Yo a quien le tengo miedo es a Belén Esteban


Fobia.
(Del gr. -φοβία, elem. compos. que significa 'temor').
1. f. Aversión obsesiva a alguien o a algo.
2. f. Temor irracional compulsivo.


De la teofobia a la teofilia media un sufijo. Tenemos esa manía de explicarlo todo y recurrimos a los sufijos o al índice de precios al consumo. Supongo que es una consecuencia de la cultura, de la poca o de la mucha que tengamos. En mi opinión, observando con detalle las fobias y las filias que padecemos o que disfrutamos, podríamos prescindir, en ocasiones, de la cultura. Ágrafos y lerdos, viviríamos mejor. Lo digo completamente en serio. Anoche, distraído con las etimologías, inclinado a esa idea maravillosa de no acostarse uno sin haber aprendido algo nuevo, busqué en el google el nombre que reciben algunos de los miedos que nos escoltan durante el día y que tutelan, emboscados en la niebla, nuestros sueños. El amable lector, el de ánimo lúdico, podrá retirar el sufijo fobia y colocar, en cada caso, el sufijo filia. De ser un teófobo a un teófilo no media un capricho lingüístico. Entre una y otra forma de entender las alturas celestiales o las honduras del espíritu se pueden advertir con absoluta nitidez algunas de las más nobles o de las más mezquinas aventuras que ha perpetrado el hombre desde que abandonó la torre de Babel y puso franquicias por el mundo. 

Va por ustedes, visitantes de la Barra, este pequeño (muy pequeño, de verdad) inventario de dolores. Porque el miedo, visto en detalle, no es únicamente la percepción de un peligro, la constatación de que hay una advertencia de riesgo o de amenaza que nos cierne y nos rebaja. El miedo es un juguete de psiquiatras, una de esas intimidades confesables, una mercancía con la que profesionalizar la incertidumbre. Sírvanse escoger, de entre las fobias a continuación mencionadas, la que más se ajusta a su condición anímica. La mía, escandalizada más que asustada, perpleja más que amenazada, se refugia en estos libertinos juegos de la mente ociosa. Ninguna de las acepciones que a continuación se adjuntan se ajusta a la veracidad ni contienen sesgo clínico alguno. 


Ergofobia
La fobia al trabajo puede ser considerada un trastorno episódico de común afección en adolescentes, recibiendo el más frecuentado término de fobia escolar. La padecen quienes, en el desempeño de un oficio, advierten un agravio estético o quienes, sensibles, creen que se les vulnera algún derecho irrenunciable. Todos esos derechos a los que apelan recurren siempre al mismo indivisible vicio: el de no hincar el espinazo. El ergofóbico, contemplado sin la seriedad que toda dolencia exige, es personaje de chistes burdos. Se le ha llamado holgazán, gandul, atorrante, haragán, indolente, zángano. En raras ocasiones, estimulados por el afecto que a veces causan, se les llama también bohemios, sutiles, ingrávidos o más infrecuentemente conceptuales o abstractos. Tengo yo un par de amigos conceptuales. Ninguno al que, con el cariño que les profeso, les pueda llamar perros. Henry Ford sentenció que a ningún hombre se le puede obligar a realizar el trabajo que puede hacer una máquina. Woody Allen recomendaba trabajar ocho horas y dormir otras ocho, pero procurando que no coincidiesen. Mi amigo Benito sostiene que el país está como está por la proliferación de los ergófobos y que la culpa la tienen los pucheros de las abuelas.

Macrofobia
Dícese del miedo a las esperas largas. Es padecimiento sobre el que no hay literatura fiable. Sospecha uno, macrofóbico a ratos, que el que la padece es sujeto al que le visitan otras dolencias periféricas. Puede considerarse que el afectado no disfruta con esos ratos visiblemente vacíos. En caso de que le fuesen gratos y los buscase, la fobia sería una limpia filia, es decir, todo lo que duele mutaría en gozo. Sé de quien, en la cola de la charcutería, consciente de que la macrofobia vuela sin pudor su sencilla figura de cliente, se calza los auriculares, pulsa el play y se pierde en los arias de Verdi. Ese acto feliz no rivaliza con el de extraer de la chaqueta o de la maricona de turno el ebook en el que, alojado en sus binarias tripas, reposan los versos que Poe dedicó a su amada Annabel Lee. Entre Verdi y Lee, la espera se transforma en un dulce tránsito que no hace falta consolar con ansiolíticos ni con otros fármacos que espanten el mal y lo disuadan de su belicoso empeño. Concierne al enfermo de esta clase desesperar sin disimulos. Se le consiente que haga muecas, bizquee, saque y guarde la lengua rítmicamente o deletree el nombre del último tesorero del Partido Popular haciendo especial énfasis en la fonética de las palabras esdrújulas. Mi amiga Penélope sostiene que el país entero está afectado por esta fobia. Que la Seguridad Social no la cree enfermedad relevante. Que su novio es macrófobico por culpa suya. Es que me encanta acicalarme y se me van las horas delante de un espejo, ha confesado con absoluto desparpajo.

Onomatofobia
Es el miedo a escuchar cierta palabra. El onomatófobo no posee conocimiento de su perturbación, pero en cuanto escucha la restitución fonética de la palabra cae en trance, suda a borbotones, abre desmesuradamente los ojos y pierde el completo sentido de las cosas. Es posible que en el decurso de una vida solo haya algún episodio aislado de onomatofobia. Incluso existe la posibilidad de que todos, en el fondo, padezcamos esta rara anomalía en la percepción puramente léxica del universo pero que no se haya manifestado. ¿Quién sabe a qué palabra le tenemos miedo? A mí, tan propenso a dejarme querer por la sonancia de las palabras, tan de arrimarme a la música de las sílabas, me parece que no debo tener ninguna que de verdad me conmocione, al punto de hacerme echar espumarajos por la boca o, ya se ha escrito, caer en trance, sudar como un cerdo y todas esas terribles cosas, pero quizá al término del día, poco antes de meterme en la cama y conciliar el sueño, oiga mi palabra inescuchable. No sé a qué familia pertenecerá. No tengo deseo alguno en saber nada relacionado con ella. Soy muy aprehensivo (eso es otro asunto que merecería un aparte detallado) en todo lo que atañe a la paz de mi espíritu. Mi amigo Cristobal sostiene que el país entero padece esta extraña dolencia fonética. Que el día en que el Rey, pongo por caso el Rey, la pronuncie en el Mensaje Navideño, caeremos todos en trance, en fin, sudaremos, ingresaremos en el infierno de las convulsiones. No confudir la onomatofobia con la verbofobia, que es de más difícil erradicación. El verbófobo es, en esencia, un impedido para las relaciones sociales, un tullido semántico, una especie de monstruo ágrafo, carente de sensibilidad literaria o de inclinaciones dialécticas. La política, en general, está plagado de verbófobos. Algunas parejas ya llegan al altar comidos por esta fiebre. A los niños, en particular, se les debería orientar a que amen las palabras. Solo amando las palabras, sintiendo el hermoso peso que tutelan, se podría evitar la infección de estos indeseables gérmenes.


Oftalmofobia

O el miedo a que a uno lo miren fijamente, a distancia corta, con insistencia de gárgola. Son gente que no admite planos fijos. No serían en absoluto buenos actores para una película de Ingmar Bergman. Tampoco consienten la cercanía de un dentista o de un ser amado que les conceda el placer de un beso. El oftalmófobo es criatura de temperamento irascible. Se enerva extraordinariamente si percibe que un ojo lo inspecciona. En hombres, produce individuos de exagerado pulcritud facial. Afeitados con absoluta eficacia, evitan que la piel exhiba alguna inconveniencia seborreica. Todo porque no le hurguen. En mujeres, se da el abundante caso de las que no cejan en el empeño de cuidar hasta límites enfermizos el mismo cuidado facial. Son abonadas a caras firmas de cosmética. El oftamófobo extremo, el que linda con el paroxismo


Panfobia
Miedo a todo. Miedo a Bárcenas. Miedo a las espátulas., Miedo a la crema de langosta. Miedo a sentirse defraudado. Miedo a un solo de guitarra de Jeff Beck. Miedo a las autonomías. Miedo a la contracepción. Miedo a los lagartos de Komodo. Miedo a las geishas. Miedo a Peter Pan. Miedo a Federico Jiménez Losantos. Qué bien me lo estoy pasando. Miedo al Titanic un minuto antes de embestir el hielo hijoputa. Miedo al Mayflower atracando en la tierra prometida. Miedo a Bárcenas, creo que ya lo he dicho. Miedo al pulpo. Miedo al grito de guerra de los comanches. Miedo a George Bush Hijo. Miedo al Padre. Miedo a los cardenales a punto de elegir al Nuevo Papa del Orbe Jodido. Me van a permitir, oh amables lectores, que me explaye. Miedo a la literatura rusa del siglo XIX. Miedo a las parrafadas de Woody Allen. Miedo al pelo púbico femenino. Miedo a María Dolores de Cospedal. Miedo a la lactosa. Miedo al índice de precios al consumo. Miedo al Dow Jones. Miedo al Capitán Trueno. Miedo a la música de Philip Glass. Miedo al alcohol. Miedo a las confituras de melocotón. Miedo a las alturas. Miedo a todo lo visible y lo invisible. Miedo a la posibilidad de que no debamos sentir verdaderamente tanto miedo. Miedo a las construcciones aeroespaciales. Miedo a la ciencia. Miedo al padrenuestro. Miedo a Andy Warhol. Miedo a Hannibal Lecter. Miedo a todos los hijos de la patria. Miedo a la mierda. Miedo al caos. Miedo a los domingos por la mañana. Miedo a Corea del Norte. Miedo a Ciudad Juárez. Miedo al vientre de alquiler. Miedo al pedo propio y sinfónico. Miedo a la ortografía. Miedo al ayer que todo lo ocupa. Miedo al porvenir que todo lo ocupa. Miedo al sábado por la noche. Miedo a las cinco menos cuarto. Miedo a los obesos. Miedo a las frígidas. Miedo a los naufragios. Miedo al sol. Miedo al siglo X. Miedo a los samuráis. Miedo al suicidio. Miedo a Erich Fromm. Miedo al catastro municipal. Miedo a las culebras. Miedo a las mentiras. Miedo a las hamburguesas. Miedo al pólen. Miedo a la pulcritud. Miedo al desencanto. Miedo a las ovejas merinas. Miedo al café torrefacto. Miedo a las hordas bárbaras. Miedo a los virus. Miedo a los anuncios de telecinco. Miedo a los tantos por ciento. Miedo al padre. Miedo a William Faulkner. Miedo a la gracia del espíritu santo. Miedo a los amplificadores de válvulas. Miedo a los oftalmófobos. Miedo a la lírica. Miedo a los Presupuestos Generales del Estado. Miedo al número setenta y siete. Miedo a los adjetivos comparativos de superioridad. Miedo a las ecuaciones de segundo grado. Miedo a la puta madre que parió al miedo. Me estoy poniendo las botas, señoras y señores. Miedo al jersey de cuello vuelto. Miedo a la prensa. Miedo a los vinos criados en barrica de roble americano. Miedo a las resacas. Miedo al avemaría. Miedo a los cuadros de Pollock. Miedo a las vergas. Miedo al coño. Miedo a Bárcenas, creo que estoy ya lo he escrito antes. Miedo a las propinas. Miedo a la misa de doce. Miedo a María Teresa Campos. Miedo a la historia del hombre que subió a una montaña siendo un hombre y nunca bajó y no sabemos dónde está, en fin. Miedo a las series de Antena 3. Miiedo a Arturo Fernández, qué ser más repudiable. Miedo a Chéjov. Miedo a los barcos que llegan a puerto y tienen que ser puestos en cuarentena. Miedo a la sensación de que nos están vigilando. Miedo a que nuestros hijos no aprueben un parcial de Matemáticas. Miedo al polvo. Miedo sideral. Miedo metalúrgico. Estoy entrando en otra dimensión del miedo. Miedo a Bárcenas, he vuelto a las andadas. Miedo espectral. Miedo dodecafónico. Miedo geológico. Miedo teológico. Miedo ancestral. Miedo infinitesimal. Miedo yanki. Miedo a las películas de submarinos. Miedo a Bette Davis. Miedo a que se me olvida el nombre de la primera novia, ah la primera novia. Miedo a todas las formas de injusticia. Miedo a Nicolás Maduro. Miedo al estado de Arkansas. Miedo a los prospectos de los medicamentos. Miedo a los ciudadanos. Miedo a los concejales de urbanismo. Miedo a Atticus Finch. Miedo a Peter Bogdanovich. Miedo a Peter Frampton. Miedo al Antonio Rouco Valera, ay qué miedo me da este señor con cara de perverso. Miedo a todos los hijos de San Luis. Miedo a los tabernáculos. Miedo a las infamias. Miedo a las libertinas. Miedo a las mojigatas. Miedo a que se me pare el reloj. Miedo a que no sepa parar este texto, Alberto, Miguel, Malena, Ramón. Miedo a que a lata de cerveza no esté fría del todo. Miedo a los mencheviques. Miedo a Cristina Pérez de Castro. Miedo a toda las homilías de todos los párrocos de todo el mundo. Miedo a Bárcenas, que sí, que sí. Miedo al teatro del absurdo. Miedo a los hoteles de cinco estrellas. Miedo a las camas. Miedo a las bases de datos. Miedo a rapidshare. Miedo al Congo Belga. Miedo a que se me explote un soneto en el pecho. Miedo a tener una erección. Miedo a no tenerla. Miedo al tráfico de estupefacientes. Miedo al comunismo. Miedo a la tarjeta sanitaria. Miedo infinito. Miedo al número pi. Miedo a las locuciones preposicionales. Miedo a la antigüedad. Miedo a los viajes en el tiempo. Miedo a los burocracia. Miedo a los jefes. Miedo brutal. Miedo espasmódico. Miedo al septentrión. Miedo a las recetas de Arzak. Miedo a todos los maricones. Miedo a los números impares. Miedo a la música de los países andinos. Miedo a la feria de mi pueblo. Miedo a la ubre ubérrima. Miedo a Bárcenas, ya voy terminando, amigos. Miedo a la estatua ecuestre, cueste lo que cueste. Miedo al general Custer. Miedo a las crónicas de sociedad. Miedo al Vía Crucis. Miedo a la impedancia óhnmica. Miedo a los reveses. Miedo a los datos del inem. Miedo a los flujos vaginales. Miedo al circo. Miedo a la poesía bucólica. Miedo a ser castrado. Miedo a morir. Miedo a que te duela el pie izquierdo. Miedo a que sangrar por la naríz. Miedo a las puertas abiertas. Miedo a las palabras de más de cuatro sílabas. Miedo a las niñas con coletas. Miedo a los grandes problemas del mundo. Miedo a que se te conceda un deseo y luego te arrepientas muchísimo de haberlo pedido. Miedo a San Agustín. Miedo a la literatura naïf. Miedo al insomnio. Miedo a que no vuelvas a ver ninguna película de Hitchcock. Miedo a la letra q. Miedo a las cartillas de racionamiento. Miedo a que te pillen masturbándote. Miedo al oro de Moscú. Miedo a que conozcan de verdad. Miedo a que nadie sea sincero. Miedo a que tu ordenador no reconozca tu lápiz de 32 gigas. Miedo a Humbert Humbert. Miedo a Miguel Martínez Pérez. Miedo a Antonio Sánchez Huertas. Miedo a Emilio Calvo de Mora Villar. Miedo al veneno. Miedo a la brutalidad policial. Miedo a las epidemias. Miedo a Standards and Poors. Miedo a los ríos. Miedo a los frikis. Miedo a la lencería fina. Miedo al coito. Miedo a no tener un hijo. Miedo a tener un síndrome. Miedo a que no haya wifi. Miedo a que la cuenta del restaurante sea excesiva. Miedo a que no terminen de leer este texto, ah amigos. Miedo a que el mundo sea un capricho de un dios rudimentario, frívolo y un poco cabrón. Miedo al gol 345 de Lionel Messi, ese soso. Miedo a que me inviten a una boda. Miedo al genocidio. Miedo a que no pueda encontrar el gran amor de mi vida. Miedo a que lo tenga a mano. Miedo al hijo. Miedo al suegro. Miedo a todos los discos de Amancio Prada. Miedo a los viajes en bicicleta. Miedo a la quimioterapia. Miedo a Nabokov. Miedo a Kubrick. Miedo a Bill Evans. Miedo a Bárcenas, pero ya me voy acostumbrando. Miedo a que se te acabe la batería del móvil. Miedo a ser insensible. Miedo a los psicotrópicos. Miedo a la estulticia. Miedo al ruido. Miedo a que Dios exista. Miedo a que tu mejor amigo sea zurdo. Miedo a que el interior del alma humana sea insondable. Miedo a los elefantes. Miedo a los preliminares. Miedo al civismo. Miedo al dolor. Miedo a la fe. Miedo a Keynes. Miedo a Buda. Miedo a los autobuses de línea. Miedo al limbo. Miedo a la cara de Joseph Ratinzger. Miedo al sueño en el que mueres. Miedo a la inmundicia. Miedo a que se te aparezca un hada madrina. Miedo a los hermanos Karamazov. Miedo a la kryptonita. Miedo a las palabras que acaban en sufijos. Miedo a los libros baratos. Miedo a la cimitarra de hierro. Miedo a las catervas de alucinados. Miedo a la calle Génova. Miedo a los incunables. Miedo a que no tenga mañana recuerdo alguno. Miedo a que no pueda parar de escribir, en serio. Miedo a que se me aparezcan todos mis antepasados y me increpen. Miedo a confesarme. Miedo a la liturgia. Miedo a los caballos que bailan. Miedo a los boletínes oficiales del Estado. Miedo a las ocho y cinco de la mañana. Miedo a las palabras que empiezan con tilde. Miedo a que se vaya la luz. Miedo a las sombras. Miedo a los despertadores marca Sanyo. Miedo a los routers. Miedo a la templanza. Miedo a que todavía haya alguien que esté ahí, a pie de texto, leyendo toda esta bruma sináptica. Miedo a que me ignoren. Miedo a que me insulten. Miedo a que vituperen. Miedo a que me miren. Miedo a que no me miren. Miedo a María Dolores de Cospedal, creo que estoy entrando en el peligroso territorio en que Cospedal y Bárcenas están matrimoniándose en un vocablo común y terrible. Miedo a que no vuelva a escuchar jazz. Miedo a los libros de caballería. Miedo al latín. Miedo a la prima de riesgo. Miedo a que se me está yendo la cabeza, ah amigos. Miedo a la inercia. Miedo a la morosidad. Miedo a los secretos. Miedo a la torpeza. Miedo a la eyaculación pre. Miedo a la isolofobia. Miedo a que mi iphone falle. Miedo a que mi ipad falle. Miedo a que mi apple tv falle. Miedo a las películas de la Hammer. Miedo al bluetooth. Miedo al spam. Miedo al chancro exantemático. Miedo a la svástica. Miedo a los villancicos. Miedo a los discos de Sinatra en la Capitol. Miedo a los olores corporales. Miedo a la cirugía dental. Miedo a los espasmos. Miedo a los paseos por los bosques. Miedo a Laponia. Miedo a los pectorales de Josemari Aznar. Miedo a las lenguas de doble filo. Miedo a los espárragos peruanos. Miedo a los axiomas. Miedo a la vida eterna. Miedo a la caligrafía. Miedo a Bo Derek. Miedo a los payasos de la tele. Miedo a las sombras. Miedo a las nubes. Miedo al hombre del saco. Miedo a Stephen King. Miedo a la mercadotecnica. Miedo a los supermercados. Miedo a la cadena Dial. Miedo a los poemas de Alberti. Miedo a la música de La Casa de la Pradera. Miedo al vértigo. Miedo al tifus. Miedo a la virginidad. Miedo a la promiscuidad. Miedo a los fascículos de Félix Rodríguez de La Fuente. Miedo a los exámenes de verano. Miedo al ciclo de Krebs. Miedo a las metáforas. Miedo a los ojos de Fernando Savater. Miedo a los chistes malos. Miedo a los textos evangélicos. Miedo a las crónicas bélicas. Miedo a los dioses griegos. Miedo al talibanismo. Miedo a dormir mucho. Miedo a vivir poco. Miedo a que se me esté cayendo el pelo. Miedo a que no se me caiga. Miedo a los gitanos. Miedo a los ejecutivos. Miedo a Belén Esteban. Miedo a Belén Esteban. Miedo a Belén Esgeban. De verdad, mucho miedo a Belén Esteban.


7 comentarios:

  1. Excelente catálogo fóbico o fílico.
    El miedo a Belén Esteban se incrementa con la imagen posteada, como aparición vampírica nocturna. Aunque a la vez es reina del humor involuntario.

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  2. Excelente texto. La perla de Ingmar Bergman todavía me está haciendo reír mientras escribo. Es buenísimo eso. Sutil. Me llevo descaradamente al verbófobo como tullido semántico. No sé por qué pienso en un par de personas concretas a las que les cabe ese "tullido semántico". Y la enumeración de Panfobia es un textazo aún googleando a Belén Esteban, que ya con lo que dice wiki, y sí, es para tenerle miedito.
    Felicitaciones, Emilio.
    Saludos van.

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  3. Merche Cruz10 marzo, 2013

    No pudo acabar, lo siento, pero disfruté hasta donde llegué, y disfruté mucho. Sabias palabras, dulces fobias, gran blog, estupenda barra. Excelente el texto, como dice atinadamente Sandra. Lo de Belén Esteban... Lo dejamos, lo dejamos. Miedo a porrillo...


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  4. Meticulosa como su propia raíz etimológica (metus/miedo) , esta antología semántica te sitúa en el filo ambivalente de su esencia radical: O la catarsis o el abismo. Porque aquí, amigo, el miedo es el medio. Y, ante eso, ¿ahora que escribo yo? ¿Eso es miedo? No, ¡pánico!

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  5. Miedo al miedo, también.
    Explicaciones que sobran, pero que admitimos. El miedo es el motor del universo.
    La religión completa está sustentada por el miedo.
    De eso esperaba que escribieras. No sé por qué pensé que ese era tu tema en la barra de esta ronda.
    No obstante, hay algo en el texto y algo que los que te conocemos, apreciamos, notamos, sentimos, y nos alegra.

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  6. "Ágrafos y lerdos, viviríamos mejor." Todo tiene su reverso. La inconsciencia, la ignorancia, la estupidez tiene su efecto colateral. Quien desconoce no disfruta; la risa es un placer que se siembra en el intelecto. El curioso admira, queda cautivado, aprecia, sigue temiendo, pero menos. Leer, escrudiñar, buscar respuesta, comparar, escuchar, sentir, es una buena forma de vivir. Obviar, hacer oídos sordos, evitar, cerrarse en banda, es una triste manera de morir a fuego lento.

    Lo de la ergofobia tiene que ver muy mucho con el placer. Uno se entrega sin apenas notar el sudor a empresas en las de se deja la voluntad a gusto. Y evita aquellas otras que presiente una pesada carga. Y lo dijo Marx: el trabajo dignifica al ser humano cuando se siente agente creador de su obra, cuando aporta su subjetividad al producto; y si encima te pagan por ello, pues mejor.

    Me confieso macrófobo. Me jode tener que esperar, pero sobre todo hacer esperar al prójimo. Apenas veo que queda poco para mi cita y aún estoy a mil leguas, me entra una mala hostia...

    "A los niños, en particular, se les debería orientar a que amen las palabras." Firmo y reafirmo la sentencia. Aunque matizo. Que amen las palabras de tal forma que las usen a libre albedrío, según convenga, unas como regla, otras como escudo, o regalo, o arma, o telón, o sendero, o leña, u oración profana, o microscopio, o tentáculo, o dinamita, o gepeese, o paraguas, o ventilador, o tiro al plato, o almohada, o linterna, o altavoz, o...

    Más bien soy oftalmófilo. Me gusta mirar y ser mirado. Soy un voyer sin cerrojo. La mirada sucia a pelo, perpleja a ser posible. Mirar es mi tercer apellido. Deformación profesional quizá. Vicio, es posible.

    Comparto algunas de tus fobias, hermano miedica. "Miedo al pelo púbico femenino" (y por extensión a toda su insondable orografía); miedo y admiración se dan de la mano. "Miedo a las palabras de más de cuatro sílabas. Miedo a las niñas con coletas. Miedo a que se te conceda un deseo y luego te arrepientas muchísimo de haberlo pedido." Miedo al domingo (no solo por la mañana). Joder, me acuerdo de esos domingos sin sustancia, mera preparación del lunes. Me mareo de imaginarlos de nuevo.

    Ah, se me olvidaba, miedo a las listas largas. Me entra un hastío, una desidia tener que leerlas. Cuando llevo unas 34, se me hacen iguales, repetidas. Y solo recuerdo la última, la penúltima si acaso.

    Supongo, Emilio, que ese miedo a la virginidad se refiere a la ajena, ¿no?

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  7. Ergofóbico.
    ¡Qué maravilla!
    Y yo que pensaba que mi ex marido era un vago de miércoles.

    Al final voy a terminar pensando que necesitamos tantas definiciones para esconder debajo de ellas nuestro peor miedo: el miedo a tener miedo.

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