Intento ser fuerte, os lo aseguro



El mundo de Cristina, de Andrew Wyeth

Intento ser fuerte, os lo aseguro. Regreso a la rutina como quien toma la medicina prescriptiva que se le asigna. Mucho antes de mi naufragio, el trabajo era ya una balsa confortable; quizá en aquellos años no fuera consciente de ello. Hoy lo sé, hoy soy consciente de la furia sorda que precede a toda guerra. Pero entonces -no hace tanto, solo dos años- estaba demasiado ciega; solo acolchaba lo inevitable con el velo de la ignorancia. Y funcionaba, al menos como terapia provisional. Hoy veo aquel tiempo con perspectiva; a no ser que me endurezca, sería difícil resistir las imágenes que llegan sin desearlas, para recordarte lo sucedido. Y no llegan dulces, con la calma que acompaña a un eco disipado. Te golpean sin aviso previo en forma de reproche. ¿Qué hice para llegar a esa situación? Lo sé, no debiera flagelarme. Soy una mujer entera, que sabe lo que quiere, que sacó a tres hijos adelante y una próspera empresa de moda. Alguien así no debería estar destrozada; casi sentiría alivio por haberse desprendido de esta carga. Pero no lo vi venir, creía que era más lista; debía haber notado la estela que deja cualquier batalla. Estar prevenida. Me odio por no ser yo misma la que cerrara la relación. Tuvo que ser él, sin red ni preliminares, quien me confesara su infidelidad. Ni siquiera tuve tiempo de desahogar mi ira. Se fue tras su confesión, con ella. Ella. Más joven, más rica, más todo. Y hoy debo velar el duelo, sin posibilidad de compensar el agravio. 

Intento ser fuerte, os lo aseguro. Pero no puedo. Sé que bajo la armadura de lo cotidiano macera la herida, crece en silencio la rabia. Me esfuerzo por olvidar, sumergiendo mis días entre telas, participando en tertulias que no escucho, defendiendo un futuro que no me importa. Y cuanto más consciente soy de ello, más me odio por no ser capaz de apagar este interruptor. Tú, que años atrás hubieras cortado el aire con una mirada, ahora, estúpida, personaje de tragedia, sientes como fracaso aquello que debieras vivir como una sana resurrección. Lo piensas una y otra vez, no se te va de la cabeza. A cada acto cotidiano le encuentro una sutil cercanía con este naufragio, evoca en mí ese instante. Ni siquiera durante la ducha; también ese momento me lo ha robado. Bajo el agua lloro y me cabreo; me cabreo y lloro aún más por no saber atajar ese llanto del que soy su fiel cautiva. La ducha era hace dos años un refugio al que me entregaba sin resistencia, un ritual benefactor con el que encarar con optimismo el resto del día. Hoy se ha convertido en una capilla desde la que rezo la letanía de mis miserias, sin más capellán que mi mente errando. Me miro al espejo y no me reconozco. Alguien robó mi rostro, dejando esta máscara sollozante.

Sí, soy consciente de mi estado, enumero sin miedo el catálogo de mis contradicciones, pero soy incapaz de superarlas. Vienen a mí, las rechazo y regresan. Mis amigos al principio intentaban consolar mi desasosiego, pero no tardaban en desistir, llorando conmigo o dejándome por imposible. Ella sola cava su tumba, dirían. Ella, que antaño era decidida, mujer libre y madre sin convenciones. Ella, que tiene a su cargo treinta y ocho empleados, que salió a flote de dos enfermedades puñeteras. Ella, esa misma, hoy llora sin querer aquello que solo merece un sencillo borrón y cuenta nueva. Patético fantasma, plañidera, arrastrando una miseria de la que debieras hace tiempo haberte desprendido con un grito y no con llantos infantiles. Sí, te hablo a ti, sal de este cuerpo, habita otro alma, tortura a otro inquilino con esta tormenta que no cesa... 

4 comentarios:

  1. Náufrago uno de sí mismo. Sin barco hundido, sin mar, sin isla...Ahogada en su propia impotencia, sin tabla de salvación. El más terrible de los naufragios: El de la cotidianidad imprevisible; los sargazos que se enredan en las agujas del reloj. La rutina es Moby Dick.

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  2. Durísimo, Ramón. ¿Cuántas vidas náufragas se pidren en la soledad de sus isla? ¿Cuánta gente ottea su horizonte vital en busque de un buque rescatador que jamás llega?
    El proceso mental y la configuración de tu personaje han quedado de maravilla.
    Se agradece.

    AG

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  3. Malena/Mariela01 diciembre, 2013

    Tan bien lograste narrar desde lo femenino que me ví reflejada.
    Cuando se hunde el barco, cuando la vida te rompe todas las estructuras que creías firmes y sobre las que navegabas a veces con calma y otras no tanto, cuando te quedas en el medio de la nada todos te dicen que hay que remar, que en la orilla te espera algo mejor, que por fin vas a estar en tierra firme. O no. Porque nadie sabe lo que te espera. Entonces te invade el miedo y te aferrás a las tablas que conocés, a la rutina que no falla.
    Pero el tiempo y el mar dejan siempre las cosas en su lugar. Claro que para aprender esa lección, es necesario naufragar.

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  4. Pienso en algo que dijo un poeta al que conocí: solo estoy dentro de mi cabeza. En fin. El naufragio perfecto. Naufragar es irrelevante. Ya estamos naufragados nada más nacer.

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