Volver a los diecisiete / Una nota breve sobre Ciudadano Kane




En ocasiones, según ronda el ánimo, creo en la infinita bondad del genio humano. Otras, en cambio, declino esa voluntad de concilio, ofrezco una resistencia mínima y me declaro insolvente en la resolución de la belleza. No tengo en esos momentos nada relevante que decir ni admito que nadie me revele nada relevante tampoco. Sencillamente hago como el Bartleby de Melville y prefiero no involucrarme. No ahondo, no expongo toda la capacidad de la que puedo disponer, no me entrego como podría. Con la historia de Charles Foster Kane hice justo lo contrario a lo que ahora escribo. Me la tomo absolutamente en serio. Concedí a la película de Orson Welles un rango metafísico, antológico, proverbial, sensible a la posiblidad de ser continuamente alimentado con nuevas interpretaciones. Creí en Rosebud como otros creen en la palabra de Escriva de Balaguer o en los gestos de Justin Bieber. En esa certeza teológica, enfrascado en la magia del cine, tan insólita entonces, creí en Rosebud de un modo en que después no he creído en casi nada más. Creí en Rosebud (insisto) porque no había (ni hay ahora) una evidencia tangible de que esa creencia mía la compartiese nadie. Cuando vi Ciudadano Kane comprendí un poco lo que después he dejado de comprender completamente. Recuerdo salir del cine, uno de esos cine-fórums de sala estrecha, descuidada, confortable a su manera, con algunas imágenes bien cosidas a mi cabeza. De hecho, en esa primera y maravillosa vez, más que asombrado por la película, por lo que contaba, lo que a mí me fascinaban eran algunos fotogramas que me asaltaron tan poderosamente que aún hoy, desmitificada, todavía conservo. Hay un cine que tiende a eso, a dejarse reducira una expresión mitológica. Se deshace uno de la trama, consiente que la rica maquinaria teatral no prospere en la memoria ni fije un patrón fiable al que acudir al correr del tiempo. A lo que no se renuncia es a la impresión primeriza, a toda esa percusión novicia que zarandeó el pulso. El mío, entonces, en las tardes universitarias, era quebradizo, conmovible. No sé ahora (o lo sé pero no me entretengo en razonarlo demasiado) si vería la obra de Welles con los mismos ojos. De hecho comencé a reverla anoche y aprecié no ya un desencanto (que no fue tal) sino un distanciamiento que no me agradó. Quise (imagino) volver a los diecisiete después de vivir un siglo, busqué (ay) al joven de los libros de Borges bajo el brazo, el que fatigó los pubs, el que convocaba el numen de las cosas (el falso, entiéndame) con cada pequeño descubrimiento personal o artístico. Y Kane, ah Kane, Kane fue un disparo en el pecho, una sacudida en el corazón, un enamoramiento demencial que más tarde, obrando el tiempo su artera mala saña, devino en esta tristeza de ahora, que me hace renquear en el texto, no desear, en el fondo, tirar de reseña y lanzarme como me gusta al escudriño, a la revelación de lo que siento. No siento mucho, la verdad. Es como uno de esos amores a los que uno ve de nuevo y mira con infinita estima, pero con los que no desea mantener una conversación. Será mi Rosebud. En lo demás, en lo que recuerdo, Ciudadano Kane facilitó el gran cine, lo hizo accesible, me inoculó uno de los vicios sin los que sencillamente no sabría vivir. Vamos a dejar esto más o menos claro: uno, en parte, es lo que es por esta historia, aunque ahora le convide menos al estremecimiento y parezca, a lo visto de esto que acaban de leer, que en realidad no la amo tanto. De hecho, anoche la dejé a medio ver cuando solo había cumplido una mitad de su metraje. Era tarde, supongo. Solo quería volver a los diecisiete.

6 comentarios:

  1. La cinefilia tiene nombre de enfermedad de la sangre.Una paradoja hemocinética que tiene que ver con la pérdida de plaquetas,con el exceso de "hematocríticos". Si eso ocurre, entras en el cine Emilio Calvo de Mora y sales Orson Welles.

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  2. La obra abierta (Eco dixit) habla con voces dispares según quien la lea y cuándo la lea. El paso del tiempo, las grietas de la memoria transforman el significado de la obra, descubren intersticios revelados que antes era imposible siquiera intuir. El arte es pura subjetividad en movimiento. La obra habla siempre y bajo formas que tienen más que ver con quien las recibe que con la estructura del texto. El texto interpela siempre, pero el lector no siempre está abierto a dejarse interpelar.

    Hoy estoy un poco Derrida, un poco Gadamer, un poco...

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  3. A veces no se puede volver a ver una pelicula, a pesar de su grandeza, que es el caso de esta pelicula. Y no es por la pelicula.
    Esta película tal vez haya despertado en el creador de Los Simpsons, porque es versionada en una capitulo. Y aparece una referencia al comienzo en otro.

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  4. Jesús Matallana25 mayo, 2013

    No la he visto lamentablemente, Emilio. Me la apunto. Hace tiempo que debiera haberlo hecho. Fuera disculpas: me gusta eso que cuentas del cine o del arte como algo que fluye conforme unomismo va fluyendo, y no hay dos películas iguales o dos libros que nos digan lo mismo leidos tiempo después. Y es mejor incluso que se así porque eso favorece la riqueza y no es entonces un libro sino muchos libros o no es una peli sino las muchas pelis que están encogidas en esa peli. Creo que no me tengo que extneder ma´s.


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  5. Comparto la sensación de desencanto por las ingratas veces en que me he puesto a querer volver sobre ese lugar o ese algo en el que fuera feliz.
    He aprendido una nueva palabras y reforzado el concepto de otras dos. Gracias por eso.

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  6. Volver a los diecisiete después de vivir un siglo, como cantaba Violeta. Quién pudiera. Pasamos la vida queriendo más para terminar descubriendo que nuestro Rosebud se perdió en el tiempo.

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