Cincuenta pasos



No más de cincuenta pasos, quizá menos, le separan del balcón. Aún resuena con nitidez, embutido en sotana, roquete, mantaleta y solideo, la invocación que días antes cantara en la capilla Paolina. Veni creator spiritus, mentes tuorum visita, imple superna gratia, quae tu creasti, pectora, repite para sí... Enciende con tu luz nuestros sentidos, infunde tu amor en nuestros corazones y con tu perpetuo auxilio, fortalece nuestra frágil carne. Quiso el Altísimo poner a prueba a este su humilde servidor, afanado tiempo atrás en menesteres sin duda más llevaderos, y elegirlo hoy, por el soplo insondable del Espíritu Santo, sin mérito ni voluntad alguna, para cargar sobre su cansado corazón el devenir de su Iglesia,... cuán poco merecedora de la gracia que nuestro Señor prodiga, y sin embargo, tan necesitada de ella.

Gira el anillo del Pescador, mirada al frente. Un cielo limpio, radiado por un sol generoso, se adivina más allá del balcón. Junto a él, uno de los cardenales diáconos eleva sobre sí una mayúscula cruz dorada. Será ella lo primero que distinguirá la multitud reunida en la plaza, pueblo de Dios, cautivo de esperanza. El decano proclamará con solemnidad: Un gozo grande os anuncio, tenemos papa... Pero aún resta recorrer la estancia. No hay prisa. El tiempo divino estira su reloj eterno, llama al alma a ser paciente. Cuatro días llevaba muerto Lázaro cuando nuestro Señor Jesucristo llegó a Betania, y sin embargo, lo resucitó. Confía, alma débil, en tu Señor, pastor paciente.

El Santo Padre titubea y se detiene. El decano y su ayudante hacen lo propio y esperan. Una indócil fatiga se apodera del abdomen del recién electo. Aprieta con su puño la estola de moaré rojo, como queriendo asirse a un sólido imaginario. Parece caer, pero aguanta el embate; apoya una mano sobre el muslo. La inquietud del decano y un puñado de cardenales que se acercan inquietos a asistirle le obligan a izarse y calmar su preocupación. Les mira con sonrisa quebrada y confiesa: paz, paz, solo es un retortijón. Se incorpora a su posición ceremonial, pero de nuevo su cuerpo insiste en incomodarle. De nada parecen servir los remedios naturales que su médico lleva años aconsejando a este cuerpo lacerado por la enfermedad; papaya matinal, fricciones con aceite de oliva sobre su vientre, pulpa de aguacate con miel, infusión de malva en ayunas, yogur casero con semillas de lino, duchas calientes, nada, nada parece aliviar lo suficiente esta mortaja viviente. Un alma pecadora encerrada en un cuerpo débil, solo eso somos. Dame fuerzas, Señor. 

El Santo Padre declina a su pesar seguir andando y confiesa necesitar del rápido consuelo de un inodoro. Por esta vez, daremos libertad a la carne. La Humanidad errante puede esperar. Una mirada perpleja se contagia entre los cardenales que le rodean. Tras un silencio breve, pero incómodo, el decano insta al Papa a seguirle. No muy lejos podrá dar salida a sus necesidades. Tome mi hombro, Santo Padre, apóyese en mí. El pontífice acepta, muy a su pesar. Debe el cuerpo aguantar con alegría la voluntad de Dios, agradecer al santísimo su infinita misericordia. Pero ya no puede más; prefiere ceder a incomodar a sus hermanos cardenales. 

Entra en una desolada estancia de paredes blanquecinas y techo infinito, sobre el que aún corona el escudo de su predecesor. El Santo padre iza su sotana e intenta posarse sobre el inodoro, no sin sentir cómo el dolor abdominal le paraliza. Empuña con fuerza una de las agarraderas que encuentra junto a él. Aspira, espira, vuelve a aspirar... Mira sin mirar la pared desnuda. Una vez logra asentarse sobre la elipse de la taza, intenta con dificultad palpar su vientre; debe levantar varios ropajes hasta dar con la piel hinchada. Como esperaba. El atribulado viaje hasta el Vaticano, la dieta irresistible de las hermanas de la domus Sancta Martae y una memoria quebradiza (que olvidó las acostumbradas medicinas) hicieron el resto. 

Reza una salve, pese a no tener su rosario a mano. Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra... Satanás aprovecha el hueco que dejan almas poco entrenadas, que rumian ideas peregrinas mientras laboran o se entregan a sus necesidades. Bendito aquel que está alerta y... ¡Uggg! Un gruñido involuntario alivia el esfuerzo del Santo Padre por evacuar siquiera una mínima deposición que le libere pronto de su incómoda contingencia y pueda por fin recorrer los pasos que restan para alcanzar el balcón papal. Pero no, quiere Dios poner a prueba a este su siervo, recordarle su naturaleza finita, su origen adánico. Dejad que los niños y pobres de espíritu se acerquen a mí. Alzas, oh Señor, a quien se inclina. Heme aquí, a tu servicio.

Quizá cantar ayude. Introitus Spiritus Domini valdrá. Pues tampoco. El músculo del esfínter se cierra, pese a la voluntad del sufriente. Natura manda. El Santo Padre se quita el solideo y utiliza su estola para secar el sudor de su frente. Hostem repellas longius, pacemque dones protinus; ductore sic te praevio, vitemus omne noxium. Un intento más. ¡Fuerzas, Señor! Contrae el pontífice sus asentaderas, en una última ofensiva contra su estreñimiento. Arruga la sotana con sus puños hasta arañar la carne mortal. ¡Uggg! De nuevo un gruñido cavernoso inunda el cuarto de aseo, pero esta vez se prolonga hasta, en su paroxismo, encontrar alivio en la promesa de la aparición inminente de una hirsuta hez, asomando con timidez la superficie del esfínter. Alabado seas, Señor. Exulta mi alma ante tu infinita misericordia. Después de un instante que es una eternidad, el pontífice oye bajo sus posaderas un splash seco y después nada, un silencio tan solo rasgado por su desaliento. Se limpia.

Alza sus ropajes. Podría adivinarse cómo una tímida sonrisa cruza su rostro mientras se lava las manos frente al espejo. Evita mirarse. Un hombre, solo un hombre; eres solo un hombre. Recuérdalo. Infirma nostri corporis, virtute firmans perpeti. Se coloca el solideo con ambas manos, comprueba que su estola esté alineada, sacude la mantaleta con el reverso de su mano y abre la puerta. Varios cardenales se giran hacia Su Santidad, a la espera de un gesto que augure buenas noticias. Vayamos pues, sentencia el pontífice. No más de cincuenta pasos, quizá menos, le separan del balcón.

6 comentarios:

  1. Son unos políglotas estos personajes. Hay un par de ellos que, papables, piden a Dios que les de entereza en el cargo. Ese sí que sabe lenguas.

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  2. A cincuenta pasos de la condenación eterna están algunos irreverentes en esta barra del libertinaje. De su ámbito tarantinesco en cualquier momento los bebedores verán surgir los monstruos de "Abierto hasta el amanecer". Un delirium tremens de tres pares de... Ah y muy bueno el guiño de tu "mirada perpleja" a lo Alfred, ¡¡pecadooorrrr!!!

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  3. Lo vi. Te juro que lo vi. Tan humano que me enterneció.


    Después recordé otras cagadas y ya no me enternecí tanto, puero ... bueno ... por un instante, pasó.

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  4. Una gloriosa cagada!
    la pregunta que se me cruzaba -años de culpa judeocristiana- era ¿por qué no? ¿por qué un cuento que muestra al papa -futuro, presente, pasado- cagándose antes de salir en público.
    Excelente.

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  5. Muestra un papa falible al cagar. Define que es tan humano y falible como cualquiera. Gran viaje descriptivo.

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