Apócrifo



Corrían malos tiempos; malos para el pueblo elegido, pero suculentos para este incipiente periodista, redactor en un viejo periodicucho de provincias, Ad absurdum, que sobrevivía gracias al mecenazgo de romanos conversos que desde la clandestinidad y adaptados desde décadas al judaísmo, casados con judías, circuncidados en secreto, renegaban a su forma contra los excesos de la pax romana. Ese era yo hace veintitantos años: un joven ávido de noticias frescas, cuanto más truculentas mejor. La dominación romana era el hándicap perfecto para cubrir cada día al menos seis papiros. Entre los impuestos abrasivos de los procuradores, la persistente guerrilla de zelotes, el ruido de los pseudo profetas en la plaza y cientos de mesías diletantes en busca de un minuto de gloria, tenía rotativa para una semana. En unos años logré decenas de informadores por toda Judea, dispuestos a soplarme una noticia incunable por un mísero lepton. Fue por aquella fecha cuando llegó a mis oídos una historia increíble que solo ahora me atrevo a publicar, por respeto a mi fuente. Fue en boca de un lacayo de Zadoq; sí, ese mismo, aquel que fundara años atrás el movimiento independentista judaico, un huraño fariseo reconvertido en azote de centuriones. Tengo algo para ti, algo que te cubrirá de gloria, me dijo. Al parecer alguien quería hablar conmigo, solo conmigo. Mi chivato me aseguró que se trataba de un bombazo, una noticia que haría removerse de su tumba al mismísimo Salomón. Mi desconfianza solo podía ser superada por mi curiosidad, de ahí que pese al peligro que corría al aceptar una cita nocturna con vete tú a saber quién, acabé cediendo por mero orgullo profesional. Por aquel entonces, Séforis era un cuartel blindado por varias cohortes que vigilaban cada esquina en busca de insurgentes. Debía ir con cuidado, no respetar el toque de queda promulgado tras la revuelta contra el censo era castigado con la amputación de una mano; la otra mano y un ojo para aquel que reincidía. Los perros callejeros agradecerían este improvisado manjar; el perímetro de las murallas se convirtió en pocos años en un manto de metacarpos y falanges. La mitad de los seforianos acabaron tullidos. 

Tras varios zigzags, huyendo de la soldadesca, llegamos a un terreno baldío, a las afueras del poblado, adornado tan solo por un par de sicomoros resecos y lo que parecía una vivienda de poco más de un par de cañas de medir. Dentro iluminaba la estancia un candil herodiano, creando extrañas siluetas en el techo; un anciano alto y espigado, con aspecto de esenio, oculto su rostro bajo una capucha de esparto, comía un mendrugo aceitado. Al vernos llegar, izó su rostro huesudo y clavó su mirada sobre mí. Por un momento quizá pensó haberse equivocado al concertar la cita, o quizá desconfiara de mi identidad; no era para menos. En cualquier caso, no tardó en alzar su mano e invitarme a sentarme junto a él. Debo confesarme, dijo. Aquello me desconcertó; esperaba que mi confidente fuera un aprovechado o un zelote en busca de propaganda, pero no; por el tono de su voz intuía que se trataba de un hombre honesto en busca de redención. Tengo un sexto sentido para las personas; sé por experiencia si alguien miente, viene con verdades a medias o sale de su alma la verdad; y este individuo era de fiar, os lo aseguro. Tardaría poco tiempo en confirmar mi augurio.

A solas, bajo aquella choza de adobe y ramas, comenzó su relato, sin más preámbulo que una extraña petición: Aquello que voy a contarle debe quedar entre usted y yo, no debe ser publicado hasta después de mi muerte. No quise importunarle, temiendo que mi escepticismo silenciara su voluntad. Asentí sin más y escuché. Intentaré transcribir sus palabras lo más fielmente que pueda. Por ventura, al llegar a casa pasé el resto de la noche escribiendo su confesión, desconfiando de que mi memoria desfalleciera. Hasta hoy ha permanecido oculta en un talit, a la espera de poder compartirla. En no pocas ocasiones he estado tentado de sacarla a la luz, de desvelar su verdad a fieles y paganos, pero tal fue la honda impresión que causaron en mí las palabras de aquel hombre que enmudecí, en contra de mi natural querencia a la incontinencia informativa. He aquí sus palabras:

Nací en Nazaret; eso sí que es cierto. Pocas cosas se dirían de mí años después que obedezcan a la verdad. También lo es que mis padres eran artesanos y yo mismo acabaría heredando la carpintería que durante más de cien años regentara con sabiduría y rectitud el padre de mi padre y también su padre. Hasta la edad de 17 años no era diferente a cualquier otro judío temeroso de Yahveh. Pero debido a no sabemos qué pecado de mis antepasados, acabé siendo el hombre más desdichado que haya existido sobre la faz de esta tierra. Una mañana soleada -aún la recuerdo como le veo a usted en este momento- andaba yo afanado en pulir un par de tablones, un encargo entre tantos otros que realizaba cada día para el gobernador romano. Por aquel entonces era habitual crucificar un día sí y otro también como escarmiento, cuando no como mero entretenimiento para la tropa. De ahí que el oficio de carpintero fuera esencial para el mantenimiento del orden imperial. Pero volvamos a aquella mañana. Me ausenté unos minutos para rellenar un par de pieles con agua de un pozo cercano, y allí estaba ella. Ojos como de palomas, cabello como manada de cabras. Labios de hilo de grana, habla hermosa; sus mejillas, dos granadas rebosantes. Así la sentía mi entendimiento y mi voluntad. No era lujuria, no, téngalo por seguro; mi amor fue desde el comienzo sincero. Al principio no nos hablamos; apenas podía emitir un leve gruñido en su presencia. Hasta salivar me costaba, no fuera a notar mi aprecio. Tan era mi cándida timidez. Pero ella bien sabía desde el primer día que mi corazón prendía ante su mera contemplación. Hoy, más sabio por viejo que por letrado, no me recrimino mi honesto cariño hacia ella, pero sí mi ignorancia en relación a lo sucedido meses después. Su silencio y distancia dieron paso en pocas semanas a miradas cómplices, roces fingidos de involuntariedad al pie del brocal, una frase hilada al vuelo, y al final, como premio a mis esfuerzos, su voz, canto celestial para mis oídos. 

Apenas terció un par de semanas y su padre, de nombre Joaquín, apareció de la nada, reclamando su mano en pago de su honra. Ni siquiera sabía su nombre: María, María. Hoy puedo hablar claro y sin miedo a aquellos que durante décadas han sellado mis labios. María, con poco más de 13 años, fue sorprendida cuando alimentaba animales por un rudo centurión recién llegado, superviviente de la emboscada de tres legiones a manos del bárbaro Arminio, allá por tierras de aquellos a quienes se conocen como germanos. Destinado en Galilea, Quintilio -así se llamaba- quizá en prenda por su exilio involuntario a estas tierras, creyó justo compensar sus servicios a Augusto cubriendo a María. Sus padres, deshonrados e impotentes, buscaron sin éxito y con celeridad un chivo que expiara la culpa y de paso cubriera las apariencias. He aquí que aparecí yo en escena como nexo conciliador de este drama familiar. De la noche a la mañana fui acusado por sus padres de haber mancillado a su hija y obligado por reducción al absurdo a contraer santo matrimonio. Mi primera reacción fue negarme a servir de animal de sacrificio, pero mis futuros suegros se encargaron de dosificar aviesamente  entre los vecinos suficiente información como para que en pocos días nadie en decenas de kilómetros requiriera de nuevo de mis servicios como carpintero. De ser un honrado y habilidoso artesano pasé a convertirme en un leproso. Por esta razón, contra mi voluntad, me vi forzado a casarme con María y a huir la noche siguiente hacia Belén, a fin de evitar que la preñez llegara a ser más explícita a ojos de los fariseos. 

Años después llegaría a mis oídos que Herodes, instado por el mismísimo emperador Augusto, ordenó dar muerte a todos los niños recién nacidos en aquella comarca. Una masacre de la que por suerte salimos ilesos gracias a que logramos ocultarnos en un mísero pesebre; veintitrés días permanecimos al calor de las bestias. Al parecer, Quintilio, padre natural de mi hijo, era sobrino de la mismísima Agripa, quien dispuso a la mayor brevedad la eliminación de cualquier prueba que pudiera ensombrecer la futura carrera política del que por entonces era tan solo un centurión como tantos otros, desahogando sus necesidades sobre carne pagana. Sin embargo, Quintilio apenas llegaría a ser algo más que Primus Pilus y moriría años después a manos de bárbaros en tierras remotas. Me consuelo con la esperanza de que su muerte fuera lenta y dolorosa.

Hasta aquí puede que mi relato ofrezca poco más que un interés dramático y tenga más naturaleza de cuento para divertir a los niños en una noche oscura que de verdadera revelación. Sin embargo, déjeme que siga y verá que merece la pena la espera. En aquel pesebre vi aparecer por primera vez la cabeza de mi hijo, al que llamaríamos Jesús en honor al pastor que nos dio cobijo durante nuestro cautiverio. Permanecimos lejos de Judea durante ocho largos años. A nuestra vuelva, exentos de explicaciones y libres de peligro, intentamos sin éxito rehacer nuestra vida. La desgracia no sobrevino a causa de penurias económicas; al contrario, la carpintería funcionaba a pleno rendimiento y nunca vi en mi vida entrar tantos denarios. Sin embargo, María nunca fue la misma. Al regresar a Nazaret, los demonios de su juventud regresaron y pronto se vio sumida en una profunda oscuridad de la que nunca logró recuperarse, pese a mis esfuerzos. Comenzó a reunirse con un grupo de zelotes, comandados por Judas el Galileo, que le metieron en la cabeza extrañas ideas sobre el origen de nuestro hijo. Regresaba de aquellas reuniones clandestinas como poseída, afirmando que nuestro hijo era el mismísimo Mesías, el hijo de Dios. Yo la conminaba a reprimir sus accesos en público, temeroso de que su locura llegara a oídos del Sanedrín. Intenté hacer todo lo que estaba en mi mano para que las ensoñaciones de María no afectaran a Jesús, pero de nada sirvió. Acabó inoculando en mi pequeño la idea de que no era un hombre cualquiera, sino el hijo de Dios en la tierra. Que antes de que naciera un ángel de Yahveh entró en su casa y le anunció que daría a luz un hijo, pese a no haber conocido varón; que ese niño crecería y se convertiría en el Mesías, salvador de Israel. El resto de la historia es bien conocida por estas tierras. A los 23 años de edad mi hijo salió de casa para no volver; se fue a vivir con un grupo de iluminados que creyeron sus alucinaciones y acabó -ironías de la vida- crucificado en maderas fabricadas por mí. Y aún los hay que siguen creyendo tales patrañas para justificar que algún día Yahveh tendrá a bien salvar a su pueblo elegido. 

Pero no se agota aquí mi perplejidad. Pocos años después de que Jesús se emancipara, María apenas pasaba por casa. Andaba todo el día siguiendo los pasos de su hijo, rezando a Dios por haberla elegido como madre del Mesías y pasando el día con su secta habitual de zelotes y esenios nacionalistas, esperanzados en que Jesús fuera realmente el azote definitivo que obligara a los romanos a salir de nuestra tierra y restaurara la grandeza vivida en tiempos de Salomón. Por supuesto, nada de eso sucedió. Mi hijo acabó asesinado a causa de su propia estupidez, víctima de la locura de su madre y de miles de lunáticos, presos de esta escatología redentorista. Todo se hunde a nuestro paso, mi paciente amigo, todo. Nada de aquello que vimos crecer pervive. No tardé ni dos años en abandonar a María. Emigré a Samaria en busca de paz. Hace poco más de un año, un viejo amigo de mis años de adolescente vino a visitarme y me confesó muy arrepentido haber sido durante media vida un fiel zelote, mano derecha de Judas el Galileo. No podía aguantar el peso que había cargado sobre su corazón todo este tiempo y deseaba aliviarse, narrándome con todo tipo de detalle la intrincada conspiración que había tenido a mi hijo como principal protagonista, siendo éste inconsciente de los hilos que sostenían su fatal destino. Al parecer, el frente revolucionario para la liberación de Israel se había enterado del origen romano de Jesús y de que este hecho había provocado la famosa masacre de inocentes. Aprovechando esta circunstancia, urdieron un plan para convertir a Jesús en un instrumento de propaganda independentista. Pero raramente en este mundo caminan de la mano voluntad y realidad. Jesús, pese a los ímprobos esfuerzos de María por vengar su violación, utilizando a su propio hijo como herramienta para sus propósitos de insana redención, voló a su aire, desoyendo a su madre y uniéndose a la secta de los esenios de Qumrán, a los pies del mar Muerto, quienes al igual que los zelotes también esperaban la llegada del Mesías, pero rehuyendo de la violencia como método de persuasión defendían la vía del ascetismo y un concepto más espiritual que político del advenimiento. 

Los zelotes infiltraron en el grupo de Jesús a Judas Iscariote e intentaron aprovechar la ocasión propicia para convertir a mi hijo en mártir, ya que como Mesías dejaba mucho que desear. Esperaban que su muerte provocara una sublevación popular que obligara al ejército romano a replegarse y huir. Como ya sabe usted, esto no solo no sucedió, sino que la represión contra los judíos se ha recrudecido. Y lo que nos queda.

Después de mi partida a Samaria solo volví a ver a María en una ocasión. El día en que murió nuestro hijo. Pero no hablamos; tan solo nos miramos a lo lejos. Poco más. Intenté reprimir mi ira, olvidar el daño que unos y otros habían provocado en Jesús. Ni siquiera tuve voluntad de llorar; no me salían las lágrimas. Un dolor inaguantable ahogaba mi indignación. Corrí entre el gentío que se congregaba ansioso por asistir en primera fila al espectáculo. 

No tardaron mucho en llegar las amenazas. ¡Calla o morirás como tu hijo! Si no me mataron fue quizá por mediación de María. Callé no solo por ellos; necesitaba olvidar, regresar a la rutina, centrarme en el trabajo, dejar que los días pasaran hasta entregar mi alma a Yahveh. Pero hace unos días leí en su periódico que una secta llamada de los cristianos crecía como un incendio por todo Israel, anunciando la segunda venida de Jesús, resucitado de entre los muertos, y pensé que mi historia no puede quedar en el olvido. Sé que me queda poco para abandonar este mundo desquiciado por la superstición y la vileza del poder. Le ruego haga buen uso de mi relato.

Enmudecí. Estaba acostumbrado a recibir información como un mero intercambio de intereses, pero nunca como el episodio biográfico de mis confidentes. Ayer murió José, el carpintero, hijo de carpinteros, padre de Jesús, aquel a quien muchos llaman el Mesías, y esta es su historia.

4 comentarios:

  1. Te cerrarán el periódicoantes de que esta historia vea la luz. Los zelotes te robarán los papiros y la rotativa acabará en el fondo del Mar Muerto. Y tú procura huir con algún ejemplar de Ad Absurdum, porque todavía queda madera para fabricar otra cruz.

    ***

    Siglo después se supo que el único Messi conocido era el as (¡Messi-as!) del Barça.

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  2. Yo tampoco lloraría. Pediría un sponsor o iría por ahí de pueblo en pueblo contando mis tristes cuitas.

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  3. Todo un pedazo de relato que mezcla periodismo de investigación avant la lettre con la vida de Bryan, crónica periodística free lance con novela cristológica y sentidodel humor, histopria con ficción. Me ha recordado mucho una doble novela de Antonio Enrique, "El discípulo amado".

    Un buen cierre del año para la Barra. Lástima que Mariela se pierda el turno y nos deje sin sus hallazgos.

    Fructífero año creativo para los santos bebedores y compinches de este etílico sitio.

    AG

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