Está perdido



La luz de una farola se cuela en las rendijas que deja una persiana mal bajada, proyectando sobre la pared del dormitorio sombras transmutadas por aquel niño en gigantes, brujas, zombis, espectros alzando largas extremidades sobre su cama. Cree incluso oírles repetir su inquietante cacofonía mientras los contempla sin poder evitar hacerlo, ocultando media cara bajo las sábanas. Un coche atraviesa la calle y su fantasma proyecta en la habitación la imagen misma del terror. ¡Mamá, tengo miedo!, repite una y otra vez el niño. ¡Ven, mamá, ven! Pensó antes si pedir auxilio, no sea que sus gritos atrajeran a algún fantasma, acechante bajo la cama, dentro del armario, al otro lado de la puerta entreabierta, y su madre no pudiera llegar a tiempo para salvarle de unas garras afiladas o una boca sedienta de sangre. Viene la madre. Solo su presencia ahuyenta sus temores. Los fantasmas no existen; solo están en los libros. Duérmete, mamá está cerca. ¡Mamá, no te vayas! Mamá posa sus labios sobre su frente y se va. ¡Mamá, no te vayas! No te vayas, piensa para sí. Otro coche baja la calle, dejando sobre la pared una imagen monstruosa. El niño oculta su cabeza bajo las sábanas y tiembla. Adivina sobre la superficie del edredón el aliento de un muerto viviente, las pezuñas de un monstruo oliendo a su presa. Y tiembla, contrae su cuerpo menudo mientras aprieta con sus dedos el quicio de la sábana, como si con ello pudiera evitar que la siniestra presencia le encontrase al fin allí, indefenso y solo. ¡Mamá!, cree decir. El miedo grapa su boca, le impide apenas tiritar. Otro coche pasa, el sonido de la puerta de un garaje cercano deviene en el rugir de una bestia a punto de saltar sobre el ovillo de su cuerpo. ¡Mamá, mamá! Si pudiera oírme... Pero no puede hablar, no sin alertarlos. Solo oye el traqueteo de su corazón. Se escurre hacia el interior de la cama. Un portazo resuena en toda la casa. Su padre llega tarde; cosas del trabajo. El niño lo sabe, pero cuando lo recuerda ya es demasiado tarde. La orina se extiende por sus piernas hasta llegar al cubrecamas. Al miedo se suma la vergüenza. No se atreve a llamar a su padre. Presiente que algo está cerca, oye sin oír su respiración al otro lado del edredón. Está perdido. 

6 comentarios:

  1. El miedo iniciático, el de la ingenuidad infantil, es el miedo en estado puro; mejor dicho, en sus tres estados: sólido, líquido y gaseoso. Tal y como aquí se describe.¡Trágame, cama, oculto entre las sábanas! En él me reconozco. Nos reconocemos.
    Venga, otra copa, Ramón, entre temblores.

    ResponderEliminar
  2. Todo un clímax sabiamente administrado. Sonidos, sombras, luces y oscuridad. los sumandos perfectos para crear el miedo. Mi felicitación.

    AG

    ResponderEliminar
  3. Un relato lleno de sensaciones. Muy bien relatado. Esa antítesis de voces que pueblan la mente del protagonista y lo enmudecen. Me encantó.
    Saludos y felicitaciones van, Ramón.

    ResponderEliminar
  4. tremendo tu escrito aplausos

    ResponderEliminar
  5. Close your eyes, have no fear. The monster's gone, He's on the run and your daddy's here.

    Eso le cantaba John Lennon a su hijo.
    Ay, quién tuviera hoy miedos que se esfumen con un beso de mamá!

    ResponderEliminar