La playa


La piel picaba, salada por el agua del mar. La arena caliente quemaba nuestros pies y hacía interminable el camino hasta el barcito donde servían los licuados. Las sombrillas de paja que daban sombra a las mesas intentaban imitar el estilo de aquellas playas caribeñas que se ven en las láminas de las agencias de viaje. Las sillas de plástico desteñidas con la propaganda de Quilmes nos llamaban a la realidad. Nos gustaba ese balneario alejado porque los turistas no iban hasta allá con sus conservadoras enormes de telgopor, sus sillas plegadizas o su juego de tejo. Todo el mar, toda la arena, todo el sol estaban a nuestra disposición (al menos esa porción de mar, de arena y de sol que pertenecía al balneario). Cada verano coincidíamos allí algunas familias y unos pocos jóvenes del lugar.


Era enero cuando apareció aquel joven, caminando por la costa. Estábamos dispersos en distintos grupitos, pero todos nos buscamos con la mirada preguntándonos sin hablar quién era el extraño. Sacó del bolso una lona y la tendió al sol; con ese sencillo acto y sin saberlo él, quedó declarada la guerra. El primer ataque fue de los Fernandez, que mandaron a los chicos a corretear cerca del intruso y salpicarlo de arena. Nada. El tipo seguía bronceándose, inalterable. Cada tanto, encima, les sonreía. El segundo movimiento lo realizaron Diego y Damián, compañeros de la facultad de ingeniería, que sacaron una pelota e improvisaron un picadito de fútbol playero. El griterío de los goles y la pelota rebotando a centímetros de su cuerpo no parecían preocuparle.

A las seis de la tarde se fue caminando por la costa, como había llegado. La alegría duró hasta el día siguiente, en que volvimos a verlo. Resistió todos los ataques durante una semana. Recurrimos a todas las herramientas a nuestro alcance para espantarlo (música a altísimo volumen, gritos, pelotazos, inclusive en el bar se negaron a venderle licuados), pero sin ningún resultado.

La idea se le ocurrió a la señora de Ibañez y, aunque a algunos les pareció una medida drástica (a los estudiantes de ingeniería, por ejemplo), la mayoría estuvimos de acuerdo. 

Celia Ibañez, la menor de sus hijas, usando un traje de baño diminuto se acercó a él y le pidió que la ayudara a pasar bronceador por su espalda. A los dos días ya estaban saliendo y todos pudimos respirar tranquilos. Ya no había extraños entre nosotros.

12 comentarios:

  1. Como siempre, admirable estilo (tu manera de escribir) espectacular che, por que no volves? Malena volveeeee! se te estraña en bloglandia, loca!!!
    bueno, me gustó un montonazo.
    y gracias por escribir telgopor, estoy harto de leer y escuchar tergopol!!! :) un besiño!

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  2. Digo...me gustaría verlo relatado desde el lugar del extraño.
    Que cosa tan cierta esta de la colonización de espacios. Son públicos y los queremos privados.

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  3. Merde, Male!!! Qué buena manera de volver! Me impresionó la "confabulación" de todos. Metió miedo. Porque lo podés tomar de manera satírica, pero el aroma a "estás con nosotros" o "no estás" me dio un poco de miedito.
    Muy bueno, mi amiga!!! Beso y aplauso!

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  4. Delicioso relato, cargado de claves sobre las conductas de esos seres llamados humanos. Somos posesivos, incluso de lo que ni siquiera es nuestro y creamos extraños vínculos y pretendidos derechos sobre conceptos absurdos.

    Saludos desde Granada,

    AG

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  5. a) qué bueno que volviste
    b) bien el relato me hizo acordar a una peli de kitano en la que, en una lucha de dos familias de mafiosos, la familia 1 le envia un mensajero a la familia 2. cuando llega el de la familia 1 a estar frente al jefe de la 2 le dice: traigo un mensje de 1 y saca un cuchillo y se corta a si mismo la garganta. ¿si eso no es obediencia debida que es?

    por otra parte el "extranjero" es bastante seductor en su condición de extraño. La chiquita debe haber ido de buena gana para ver si escapaba a otras playas del mundo. Si el tipo se queda y se acomoda con las familias habitués, tenemos un cornudo en potencia. Adios

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  6. Territorialidad. Faltó que le mearan alrededor de la lona. La Sra. Ibañez se debe acordar todavía de las fantasías que habrá tenido mientras la veía a su hija besando al extraño. Ni hablar de los estudiantes de ingeniería...Besos y muy contento de verla escribiendo tan magistralmente como siempre. Se nota que lo suyo es como andar en bicicleta.

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  7. Por un momento pensé que tu relato pasaría del retrato costumbrista al terror gore. ¡Qué pena! Te estás ablandando, Malena. Un abrazo extremeño (gallego allá).

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  8. ¡Me encanta todo! Saltando de placer (lector) de punto y aparte en punto y parte. Saboreando el castellano que nos llega de allá, enriquecido de colores, de sabores, de olores, de texturas,por aquí inusuales: los licuados,las conservadoras, el telgopor, la lona(para tumbarse), el picadito playero... Y al final, ¡cómo no soñar con la menor de Celia Ibáñez! ¡Cómo no imaginársela con un tanga de la fibra del tango!

    Y la alegría de ver la barra de nuevo tan animada.

    ¡Gracias, Malena!¡Brindemos todos!

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  9. Al leerte la cosa se me hace más o menos así, voy metiéndome en los personajes y en la historia, nunca teniendo certeza de hacia dónde querès ir, y cuando se supone que arranca la acción, el texto se termina y me quedo un poco "patitiesa", rebobinando y sorprendiéndome con la contundente realidad de que ya no era necesario decir más y de que ya has dicho todo.
    Impecable estilo.

    Abrazo!

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  10. No sé por qué no subís textos más seguido, o por qué no reflotás el blog. ¿Puedo enojarme?
    No soy de dorar la píldora, firmalo, pero estás entre las 10 personas que más me atrapan del universo bloguero.
    En fin...
    Un beso.
    HD

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  11. Ay Malena, a cuantas hubiera querido yo ponerles bronceador!

    Un saludo.

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  12. ¡Quiero más ...! Tiene un aire de "Casa Tomada"de Cortázar ¿no?

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