El frío


-Niño, que te levantes, que ya te lo he dicho dos veces. La próxima te la va a decir esta –y yo, sin necesidad de abrir los ojos, sabía que me estaba enseñando aquella alpargata de paño con la que a veces imponía su autoridad entre nosotros.

Mis hermanos ya estaban levantados y la casa olía a tostadas y a leche quemada, a café y mantequilla, pero yo me resistía a dejar el calor de la cama hasta que ya no quedaba más remedio y la amenaza de mi madre podía pasar a algo más que palabras, pues alguna vez me había llevado un zapatillazo “para domesticar a la tribu”, como solía decir mi padre.

Mi madre ya me había preparado la camisa limpia, los calzoncillos, los calcetines zurcidos, los pantalones cortos… y yo empezaba a vestirme casi debajo de las pesadas mantas, de manera que me quedara algo de ese calor de la cama, pero mi intento era vano, especialmente a partir del momento en que metía los pies en aquellas zapatillas con suela de una goma espesa y maloliente, fría como un polo. Sabía que no se me volverían a calentar en todo el día, que el frío iba a ser insufrible. Me daba lástima de mí mismo y se me saltaban dos lágrimas que sentía rodar frías como cuchillos.

-Hombre, ya se ha levantado el señorito –decía mi padre y cuando me acercaba a darle un beso hacía como que me iba a sacudir una bofetada, entonces yo me retraía y él y mis hermanos se hartaban de reír.

-Dejad tranquilo al chiquillo… si es que es muy chico mi niño –y me empezaba a dar besos, tiernos y cálidos. Lo confieso: yo me dejaba querer en medio de las risas de los otros, que decían que ya no tenía edad de tantos mimos, pero era mi madre, su cuerpo era acogedor y yo disfrutaba de aquellos estrujones, intuyendo que el edén y el cielo eterno de los que nos hablaba el cura en la catequesis tenían que estar llenos de cariños de madre.

Imagen de Robert Doisneau


En la escuela me defendía muy bien (“El niño es más listo que el hambre”, le decía don Rafael a mi padre en la taberna), pero el frío era horroroso. Era una sala oscura y húmeda que recogía las húmedas fugas de las cañerías de los juzgados. Le temía a los roces de los pizarrines en las pizarras: me producían unos escalofríos que derivaban en tiritones. Dani, que se sentaba conmigo y también era friolero, me lo decía a veces:

-Yo voy a hacer una gansada de las gordas para que don Rafael me meta un par de hostias. Prefiero el dolor al frío… además, no duelen tanto y el cuerpo se calienta –y sin pensarlo dos veces hacía alguna ostensible payasada que provocaba las risas de los demás y la ira de aquel maestro que tomaba permanentemente bicarbonato. Acto seguido, lo molía a palmetazos y él volvía transfigurado y rojo como un tomate, con las manos ardiendo.

Imagen tomada del blog 
elcuadernonegrodelekath


Lo primero que se hacía en mi casa cada mañana era encender el brasero de cisco. Se llenaba con el diminuto granulado negro y se le ponía encima una resistencia eléctrica conectada a la red. En unos minutos, el carbón empezaba a tomar una coloración cenicienta, pero si se le soplaba dejaba ver el rojo encendido de las brasas y el calorcillo empezaba a aflorar. Mi madre siempre me dijo que me iba a comprar un pequeño brasero como el que llevaba Dani, pero nunca lo hizo. Mi amigo lo llevaba al colegio sujeto con unos alambres que continuamente repasaba para que no se desenganchara. Dani y yo lo compartíamos y lo movíamos con la regla. Lo malo era cuando salíamos a leer en fila, que nos apartábamos lo suficiente para quedarnos helados, tiritando de frío con aquella pobre ropa, heredada de mis hermanos y ya desgastada.

-Mamá, ¿cuándo me vas a poner pantalón largo? Es que paso mucho frío.

-Tus hermanos no se lo pusieron hasta los nueve años y tú tienes siete. El año que viene. Y no pienses en el frío –y me tiraba de la barbilla y me daba uno de aquellos besos que me quitaban el frío, aunque el efecto duraba sólo un instante.

Por la tarde, la escuela parecía menos fría y se me pasaba el rato casi sin darme cuenta: rezábamos el rosario o las flores a María y dibujábamos cosas de la Historia Sagrada. Lo que mejor me salió fue un león entrando al arca de Noé. Estaba muy bien y se  lo regalé a mi abuela, que me dio dos pesetas. A veces don Rafael nos preguntaba la tabla de multiplicar o los ríos de España. Yo oía a mi hermano estudiárselos en voz alta y casi me los sabía, aunque eso no lo estábamos dando aún lo pequeños: “El Ebro, el Ebro, el Ebro… (mi hermano lo repetía varias veces, como si quisiera coger carrerilla, y después ya le salía de memoria) ...el Ebro nace en Fontibre, cerca de Reinosa, provincia de Santander. Pasa por Miranda, Logroño, Calahorra, Zaragoza, Caspe y Tortosa…". Lo malo eran los afluentes, sobre todo el día que el maestro estaba de mal humor y los pedía por vertientes:

-Dime los de la vertiente norte.

Eso era muy difícil y Alfonsito se echaba a temblar y hasta vomitaba de miedo a la palmeta.

Al salir, merendábamos y corríamos un rato por la plaza o el parque. Después, el frío nos hacía meternos en casa. Si mis hermanos no querían jugar, me echaba un parchís conmigo mismo (yo, las azules, y el otro, que también era yo, las verdes y a veces me hacía trampa) y mientras lanzaba los dados y movía las fichas, no paraba de mover con la badila el brasero, que ya estaba quedándose sin calor. Mi padre nos sentaba alrededor de la mesa y nos obligaba a limpiar las lentejas, las habichuelas, los garbanzos del día siguiente. Mamá nos hacía la cena mientras mi padre llevaba las cuentas del rosario y nosotros limpiábamos las legumbres, siempre llenas de guijarros y de bichos. Nos dábamos patadas y pisotones, pescozones sin que mi padre nos viera, nos hacíamos burlas, pero guardando las más escrupulosas apariencias, que se podía liar si no. Después oíamos a José Iglesias, "El Zorro", en la radio:

"Yo soy el Zorro, Zorrito,
para mayores
y pequeñitos.
Yo soy el Zorro,
señoras, señores,
de mil amores
voya a empezar..."

Y todos reíamos con las diversas voces del ventrílocuo argentino y tras la cena, la casa, con aquellos techos tan altos, se había quedado helada, así que yo me ponía el pijama y me metía en aquella tortura de cama gélida y húmeda. A veces, mi madre me dejaba su bolsa de agua caliente, lo que me ganaba un celoso reproche de mi hermana:

-Claro, al niño sí y los demás nos aguantamos con los pies helados media noche.



Y mi madre, dulce y tierna, me echaba un capote:

-Mujer, si es que es muy chico… Anda, no seas envidiosa. Te voy a comprar otra bolsa para ti –y todos sabíamos y aceptábamos que la bolsa era otra de esas difusas promesas de felicidad que no llegarían jamás, pero la aceptábamos como un paraíso soñado y cálido, capaz de desterrar aquel horroroso frío de sabañones y postguerra.

2 comentarios:

  1. Un magistral relato de la escuela de los años 50, familiar y costumbrista, de un tiempo y de unos pueblos que por su proximidad geográfica, climática y social me han hecho revivir mis propias experiencias: El florido pensil de nuestras frías aulas, de aquel miedo cerval al maestro, del ambiente familiar que por muchos rigores y autoritarismos que se ejercieran, no impedían el instinto lúdico de los niños, casi como un acto de supervivencia y de búsqueda de la felicidad. Sin olvidar la radio (ni por asomo se atisbaba la televisión) omnipresente a todas las horas del día con sus voces, músicas y programas inolvidables (incluidas las emisiones clandestinas de la Pirenaica -Radio España Independiente- la BBC de Londres, Radio París... con sus características interferencias de la Onda Corta (físicas y provocadas).
    Tan solo un pequeño elemento diferenciador en el ámbito de mi propia familia: se rezaba poco (es decir, nada) el rosario; pero sí una breve oración al ángel de la guarda cada noche a los pies de la fría cama, inducida por una tibia religiosidad materna: "Ángel de la guerda, dulce compañía, no nos desampares ni de noche ni de día".¡Qué bien nos hubiera venido alguna forma de calentamiento global! O por lo menos local.

    Un abrazo solidario y retrospectivo, amigo Alberto

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  2. Alberto, yo pertenezco ya a la generación calentita, agazapada en su bienestar de pantalón de pana, calefacción central y tres comidas al día. No sé qué es eso del frío de posguerra, ni quiero experimentarlo. Puedo, sin embargo, entenderte, sentir mientras te leo tus sabañones.

    Algunos dicen que la crisis traerá de nuevo estas letras perdidas en la memoria, recordando cuando lo justo era lo real. Dios o el azar no lo quiera, y todo se quede en literatura, en mera ficción documental.

    Gracias, Alberto, por compartir parte de ti en esta barra.

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