La delgada línea roja



Todos somos portadores del  virus de la crueldad humana, inherente en  exclusiva a nuestra especie, como  triste herencia genética del síndrome de Caín. El que se manifieste depende tan solo de que nuestro Dr. Jeckyll  personal entre en cualquier momento en su laboratorio  cerebral y abra la caja de Pandora que lo conserva  para activarlo y  dar paso a un Mr. Hyde imprevisible. Mientras eso ocurre o no, nos movemos por  una resbaladiza tierra de nadie que sirve de vasta frontera entre los intangibles países del Bien y del Mal.  Nuestras incursiones en uno  y otro territorio son continuas y pueden manifestarse con mayor o menor virulencia o benignidad en función de las circunstancias que pueden desencadenarse por detalles nimios, de tal forma que el mismo individuo que salvara por la mañana a una viejecita de morir en un incendio, a la noche siguiente, con dos copas de más, podría apuñalar a su vecino porque le miró mal. Ese mismo vecino podría ser, a su vez, simultáneamente,  el más sanguinario torturador y el padre ejemplar que lleva a sus hijos al parque  a dar de comer a las palomas y ayuda a los ciegos a cruzar la calle.

La semilla del mal arraiga bien en el alma humana y ya desde temprana  edad el niño y el adolescente pueden darnos muestras de refinado sadismo. Cuenta Rafael Argullol en su imponente ensayo Visión desde el fondo del mar, en un ejercicio de introspección tan lúcido como vertiginoso, sus correrías de “pequeño exterminador” masacrando hormigas, quemando saltamontes, diseccionando ranas, sin conciencia del dolor que pudiera causar a tan inocentes criaturas, simplemente por el placer  casi científico de experimentar. Un  ritual  iniciático que adquiere tintes terroríficos en el maltrato adolescente que, en ocasiones, hemos podido sufrir en carne propia y, sin duda, los que hemos sido profesores, hemos observado a diario en sus conductas. Conmueve comprobar la sorpresa y el desconcierto de los padres al ser informados de las acciones de sus angelicales criaturas, tan adorables y modositos en casa.

El huevo de la serpiente, pues, podría ser incubado por usted mismo en cualquier momento y de la noche a la mañana dejar en pañales al mismísimo Jack el destripador. Hace unos años  leí a Manuel  Vicent plantear con su habitual agudo sentido del humor  la siguiente hipótesis al respecto: “Imagínense a san Francisco de Asís tratando de aparcar el coche al final de un día aciago. Ha dado cien vueltas a la manzana; por fin alguien deja un hueco, pone el intermitente, espera con educación; pero de pronto viene un listo, se cuela, le birla el sitio y encima se ríe. ¿Imaginaba usted que San Francisco de Asís llevaba una pistola en la guantera? Pues la llevaba. Deberíamos explorar todas las consecuencias”. Les confesaré una cosa: Hace dos días, al inicio de la sobremesa, cuando estaba a punto de hilvanar la reparadora cabezada, sonó intempestivamente el teléfono. ¿Quién era?... ¡Acertó! Un operador de Jazztel. Tras colgar y  maldecir en arameo, cogí un muñequito de trapo y le clavé siete alfileres en el corazón. No creo en la eficacia del vudú, pero por si las moscas… Y por lo que a usted respecta, siga este consejo: Jamás lance la primera piedra contra Jack el destripador, porque en la sima más profunda de su sueño, se encuentra la navaja de Mr. Hyde. Quién sabe si la tiró usted allí después de usarla.

7 comentarios:

  1. Un buen trago de frío escocés,para degustar con apacible calma, una copa que deja un pensamiento que ulula,varios minutos después de apurarla,como una introspectiva resaca de humor,ironía y abstracción.

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  2. Mi teoría de que el ser humano es lo que dice Blas de Otero: un "ángel fiermante humano", capaz de se ángel o fiera, esto es: sencillamente humano. Sólo hay que someterlo al estímulo conveniente y tendremos uno u otro estímulo.
    En "Intemperie", de Jesús Carrasco, queda muy claro.


    Que este post te sirva para relanzar tu magnífico blog, ahora abandonado.

    AG

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  3. Al fin y al cabo, hasta Lucifer fue un ángel.

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  4. No hay blanco ni hay negro. Ni siquiera hay un viaje de un color a otro. Lo blanco esconde lo negro. Viceversa. Yo siempre pensé que se está mejor en la bondad, pero que el mal es más ameno. Soy un retorcido, pero se me da la razón a cada instante. El mundo es del mal. El hombre está mal hecho. No es bueno. No lo es.

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  5. Escalo hasta la cima de mi alma.
    Desciendo hasta la sima de mi conciencia.
    En la cumbre se atisba el bien.
    En el fondo se vislumbra el mal.
    Alpinista Jekyll.
    Espeleólogo Hyde.

    Cuando vuelvo a la superficie y lo cuento,
    nadie me cree:
    -¿Cómo puede un pobre diablo
    practicar deportes de riesgo?
    Miguel Cobo Rosa

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  6. El mito de Caín siempre me sonó a excusa de progenitores. Adán y Eva no hicieron más que recaer sobre el pobre muchacho el eco de sus errores, la sombra de su frustración. Uno la pifia y después los hijos pagan los intereses.

    Los niños son crueles y magnánimos a partes iguales, movidos por el imponderable flujo de su naturaleza, que no entiende de efectos colaterales ni decencia. Llega la familia, que debiera encauzar la riada, y en su lugar emburuña la linde, afina la maldad, haciéndola sutil y voluntaria.

    Tu texto, amigo Miguel, allana el camino al mío. Pero dejemos barra para el siguiente santo bebedor. Más maldad de la sana. Ojalá todas fueran como estas que destila nuestra imaginación.

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  7. En esa delgada línea roja debería estar pintada una rayuela, porque entre salto y salto en el juego de la vida, es tan poco recomendable no traspasarla nunca como quedarse a vivir en el otro lado. Tanto las alas del ángel a veces quedan desplumadas, como el azufre del averno a veces se convierte en perfume.
    Polvo somos y en polvo nos convertiremos, querido Miguel. Así que nada de hacer heroicidades...

    Un beso, poeta.

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