Intimidades públicas


Su destino quedó trazado el día en que su nombre apareció en el diario local de aquella modestísima ciudad: Alejandro Pérez, empleado de banca, era el ganador del concurso provincial de crucigramistas. En el periódico, cuyo recorte atesoraba celosamente, aparecía como un hombre tranquilo, un típico clase-media que, sin destacar en nada, pasaría desapercibido para todo el mundo, pero que tenía una sorprendente habilidad con los pasatiempos. 

Eso hizo que los hombres de la Agencia lo captaran. De ello se encargó el cínico de Rodríguez, que un día lo siguió a la salida de su triste oficina y le habló, como por azar, de su destreza y del premio de doscientos euros que se había embolsado. El tono admirativo halagó a Alejandro, que invitó a su nuevo amigo a unas cervezas y después a unas copas. Hablaron de mil temas y quedaron para el día siguiente. 

Tras dos o tres encuentros más, la oferta era ya irrechazable: se trataba de un nuevo trabajo, pero le iba a parecer uno de esos pasatiempos con los que intentaba superar el tedio que la vida le ofrecía desde que Marga lo dejó (–Por soso y aburrido –le dijo la muy zorra con todo el desprecio del mundo). Cobraría casi el triple de lo que le pagaba el banco y por exigencias de su función iría a vivir a gastos pagados a un apartamento en el centro, algo mucho más selecto que la triste pensión donde ahora se alojaba desde que un juez cabrón lo dejara en la calle para favorecer a su mujer. 

En una de aquellas intensas jornadas de formación oyó por primera vez hablar de la ley de Zipf y una curiosa teoría que no se refería precisamente a las palabras de un texto: en una muestra amplia de población existe la posibilidad de analizar la frecuencia de aparición de los tipos humanos y, a partir de ahí, crear un modelo ideal de distribución de individuos. Dicho de otra forma: cada miembro de un grupo humano, al igual que las palabras de una novela, tenía un rango de presencia. Si se controlaba, era posible predecir hacia dónde iba ese grupo. 

Su misión consistiría en controlar todas las viviendas del bloque en el que iba a vivir y determinar los roles que cada vecino cumplía.

Fotograma de La ventana indiscreta

-Todo es importante –repitió mil veces Sánchez, un agente con pinta de cantante de rap, lleno de tatuajes y piercings-. Tenéis que saber quién es el posible defraudador, quiénes los adúlteros, el homosexual, el que roba la correspondencia en los buzones, el que no quita las cacas de su perro… y en lo alto del interés para nosotros: quién puede llegar a ser un subversivo, un agitador o un terrorista. Esa es vuestra función. Los datos que suministréis cada uno de vosotros formarán un conjunto del que tal vez podamos extrapolar una radiografía exacta de la sociedad. Saber cómo somos es dominar lo que somos –sentenciaba aquel niñato con un gesto, mitad de “Bond, James Bond”, mitad de vendedor ambulante. 

Alejandro parecía oír músicas celestiales: un tipo tan anodino como él iba a controlar con la más moderna y costosa tecnología todo un microcosmos. Podría oír y ver intimidades pocas veces al alcance de cualquier hombre: conversaciones, formas de vida, escenas de sexo, discusiones, desprecios, muestras de los sentimientos más dispares… todo al alcance de los micrófonos y cámaras que la Agencia ya había instalado con todo el sigilo pensable. 

Se sintió feliz, inmensamente feliz. Ahora sabía que la chica del segundo izquierda, tan mona, tan modosa, era un torrente de pasión y obscenidad cuando se metía en la cama con un hombre. Y ese señor tan educado del cuarto-A, que siempre llevaba a su esposa del brazo y saludaba dando sombrerazos era, en realidad, un cerdo maltratador. También supo que el médico del tercero-C pasaba media noche interviniendo en chats para homosexuales y que la pretendida monja del quinto-B era una modesta intermediaria en el trapicheo de cocaína. Los tres chicos del primero C le daban asco cuando los oía tratar a la madre como si fuera un guiñapo y la anciana del sexto-E pasaba los días llorando mientras la señora dominicana encargada de atenderla le decía barbaridades… 

En pocos meses era un experto en la vida cotidiana de cada miembro de aquella comunidad y sabía los colores de los juegos de toallas o sábanas, las piezas de sugerente lencería que usaban las mujeres del bloque, las camisetas ordinarias del chico del sexto… También podía prever el comportamiento de cada vecino y los jefes de la Agencia lo felicitaron por la minuciosidad y calidad de su trabajo. 

Por esa época se enamoró perdidamente de Julia, una preciosa mujer a la que veía ducharse cada mañana y llorar de soledad cada noche. Ya había propiciado el encuentro con ella en varias ocasiones e incluso la había acompañado a algún paseo por el barrio… aunque después la había oído hablar con una amiga y referirse a él como “un vecino un poco pesado, un pobre diablo, un solitario…” Él la deseaba con todas sus fuerzas y soñaba cada noche con ella y sus cálidos abrazos. 

Incomprensiblemente, Marga lo llamó una tarde. Le preguntó cómo le iba, si la echaba de menos, si se acordaba de cuando se habían querido apasionadamente… Él no supo a santo de qué venía esa llamada y las que le siguieron. ¿No era un tipo aburrido que le había amargado la vida? ¿Por qué surgía del pasado para interesarse por él? Y justo cuando lo estaba pasando mal con el trabajo. Tras casi seis años de pertenencia a aquel servicio de inteligencia, volvía a sentir el vacío más absoluto. Cada vez dormía peor. La vida privada de aquellos seres, lejos de resultarle excitante, le quitaba el sueño. En cada casa había una pequeña tragedia celosamente guardada entre las cuatro paredes que conformaban la sagrada intimidad en la que se había metido él. Deseaba ayudar a los vecinos que le parecían honestos, aliviar sus desdichas… en la misma medida en que sentía el impulso de abofetear a tanto cretino como había en la finca, pero su misión era la del mero observador y una de las consignas era no implicarse pasar lo más desapercibido posible.
Empezó a cuestionar a sus jefes, a discutir las órdenes e instrucciones, a mentir a favor de quienes le caían bien o en contra de los que le parecían más indeseables… No creía que nada de lo que había averiguado sirviera para la seguridad de la nación, ni para determinar conductas extrañas, peligros sociales o prever atentados. Su trabajo no era más que inmiscuirse en las vidas ajenas y vivir las tragedias de los demás. Dejó de informar sobre Julia y cuándo le preguntaron el motivo respondió desabridamente: 

-Esa mujer es terreno vedado para la Agencia. Respetemos su vida. 

Quería marcharse, ese trabajo ya no era para él porque no le decía nada. Cuando lo expuso en la Agencia, advirtió un intercambio de miradas entre sus dos jefes, un gesto que no le gustó y se sintió preocupado. 

Poco después se encontró a Julia y la invitó a dar un paseo. Necesitaba contarle la realidad de su vida, enseñarle las filmaciones y grabaciones sobre ella que él guardaba como un tesoro. Quería ser auténtico con ella, dejar la simulación, ya que la amaba. 

Pasados los momentos iniciales de indignación, negaba con la cabeza, incrédula y fastidiada: 

-¿Y no te has dado cuenta de que no te van a dejar marcharte? ¿De que cuanto más me digas, más me implicas en tu lamentable trabajo? Tal vez tus jefes sepan ya que yo sé… Tal vez sepan que tú eres el subversivo del bloque, el que puede dinamitar su secreta misión, su macabra estrategia de husmear en la vida de las personas normales… 

Se marchó dejando rota su alma. Le había pedido que no la molestara más. Confuso, torturado como pocas veces en su vida, decidió no volver a aquella casa que la Agencia había alquilado para él. Tal vez lo estarían buscando, así que fue a su antiguo domicilio y habló con Marga. Por segunda vez en la misma tarde, contó su realidad. Marga, con ojos alucinados, le respondió: 

-¡Qué cosas eres capaz de inventar para acostarte conmigo! Porque se trata de eso, ¿no? No me lo puedo creer… Pero te has pasado de fantasía… o necesitas un psiquiatra. 

Y Marga, ambigua y asequible por una vez, le preparó un gin tonic que fue bebiéndose mientras defendía su sinceridad… Y el alcohol fue poniendo la realidad en una especie de cámara lenta que amplificaba los latidos en sus sienes… después fue consciente de que no podía moverse, de que Marga marcaba un número de teléfono, de que decía: 

-Aquí lo tenéis, neutralizado. Lleváoslo pronto y ya sabéis el protocolo: limpieza total. Es un terrorista potencial, uno de esos listillos que desea pensar por sí mismo… ¡como si eso fuera normal!

5 comentarios:

  1. ¡A-luz-inante! Todo espía acabará siempre espiado. Recuerda, el Gran Hermano te vigila y las chicas neumáticas del "mundo feliz" terminarán neutralizándote. Tomaremos "soma" para seguir perfectamente alienados, aunque la introspección puede resultar el juego más emocionante.

    El espía que surgió del río.

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  2. Me recordó a "La vida de lo otros", pero con femme fatale por medio. El espía que humaniza su objetivo deja su trabajo. Espiar es convertir al ser espiado en objeto, en materia de reconocimiento. Amarlo rebasa la mera observación. El espía queda "neutralizado".

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  3. Excelente!!!
    Y ya que a todos les recordó algo, no quiero ser menos. :)
    A mi cabeza trajiste un librito leído en mi adolescencia: El juego de las ventanas, de Izzy Abrahami.

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  4. Gracias, chica y chicos. Ha sido un placer.


    AG

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  5. Leído por segunda vez, me ha parecido más hondo. Suele pasar. Espiar a veces es un acto promiscuo. Otras, no. Y el listillo, al final, poniendo al relato en su sitio exacto. La Stassi de Ramón no se ha ido del todo. Está agazapada. Con otro nombre. Animada por otros vicios. Lo mismo.

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