Calores


Mi pueblo natal estaba sólo a unos kilómetros de la Campiña cordobesa, lo que nos garantizaba unos veranos tórridos, resecos y polvorientos. El calor sofocante formaba parte de nuestra manera de vivir y determinaba, como un ciclo litúrgico, todo el ritual doméstico y social de mi vida de aquellos años 50 y 60. 

La última fase de la primavera, con aquellas golondrinas rasantes por mi calle, aquellas tardes largas y el creciente calor me iban predisponiendo a lo que nos esperaba. Era el momento en que mi madrea abría los baúles y sacaba la ropa de verano y empezaban las pruebas para ver si había que “sacarle” a la ropa del verano anterior. Aquello ya nos traía a la conciencia las inminentes vacaciones, que no tenían otro significado que el abandono de la escuela, ya que seguíamos haciendo el mismo tipo de vida que el resto del año. El concepto “veraneo” no existía en nuestra sociedad, que lo consideraba una ventaja más de los pudientes, algo que ni existía en el marco teórico de la gente normal. 

Incluso con 25 grados a las nueve de la mañana y casi cuarenta a la hora de la siesta, las veinticuatro horas de un niño, de un púber, de un adolescente, de un joven adulto… requerían una actividad constante, un continuo entrar y salir para “resolver” mil inconsistentes tareas, tal vez para sentirme vivo. Por la mañana íbamos a la plaza de abastos, especialmente en la adolescencia. El motivo: allí estaban casi todas las chicas, con sus vestidos cortos que exhibían escotes y piernas, una anatomía que el resto del tiempo se nos escamoteaba con el babi escolar y con la ropa de abrigo. A los trece o catorce años, las chicas eran un misterio, una promesa, una epifanía insondable que nos atraía…, incluso al sol de la mañana, parados junto a la pescadería o el puesto de verduras del mercado. 

Después jugábamos, buscando la sombra o nos íbamos a aquellas casas en que se nos acogía con cierta condescendencia. La mía, con la consulta de mi padre llena de pacientes, no era lugar de acogida. Sólo lo fue cuando yo ya rondaba la mayoría de edad. 

Lo que más me gustaba era ir a la alberca (que no piscina) de mi amigo Alfonso. Con mis alpargatas de suela de cáñamo recorría la distancia de un par de kilómetros para esperar el turno de los chicos (las chicas, que tenían que ayudar en casa, iban antes). Allí estábamos un rato y cuando la anfitriona nos autorizaba pasábamos al estanque lleno de verdes ovas y algún otro animalejo. Era todo un placer… que requería después el carísimo peaje de regresar a casa, por el camino polvoriento, a más de treinta grados.


Fotograma de "Gabriela, clavo y canela"


La siesta, que era obligatoria en mi casa, servía para leer, bien macerados en el sudor de los treinta y tantos o cuarenta grados. Si había que ir a algún recado, abrir la enorme puerta de madera gruesa con cuarterones era como acercarse a un infierno que te envolvía y secaba en segundos el sudor o el agua de lavarte la cara o las manos. 

Solo por la tarde refrescaba alguna vez. A mí me daba igual, pues yo siempre había quedado con alguien en el parque: con los demás chicos, después con la pandilla, más adelante… con la tierna promesa de alguna de las forasteras que volvían de Barcelona. Siempre se dijo que esas chicas eran más fáciles que las sacrosantas amigas de la pandilla, pero nunca pude constatarlo empíricamente, ni habría habido posibilidad de comparaciones, dada la rigidez de nuestra moral (quiero decir la de las chicas, que nosotros estábamos más abiertos a la experimentación).

Fotograma de "Fuego en el cuerpo"

Jamás olvidaré las noches sobre aquellos colchones de lana casera. Mi cuerpo macerado en sudor, algún rato de sueño alternado con la necesidad de acercarnos, a oscuras, al balcón del salón, donde más de una vez encontrábamos a algún hermano también insomne esperando esa imposible entelequia a la que llamábamos "fresquito". O las visitas al botijo, siempre rezumando sobre un plato, y con un agua fresca que sabía a barro primigenio. 

Tras tantos años, el calor casi no existe: los toldos, los aparatos de aire acondicionado, el desplazamiento veraniego… han terminado parcialmente con esa pesadilla pegajosa del calor, del sofoco, de la incomodidad física. O es la edad. 

Ahora me llama más la atención esa serie de calores literario-fílmicos: el calor que “justifica” el crimen de “El extranjero”, de Camus; el calor pegajoso de “Fuego en el cuerpo” (Lauren Kasdan, 1981) o el de García Márquez en sus cuentos y su ciclo de Macondo, tan literariamente eficaz. Hay otros calores: el de Malcolm Lowry (Bajo el volcán), Tennesse Williams ("La gata sobre el tejado de zinc caliente"), nuestro García Lorca y los sofocantes calores de las hijas de Bernarda Alba; el calor que quema libros, y con ellos, pensamiento, en Ray Bradbury (“Fahrenheit 451”); el calor desértico de Bowles (“El cielo protector”)… Entre todos los calores literarios, me quedo con el de Jorge Amado en “Gabriela, clavo y canela”. Refrescante.

7 comentarios:

  1. Pero al final, ¡qué hermosos aquellos veranos! Sin olvidar las evocadoras moscas machadianas: "Las largas tardes de estío en que yo empecé a soñar..."

    Sí, ni más ni menos: Fue entonces cuando empezamos a soñar. Y ya nunca fue nada igual.

    Calor del bueno, amigo Alberto.

    ¡Venga! Otra cerveza.

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  2. Es curioso cómo las incomodidades del verano son miradas con una dulce benevolencia cuando se hace desde la distancia que otorga el pasado. Los rigores del presente adquieren otro sabor cuando se transforman en meros recuerdos. Quizá sea una manera de redimirnos, de certificar que mereció la pena transitar aquellos tiempos. O quizá añoranza proustiana, eco de deseos hoy sometidos al apremio de las obligaciones y las inercias de la adultez. Quién sabe. Lo cierto es que, aunque uno no quiera, los fantasmas regresan y nos hablan. Unos misericordiosos, compasivos; otros crueles, reveladores de cuentas por saldar.

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  3. Gana el verano en lo narrativo. El invierno, llegando, tampoco es manco. Parece que se apreste el genio creativo a ponerse un poco senequista en verano, un poco teólogo, un poco juerguista, un poco demiurgo de su modorra. Hermoso texto, que invita a tumbarse. Me encanta la palabra alberca. Me parece una palabra preciosa de verdad. El texto tuyo, también.

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  4. Gracias, amigos.
    Antonio J., me encanta verte por este bar, donde los cinco santos bebedores pagamos rondas tratando de que el cliente se vaya siempre satisfecho. El Barralibre ha vivido tiempos mejores, es cierto. Pero ahí anda. Tómate las copas que quieras y haz los brindis que te apetezca.

    Miguel, contra las moscas estaba aquel émbolo lleno de una cosa que comprábamos en la droguería y que llamábamos "flih" (¿fly?. Contra las mocas machadianas, no se puede: son sagradas.

    Raymon, no es que volvamos a la magadalena de Proust. Fue él quen nos usurpó a los demás mortales el derecho a la nostalgia del recuerdo ennoblecido. En este terrano os recomiendo dos lecturas que han pasado por mi blog: "El chico de la estrella", unos deliciosos relatos del poeta José Lupiáñez (Salobreña, Ed. Alhulia, 2012)y los dos libros de Francisco Gil Craviotto, englobados con el título de "Los papeles de Juan Español".
    El recuerdo fluye con esa mágica sensación de lo onírico, como del chico de Cinema Paradiso, que tanto le gusta a Miguel.

    El verano da mucho juego literario. No nos olvidemos de la Higsmith y su Rippley (inolvidable "La plage" de Marie Laforet en la peli de la época de nouveu cinema), a Antonio Soler ("El camino de los ingleses"), la "Sonata de verano" de don Ramón...

    Permitidme traeros una pequeña aportación que hice hace un par de años a la web de Muñoz Molina:

    http://antoniomuñozmolina.es/2011/07/2452/

    Y nos falta nuestra Malena..

    Un abrazo,

    AG

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  5. Por cierto: habéis comentado esto cuatro señores (yo, que soy muy modesto, no me cuento): me parece realmente imposible que ninguno haya dicho nada de Kateleen Turner ni de Sonia Braga.

    AG

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  6. El calor gan cuerpos como quien pierde almas.
    Nadie puede no arrancarse al menos una página de su vida que no haya sido marcada a fuego por el calor. Cual sea.


    Abrazo

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