Lo hacemos por su bien


Desoyen nuestro gritos, pero miran nuestros correos. Lo dejó escrito El Roto. Lo malo de que nos espíen es la sensación de fragilidad que produce. No es el voyeurismo de quien en alguna ocasión ha mirado a la vecina en el patio, mientras tendía la ropa o el deseo furtivo de saber (sin que haya nada sano en ello) más allá de lo que se nos cuenta. Esas escaramuzas de la líbido o del lado cotilla del cerebro no tienen la gravedad del espionaje severo del que ahora estamos teniendo noticia. Les importa una mierda si llego a fin de mes o si beso a mis hijos cuando los acuesto, si rezo antes de dormir o escucho las malas tertulias deportivas. Valgo por lo que puedo llegar a hacer más que por lo que hago. De mí habrán creado un perfil en el que tendrán anotado asuntos que ni yo mismo conozco. No sé qué utilidad tendrá que adore el bebop o que vuelva a Lovecraft de vez en cuando, como quien peregrina al sótano mismo de todos los miedos. Ellos son los que dan miedo. Piensa uno: qué se creen, qué autoridad poseen para observar cómo me desvisto cada noche, cómo respiro cuando duermo, cómo le hablo a mi mujer cuando tomamos café en la cocina, antes de ir al trabajo. La agresión la justifican a su modo. Caen en la perversión intelectual clásica: lo hago por su bien, señor. Lo hacemos para que no sufra después más de lo necesario. De no hacerlo, paracen contarme, estará usted desvalido, le lloverán las bombas mientras pasea un parque de su pueblo, se mezclará con terroristas en el mercado de abastos, tendrá como vecino a un integrista o a un agitador social. De verdad que no hacemos nada con todo lo que sabemos sobre usted. Solo lo usamos si hay algo sospechoso. Así que no tiene que tener miedo. Salvo que usted sea sospechoso. El mismo hecho de que se queje de que lo espiemos puede revelarnos el grado de sospecha que despierta. No tienes nada que temer si eres inocente. Pero nosotros preferimos adelantarnos. Tenemos millones de discos duros. Cuantos más discos duros tenemos y más datos contienen, más seguro estará usted en su casa, más dulces serán sus sueños. Los nuestros son perfectos. No sé si alguien tendrá pesadillas por hacer el trabajo que hace, pero nosotros dormimos a pierna suelta. Creemos de verdad en lo que hacemos. Caso contrario, si existiese un atisbo de conciencia, nos resultaría difícil conciliar el sueño. Incluso tendríamos pesadillas. Pesadillas del tipo en las que todos mis espiados me atrapan en un callejón y me sacuden a base de bien. Como hormigas despiezando un saltamontes. Es mejor pensar del modo en que lo hacemos. No nos enseñan. Cada uno adquiere la facultad de hacer bien su trabajo sin pensar demasiado en las consecuencias que acarrea. No hurgamos adentro. Usted ya me entiende. Nos quedamos en la superficie. Tenemos el disco duro de su presidente y el del presidente que hubo antes. Unos discos duros son más interesantes que otros. Nunca nos dejan bajar al almacén en el que guardamos la información sensible. De hecho no nos revelan ni siquiera su ubicación exacta. Nosotros solo cargamos los discos. Cuando están llenos, los entregamos. Fin del trabajo. El programa salta cuando usted dice o escribe una palabra inconveniente. Hay un grupo encargado de registrar qué palabras convienen y cuáles no. Ese sí que es un trabajo delicado. Hace falta ser un hijo de la gran puta muy grande para pensar como el enemigo. Lo bueno es que tenemos gente adiestrada que sabe muy bien lo que hace. Escriben Paranoia. Y rastraen la paranoia a nivel mundial. Si un ciudadano de una provincia remota de un país europeo la pronuncia en una conversación telefónica, el programa no salta, pero si la dice cada noche durante una semana, la luz roja se enciende, y ahí entramos nosotros. Buscamos el disco duro y empezamos a escudriñarlo como si un cabrón nos estuviese apuntando a la cabeza por si se nos pasa algo. Y le aseguro que no se nos pasa nada. Pasamos lista a su vida, a la vida que usted mismo ha ido dejando en su smartphone, en su cuenta de yahoo, en el blog de recetas de cocina que hace su hija, en el expediente académico, en los algoritmos del google. Somos tan buenos en lo nuestro que no hay cagada que usted no haya hecho que nosotros no tengamos. Poseemos el olor y el tamaño de sus heces. Sabemos cuánta papel higiénico gasta cada vez que se limpia el culo. No hay pudor en el oficio de espiarle. Es por su bien. Cualquier día pasa algo y lo que hemos ido recopilando tiene su utilidad. Entonces lo agradecerá. Pensará que no es posible tener una seguridad absoluta y una intimidad absoluta. No puede ser, señor. Las dos cosas juntas no van bien. Chirría el matrimonio, hace aguas, se va a la mierda. 

Así que saben cómo le hablo a mi mujer, por la mañana, con el café. Saben qué le digo. No me pregunten cómo, pero saben cómo prefiere el café y qué le gusta con las tostadas. Seguro que la casa tiene un dispositivo de escucha integrado. Lo pusieron cuando la levantaron. Quizá todas las casas del mundo, del mundo libre y del mundo esclavo, tengan un sofisticado sistema de grabación disimulado en algún lugar inencontrable. Ahora mismo están viendo hasta qué punto este texto mío es relevante. Si expongo más crudamente de lo que es admisible la verdad que han venido manteniendo oculta. Pero un tipo ha abierto la caja de los truenos. Ha puesto las cartas sobre la mesa. Ahora las leemos todos. Lo que no van a hacer es quitar los micrófonos. No van a pedirles a los mandados del algoritmo del google que dejen de enviarles todas nuestras andanzas en la red. Si visitamos de noche una página porno con señoras con las tetas grandes o si descargamos pelis de terror de la Hammer. Si escribimos paranoia o snowden o blancanieves y los siete enanitos. Al paso que vamos, si esto persiste, vamos a terminar muy tocados. No tienen ni idea de lo peligroso que es espiar así a la gente. Uno, al sentirse espiado, se encabrona rápido. Y entonces sale por donde no esperan. Se ganan al enemigo que antes sencillamente no tenían. Las guerras deben empezar así, imagino. Pero yo sé muy poco de guerras. Sé de lo que le hablo a mi mujer, por las mañanas, en la cocina, apurando el café antes de ir al trabajo. Será que todos tenemos un trabajo y el de algunos consiste en espiarme. Estoy colaborando al Estado del Bienestar. Soy una pieza de fuste en el engranaje laboral. Una de importancia. Será mejor que me acueste. Salvo que me hayan implantado un chip en la nuca, uno que escanee mis sueños, voy a dormir muy placenteramente. Estoy un poco cansado. Me fascina eso de no saber qué voy a soñar. Se están perdiendo eso, los tíos éstos de los micros. No tienen ni idea de lo que sueño. Por si acaso voy a palparme el cuerpo entero. No vaya a ser que al nacer me incrustaran algún transistor y esté por ahí, jodiendo todo lo privado que creo poseer. Los escritores de ciencia-ficción son unos aficionados. O serán ellos los que han puesto a los políticos sobre la pista y han reclutado a todos esos espías. Prefiero a John Le Carré. Sus historias, al menos, eludían al pueblo llano. Todo era muy gremial. Todo estaba muy al gusto sofisticado de los lectores iniciados. Y lo peor es lo frágiles que somos, la sensación de fragilidad que nos dejan.

4 comentarios:

  1. Cuando nació el concepto de individuo libre, único e irrepetible, Descartes no sabía que íbamos a volver al redil de lo colectivo y que la privacidad era un gran pecado. Y siempre ha habido un buen pastor, un predicador, un cura o un iluminado que intenta que no nos desmadremos. Por nuestro bien: ya se sabe.
    Voy a palparme yo también todo el cuerpo para ver si me han incrustado algo en alguna de mis cuatro visitas a quirófano. Me molestaría mucho que todo el vecidnario tuviera acceso a mis frustraciones. Un poquito de pudor.

    AG

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  2. El espía crea por lógica su antagonista: el maníaco, ese ser que vive pendiente de esotéricas maniobras de entes ajenos a su vivir cotidiano. Amo y esclavo adoptan su rol en este ecosistema malsano.

    A mí lo del espionaje industrial o político me indigna de cuello para arriba, pero para el día a día me importa más bien poco. Mal que no duele, no eriza la piel. Eso sí, si lo piensas bien, si racionalizas, es para no abrir el ordenador y sustituir el móvil por un tam-tam. Y aún así no estás a salvo; el satélite fotografía tu estampa allá donde vas. En fin, esto de espionajes de alto vuelo son como aquello de estar condenado al infierno: cuando la diñe veremos.

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  3. Es el panoptismo de Bentham perfeccionado por la tecnología. Pueden vigilarnos, aún cuando no sepamos si realmente lo están haciendo. Esa posibilidad es la que nos ahoga, nos condiciona.

    El problema es quién vigila al vigilante.

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  4. Le encuentro una ventaja a este espionaje global que escudriña nuestros rincones más ocultos, sin merma de secreto alguno. Llegado el momento de nuestra detención, nos ahorraremos el doloroso trámite de la tortura para obtener nuestra declaración. Pasaremos directamente a la más higiénica eliminación. No ya mal que por bien no venga.

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