser un pervertido en proceso de redención, uno que se está ocupando de sí mismo por primera vez en la vida . A veces todo ocurre por primera vez. El espejo nos informa de alguien a quien no conocemos. Las palabras que decimos declaran sentimientos que no creíamos tener. Los gestos que hacemos revelan la existencia de un corazón humano, que late y desea seguir latiendo. No sabemos quiénes somos, no tenemos a mano ninguna información fiable, solo confiamos en la memoria, que es un organismo ajeno a nuestra voluntad, sobre la que no tenemos control alguno. La paradoja consiste en que yo no he perdido el esplendor de la sangre, aunque ahora entienda que me equivoqué y no se me ocurra ni siquiera poner trabas a la ejecutoria de la pena y sepa que moriré aquí dentro o que saldré a la calle en treinta años, cuando mi cabeza sea otra cosa y no sepa qué manos son las que tocan mi rostro o qué dicen de mí cuando refieren al asesino Nicolás Acevedo, el que todavía no se le había limpiado el alma, del que solo se conocían los crímenes.

   Lo que no puedo sacar de mi cabeza es a mi padre huyendo. Siempre está ahí. Si me esmero, dejo de pensar en todos los muertos que he ido dejando antes de acabar aquí. Yo tenía quince años, o creo que debía tener quince años, cuando lo del pez. Quizá no eran quince. Ahora parece que sucedió hace medio siglo. Después del pez, algunos años más tarde, encontré a Fabián. En todo era como el pez sacrificado. Le faltaba la tonalidad plateada, pero cuando me puse a horcajadas sobre él y le apreté el cuello, se agitaba de la misma forma y casi diría que tenía ojos de pez cuando parpadeó por última vez y se quedó mirándome, contemplando al autor de esa pieza de la trama de su existencia. Yo fui la causa primordial de esa mirada. La repetí como pude. Buscaba esa concesión inargumentable en la que alguien no posee en su cabeza otro pensamiento que no sea el que yo le proyecto. Ahora, tanto tiempo después, descubro aterrorizado que no hay ninguna verdad en eso que me pareció tan sublime. Fabián pensaría en su madre o en la cena que le estaba esperando en casa o en los ángeles de los cuadros en las iglesias o en la lluvia que no volvería a ver nunca.. Al final es el padre el que el vuelve, cabalgando a través de la noche y el viento, el padre con el hijo, como escribió Goethe. Si es verdad que al morir, en esos instantes que preceden al agotamiento del corazón, desfila la vida entera, acelerada prodigiosamente, mi padre debió dedicar los suyos a la búsqueda del momento en que su hijo se malogró. En algún episodio perdido, alojado en el libro de su memoria, debía estar el acontecimiento crucial, el que hizo de mí lo que todo el mundo conoce, el que se extravió en el vértigo dulce de la sangre. De todos los demás, de los muertos acumulados, ninguno habría que elegiese ese momento en el tiempo. Lo que dolía era la ignorancia, la sospecha de que la muerte va a su aire, aunque sea uno mismo el que la reclame para los otros, el que la busque y la aplique con oficio. 

   El joven Nicolás Acevedo ordenó su vida a poco que dejó su casa. Los años en los reformatorios no lo marcaron más que la pérdida de una amistad o el dolor primerizo cuando la mujer a la que se ama te ignora. A los veinte años logró un puesto en un periódico de provincias. Al principio no tuve interés en el manejo de las noticias, en cómo se amueblaban de palabras las hojas en blanco en las máquinas de escribir. Solo traía y llevaba cartas, solo se preocupaba de tener al día la mesa de los redactores principales. Con alguno trabó amistad, de alguno todavía hoy guarda un grato recuerdo. Son personas a las que nunca mataría. No incomodaban su estancia en la tierra. Podían convivir los dos, el muerto especulado y el asesino razonable. Pronto ese becario tímido dejó de ser meticuloso. Consiguió que no le afectara mucho que le despidieran. No le extrañó. Ni había ganado méritos ni tampoco se había labrado una reputación a la que agredir con un despido. Fuera de casa, lejos de la madre, sin pensar en César ni en Ana, muy solo y muy feliz en el mundo, así empezó el relato que en adelante va a contarse. No se omitirán las circunstancias cruentas, que las hubo, ni se rebajará el desempeño de la verdad. No hay nada que adornar. No está la poesía por aquí rondando, aunque se encuentre si la busca a conciencia. Está Nicolás Acevedo, está la sangre, está el padre corriendo, jardín adentro, hacia el fondo inabarcable de los recuerdos. Y está mi padre, llevándome a hombros, en el pasado imposible, en un camino que ya no existe, en los dominios del corazón. A este Nicolás Acevedo adulto, consciente de los delitos, conforme con el cargo que le han impuesto, le concierne la comisión de la sangre, la rendición de los hechos. Rezo para que no se contamine el relato. 

6 comentarios:

  1. Dan ganas de saber más, que es el propósito de toda (buena) novela. Ëncomiable el propósito de esta reunión de amigos que escriben por el placer de escribir, y se lo toman en serio.
    La historia de César, de Ana y de Nicolás merece una continuación.
    Crea una atmósfera insana, pero adictiva.

    Carmen Ortega

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  2. Confieso que tenía curiosidad en leer el primer capítulo de una 'novela' de Emilio. Un engranaje narrativo, mezcla de disertaciones pulidas en los intersticios oscuros de nuestro deseo. Tras este primer capítulo sin segundo se revelan la estela de todos los temas y el estilo de Emilio. Disgresión intravertida, piruela narrativa, aceptación irredenta de contradicciones propias. Y de fondo el género que ama, el noir. La negritud del alma como acceso redentor, o si acaso como alivio de dar nombre a lo inefable. Detecto también en el macguffin del padre huyente la psicoanalítica de la culpa, originada por el devenir de nuestra identidad filogenética. Huella sucia sin posibilidad de ser limpiada; a lo más conseguimos, oráculo dixit, arañar la escama superficial de nuestra biografía espiritual.

    Lo dicho, disfruté contemplando a un Emilio estirando su verbo, obligado ex nihilo a mantener vivo a su personaje. Entregar el cetro sagrado al punto y aparte.

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  3. Capítulo de novela negra sobre fondo gris. Imposible no identificar tu estilo en la forma de contemplar el mundo y en la manera de expresar las cosas. Pena que no quieras seguir trama tan inquietante. Te animo a que lo hagas. Muy interesante.

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  5. Concebida esta historia para ser voluntariamente abortada, habremos de salvarla con el espíritu de los lectores puros (pero sin ley). Aquellos que con la imaginación creeremos que la sangre es el camino que nos llevará, si no a la comisión, por lo menos a su consumación. Los hechos van a suceder. Estaba escrito.

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  6. Soy de las que va a la librería y espía las primeras hojas para ver si el libro merece o no la pena. Sé que es injusto con el pobre escritor, pero si el gancho no está en la entrada, es imposible pensar en querer más.
    Tu primer capítulo me tiene así, ansiosa por saber, por querer leer el resto, por más. ¿Estás seguro, Emilio, que termina acá?

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