Donde Luis de Zúñiga deja escrita la voluntad de que no caiga en olvido su gesta y su nombre no se despeñe en la memoria de los hombres




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Juan Almagro Villar, catedrático de Literaturas Hispánicas Medievales, historiador especializado en la etapa colonial y novelista de éxito, apremiado por María del Carmen López Ortega, con la que comparte editor y gustos afines  ha dejado aquí una versión personal, que no omite nada de lo consignado por el propio Luis de Zúñiga, solventando las inconveniencias del español al uso entonces. Esta reconstrucción del texto es la primera en la que se ofrece un dato fiable sobre su posible descendencia.

Tiene a veces el azar la consideración de procurarnos asombro allá donde, a la luz severa de la razón, únicamente podemos esperar la contemplación de los vastos dominios del tedio. Tengo yo la costumbre de apreciar en lo que valen estas manifestaciones extraordinarias de la presencia de la divinidad. Porque no hay otro modo de entender que yo esté aquí, a salvo del rigor de las selvas, libre de caer en manos de indígenas belicosos, repasando la vida que he tenido y pensando en cómo conducir la que me resta hasta que el buen Dios me reciba en su posada y me libere de todas las pesadumbres que todavía me torturan. Como sé que tal cosa no va a suceder, habiendo ya más de lo que merezco, consigno aquí el desatino de mis viajes, la locura infinita de mis pasiones. Tengo sueños que me violentan la paz de mi espíritu y me hacen recordar la travesía que hice, el periplo infame de mis días en estas tierras nuevas, conquistadas a fuego, saqueadas a sangre. Ya no tomo indias. Hace tiempo que dejé de sentir la hombría de mi condición. Me espanta recordar las mozas que ultrajé. Mi pensar generoso me extravía de dolores (...). Guardo un astrolabio entre mis posesiones más amadas. Ninguna otra me conforta más. Ninguna, en valor, lo iguala. En ocasiones, cuando me puede la nostalgia, abro el cofre en donde escondo algunas de las cosas que mi vida de aventuras me ha entregado. De ellas, sobre las que los avaros dejarían hocicar sus ojos, me quedo con el astrolabio. Me lo dio Núñez de Balboa cuando dejamos atrás la algarabía de la selva, el espanto de las fieras que la pueblan, y avizoramos el mar anchuroso y febril, el mar del sur, el infinto manto de agua que no daba descanso a la golosa vista. Aprendí de él que no eran tesoros lo que andábamos allí buscando. Otros se afanaban por amasarlos, pero el afán que guiaba nuestra causa era de otra trascendencia. No teníamos el ansia evangélica y tampoco, a lo que ahora razono, nos animaba la ganancia de territorios. Era el mar, el mar azul y limpio, el mar sin provincias ni batallas, ofrecido como un regalo. Como si el mismo Dios lo hubiese creado y lo hubiese tenido a escondidas, en espera de que los elegidos lo rescataran del silencio y lo enseñaran al mundo para que lo adorase. Todavía hoy lo contemplo embebecido, enternecido, como el padre que tutela el juego de sus hijos y llora hacia sus adentros cuando brincan y ríen, como el hijo que agradece los dones del padre.

Dejo aquí la noticia de mi rendición. Consta en estos papeles de viejo la evidencia de haber vivido y de haber amado. Quiso la providencia que acabara en estos parajes del norte, donde me confundí con los indígenas e hice por ellos cuanto pude. Quizá por borrar los desmanes que causé o quizá porque el hombre, al cabo de sus andanzas, cuando ya flaquea el vigor de antaño, desea tomar casa, hacer balance, cerrar los ojos de noche sin que peligre el sueño y merecer, más tarde que pronto, la muerte inevitable, la que le conducirá a rendir las cuentas a su Señor. Este vástago blasfemo, que ha pecado sin pudor ni templanza, vive sus últimos días en la isla Gorgona, que lo es por las serpientes que la pueblan en número apreciable. No imploro el perdón de los míos, a los que traicioné. Tampoco el de los nativos, que masacré. El de Dios no lo merezco, aunque me enseñaron en mi tierra extremeña que el cielo existe y que no hay alma, por mezquina que sea, que no puede entrar en él y disfrutar de la Derecha del Padre por toda la Eternidad. El monje que cristianiza este lugar perdido no me asistirá cuando la luz me abandone. A mi señor le ajusticiaron antes de que le alcanzase toda la (¿gloria?) que anhelaba. Mi buen amigo Francisco de Jerez, al que no veo nada más que en sueños, me contó que Dios escribe en su Libro todas las cosas que haces, las buenas y las malas, y que ni siquiera Él sabe después cómo borrar las que no interesan. Que es mentira eso que cuentan de que los pecados se expían. Yo estoy en ese libro. Mi nombre, Luis de Zúñiga, hijo de herrero, embarcado en busca de fama y de riquezas, desahuciado de todo honor y condenado al infierno en la tierra, está en letras de sangre en ese volumen celestial. Por eso hoy, cerrando diciembre, escribo. Lo que mi espíritu anhela es que alguien, si el bendito azar consiente que desprenda de su velo de tinieblas estas palabras, cuente mi historia, la refiere a quien desee escucharla y mi nombre, Luis de Zúñiga, natural de Olite, soldado de España, no muera jamás en el polvo de la memoria de los hombres. Queda al arbitrio de quien aspire a entender más de lo que yo alcanzo la dudosa fortuna de explicar a los hijos que tuve, allá en donde estén, cómo acabé aquí, desposeído de voluntad, afligido y solo, a la espera de que la fiebre no tenga piedad y malogre esta encomienda de hechos, transcritos con todo el esmero que me dieron los libros que leí y las cosas que observé, volcada en estas hojas que dejaré sin custodia...


7 comentarios:

  1. No hay héroe sin memoria. Sin arqueología. Homero dixit. Queda al siguiente cronista escarbar en la raíz del protagonista. Tuétano biográfico, razón de su triste figura.

    Bien, Emilio. Da gusto compartir hilo y aguja en este divertimento.

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  2. San Emilio Escritor... cómo nos llenas de historias. Me encanta la idea, me encanta cómo va ir yendo...

    Ana Mohedano

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  3. genial tu entrada realmente sabes escribir

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. Hay hombres de buen linaje que ven con los ojos de un ciego y oyen con los oídos de un sordo, cuando Dios los somete a sus designios, más allá de las promesas y de los propósitos de los virreyes. No fue acaso Zúñiga el que un día de calor y mosquitos exclamó, hundido en la ciénaga:
    -Hay días que no creo en Dios, pero Dios cree en mí y entonces es igual.

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  6. Muy bien. Ya tenemos el motivo metaliterario (la Sra. López Ortega y sus novelas) y la aparición del personaje que se ve a sí mismo como un maldito de los muchos ambiciosos que llegaron a las Indias. Me toca ir perfilando la trama para que Mariela la remate, sin la aportación de Miguel (¡qué lástima!). Me lo ponéis difícil. Me voy a pasear por Granada para encontrar la idea que necesito.
    Es todo un deasafío que me pone (quiero decir que me pone nerviosísimo e inseguro).

    Saluda, bebedores de este Barralibre de nuestros pecados.

    AG

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  7. Ah, me gusta. Mucho.

    " ... y que ni siquiera Él sabe después cómo borrar las que no interesan."
    Es brillante el concepto.


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