Piscina


I

Su convexidad abdominal hace las veces de improvisado atril sobre el que asienta un kindle que sostiene entre sus manos con pulso de equilibrista y gira en ángulos que le permitan esquivar la luz. Cuando se le adormecen las manos, reposa el kindle sobre su velludo pecho y tras unos segundos vuelve a izarlo. Si un espectador accidental pasara fugazmente a su lado podría quizá pensar que el lector se había quedado dormido, a no ser por la estentórea sístole-diástole de su estómago. En cualquier caso, no tardaría mucho en ser interrumpido por la exultante jauría de tres chiquillos, escupiendo agua clorada sobre su cuerpo yacente. ¡Papá, papá, báñate con nosotros! Un violento respingo asusta a los infantes, que dan un paso atrás ante lo que adivinan un monumental cabreo de su progenitor, quien medio en pie emite grullidos guturales, protegiendo su kindle contra la humedad. El más pequeño de los tres insiste: ¡ven a bañarte, porfa! ¡Anda! El padre se reincorpora a su tumbona y como a quien sucede estos infortunios con acostumbrada asiduidad sentencia: ¡Decídselo a vuestra madre! Los niños regresan con docilidad a zambullirse de nuevo y el lector recobra la pose, kindle en mano sobre el arco de su barriga.

II

Tres mujeres solazan sus posaderas sobre el filo de dos sillas, apretando sus cuerpos en torno a un IPhone. Piernas cruzadas en igual dirección.

¡Dale atrás! ¡Ese rojo es monísimo! Yo me compré uno el mes pasado y queda de muerte, te lo aseguro. Eso sí, tienes que que calcular el cambio en euros. Pero merece. Aquí en España son carisísimos. Ámazon u-ká es lo mejor, te lo digo yo por experiencia. Mi amiga Carmen es súper clienta y se ha ahorrado un ojo de la cara. ¡Ay, ése, ése! Divinos. Si pudiera me los compraría todos...

Llega un niño.

¡Mamá, estoy aburrido! ¿Me dejas el móvil?... ¡Mamá! ¡Mamá, estoy aburrido! No sabemos si la madre simula no haber oído a su hijo, pero tardará aún unos largos segundos antes de reaccionar ante la insistencia de su vástago. ¡Qué quieres! ¡Déjame, no ves que estoy ocupada! Vete a bañar, ¡anda!... ¡Pero es que estoy aburrido! ¡Déjame tu móvil! Quiero jugar a los Minions. Indignada ante la insistencia del niño, la madre zanja la demanda: ¡Ya está bien de móvil, todo el día con el móvil! Se acabó, castigado sin móvil. ¿Es que no sabes jugar con tus amigos? ¡Vete, he dicho!

El niño se va, mascullando un ¡no es justo!

III

De pocas afirmaciones puedo estar seguro, pero una de ellas es que odio la piscina. No esta en la que me encuentro; todas, todas y cada una de las piscinas que pudieran existir en este planeta. Y si existieran piscinas en otros planetas, es del todo probable que también las odiaría. Aún así, no me queda más remedio que aceptar con resignación mi aciago destino de solícito esposo y entregado padre de familia, y asistir día sí, día también a idéntica ceremonia. Para más colmo, mis hijos disfrutan de la piscina tanto o más como su padre la detesta. 

Pero hasta el Sísifo más castigado tiene un instante de respiro. Nada más llegar aposento mis glúteos sobre una tumbona y realizo la inspección visual de rutina. Un detenido escaneo de cuerpos hasta dar con aquel que colme mis expectativas. Realizada la selección, toca una paciente vigilancia y escrutinio de intersticios cutáneos, nalgas, senos, abdomen, caderas, labios, barbilla, pies. Un mínimo giro en la postura de mi involuntaria modelo propicia la delectación de un mirón tan poco exigente con este que se confiesa ante vosotros. 

Un inoportuno ¡papá!, ¿me secas? rompe la contemplación. Me cuesta recuperarme después de ese estado de letargo. El resto del tiempo lo paso entregado sin pasión a elegir un nuevo fondo de pantalla para mi móvil o comprobar si algún amigo dejó un me gusta en mi perfil de Facebook. Pienso entonces en lo mucho que odio venir a la piscina; no solo ésta, todas las piscinas de este planeta, de todos los planetas.

4 comentarios:

  1. Me gusta el agua, me gusta nadar (mucho), pero no soporto el ritmo despiadado con que mis hijos intentan hacerme entrar en el agua helada cuando mi cuerpo está caliente. Vamos, una ya tiene sus años y no está para bombitas!!
    Tampoco me gusta pasarme toda la tarde al aire libre. Un rato está bien, pero no exageren.

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  2. Más que de piscinas nos hablas de una piscifactoría sociológica contemporánea. Tras hacerme los tres largos de rigor, he salido del agua, me he tumbado al sol y me he dicho: ¡Me gustan las piscinas! Sobre todo ésta.

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  3. Creo que he visto el infierno en el cloro.

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  4. Siempre oí eso de "De los cuarenta p'arriba / no te mojes la barriga" y me pareció una estupidez. Ahora, en cambio, soy de un secano bestial: tebgo a escasos metros piscina y playa y sin embargo me meto en el agua trs o cuatro veces en dos meses.
    Pienso que si dios, en su infinita sabiduría, hubiera querido que a partir de los sesenta nos mojáramos, nos habría puesto branquias o algo así.
    Yo me mojo, pero en el chiringuito.

    AG

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