El sino de los Leandro


Habiendo atravesado previsiblemente el meridiano de mi existencia, me sentí intrigado por los misteriosos acontecimientos que rodean a no pocos de mis antepasados en lo referente a su paso a mejor vida. Mi abuela materna se encargó de inocular en mi despierta imaginación el interés por la historia familiar a través de los inquietantes relatos narrados a viva voz al calor del brasero de picón. Al principio creí que se trataba de meros defectos del azar, pero a medida que iban aumentando los cadáveres, fue afianzándose en mí una firme convicción de que mi genealogía estaba cautiva de una aciaga maldición.

Juan Leandro de Arribas, ancestro de mi bisabuelo, audaz carlista, moriría no a causa de su habilidad para resultar sincero en el momento menos conveniente para su integridad, sino presa de su congénita propensión a beber en exceso y de su por todos conocida torpeza psicomotriz. Tras haber ingerido varios litros del vino local en la taverna El gallo morón -nombre que presagiaba el infeliz suceso-, el caballero Leandro de Arribas retó a otro caballero, fiel liberal y menos beodo, a que se retractase contra lo que a su juicio era en toda regla una grave afrenta hacia la corona. Salió mi antepasado fuera del tugurio tambaleando su figura sombría hasta dar la punta de su pie con el resalto del quicio, precipitando su cuerpo contra el barrizal. Con tan mal futuro que un carruaje con sus dos caballos al galope fueron a acabar sobre su estampa. No sufrió, sin duda. Pudo haber acabado con su vida el liberal Alfredo Ruiz Almendros (así le llamaban), airado por la procaz verborrea de Leandro, y sin duda esta hubiese sido una muerte digna de un hombre leal a nobles ideales, pero quiso el destino escribir en prosa folletinesca su profano epílogo.

Tres cuartas de igual medida provocaron la infeliz muerte de mi bisabuelo, próspero sombrerero en la calle Buendía, del alegre barrio El ronquido, en mi pueblo natal. Tuvo a bien mi ancestro, Antonio Leandro Zúñiga, llamar a su comercio El sombrerero loco, en homenaje a la obra de Lewis Carroll, a quien admiraba por razones que él mismo se negaba a aclarar. En cualquier caso, fue este oficio la lápida que le sepultaría a la temprana edad de 27 años. Por entonces desconocía la ciencia médica los peligros que corrían los talabarteros quedando expuestos diariamente a dosis suficientes de mercurio como para acabar dementes de por vida. Las cualidades antisépticas del mercurio servían a los sombrereros del siglo XIX como eficaces depredadores de polillas, principales enemigos del fieltro de los sombreros. Pero no sería el mercurio el causante directo de su fatal infortunio, sino uno de los efectos que este metal provoca sobre sus víctimas: el delirio, la alucinación. Estaba mi bisabuela pelando patatas en el patio, cuando apareció Antonio Leandro Zúñiga, punzón en mano, convencido de que su mujer era una hidra. Antes de que mi bisabuelo pudiera siquiera acercarse a menos de un metro, hundió su esposa el afilado cuchillo sobre el pecho del desdichado.

A estas alturas, dirá mi perplejo lector que tales historias son quizá reflejo de mi imaginación o de una mera licencia literaria. ¡Más quisiera yo que la historia de mi familia fuera como la de amplia mayoría, muertes naturales, obituarios comunes, sin accidentes prodigiosos! Pero no, mi propia madre murió cuando apenas sumaba yo ocho años, víctima del cable que oreaba su colada diaria. Un viento pertinaz desató uno de los extremos del colgajo y fue a acabar en el ojo de mi progenitora, quien cuerpo a tierra quedó ensartada en un rastrillo. 

Mi abuela Micaela, quien moriría ya anciana, pero no por ello de vieja, tenía la siniestra teoría de que siglos atrás, un antepasado común, María Joaquina Leandro de Alcaraz, muchacha de infancia feliz y nobles sentimientos, condenó a las posteriores generaciones a fallecer en extrañas circunstancias como tributo a la cruel injusticia de ser apartada de su joven amante y recluida en un convento de por vida. Tuvo a mal el Creador que María Joaquina viviera la friolera de 87 años -record de longevidad en aquellos tiempos-, tiempo suficiente para convocar a Lucifer y su cuadrilla de díscolos arcángeles y urdir su terrible venganza.

Me tengo por hombre ilustrado, resistente a supersticiones, pero los hechos hablan contra mi razón y en no pocas ocasiones me despierto empapado por espantosas pesadillas en las que me veo a mí mismo ahogado por una aceituna, torrado por un rayo, desnucado a causa de un tropiezo o atropellado por un camión de la basura. Quienes me conocen, afirman de mí que soy un ser nervioso y obsesionado con el orden y la seguridad. Yo no me veo así, pero no descarto que una obsesión inconsciente se haya apoderado de mí, atemorizado por los cuentos de terror que mi abuela me narraba al calor de un brasero de picón. A fin de cuentas, no somos más que el relato que nuestra mente traza, ajeno a nuestra voluntad.

7 comentarios:

  1. Es como la maldición del El sabueso de los Bakersville, pero peor. Además de tragica, ridicula. Es frustrante que el antepasado del narrador no haya tenido una muerte epica, sino absurda.

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  2. Me temo, señor Demiurgo, que a estas alturas es ridículo creer en muertes épicas y más honesto es restar a la muerte sus epítetos. Toda muerte es grotesca, un error sin rewind.

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  3. Cosas así ocurrían también en Macondo y le encuentro a tu familia un cierto aire de idem a la de Aureliano Buendía. Tras cien años de soledad, el coronel ya tiene quien le escriba. Don Leandro y la fuerza del sino, amigo.

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  4. Pillaste el guiño-homenaje (véase la referencia a la calle Buendía), Miguel, a la obra de Márquez. Aplicado lector.

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  5. Hay muertes y muertes, todas distintas y todas tan iguales en su irremediabilidad.
    Sin embargo, no puedo dejar de sentir un poco de envidia frente a esta familia tan glamorosa en la hora final.

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  6. Nada forma mejor la personalidad de una persona que los cuentos y relatos de y sobre los ancestros. Entonces, ahora que lo pienso, quizá allí radique el origen de mis dificultades sociales...

    Saludos!

    J.

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  7. Me he criado escuchando historias sobre ancestros míos a los que no tuve el gusto de conocer. Los sentía míos, en parte, claro. Los de la ficción, en ocasiones, ganan a los auténticos, que son también, bien mirados, de mentira. La literatura, caballero. La alta. La bien contada. La que entra. Entró, como diría McEnroe.

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